Opinión
¿Y quién piensa en el que compra las entradas?
Si València quiere ser referente cultural, debe priorizar la planificación y el respeto hacia el público, que ahora se enfrenta a la incertidumbre de no saber si podrá disfrutar de los festivales adquiridos

Miles de personas están pendientes de saber si los conciertos en Les Arts se celebrarán o no / M. A. Montesinos
La incertidumbre nunca ha sido buena compañera de viaje, y menos aún, cuando se paga por adelantado. Miles y miles de personas compraron hace meses sus entradas para espectáculos como el Festival de les Arts, el BigSound o el Love the 90’s con la intención de pasarlo bien escuchando música en un entorno único como es el de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Hoy, a dos meses de su celebración, nadie sabe qué pasará cuando, al margen de fallos judiciales, los que sostienen los festivales son los que acuden a ellos.
El fallo del Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 8 de València ha abierto un debate legítimo y necesario sobre el derecho al descanso de los vecinos. Nadie cuestiona que ese derecho deba protegerse. Por supuesto. Pero hay otra realidad que no debe quedar invisibilizada y es la de quienes, con su dinero y su confianza, han convertido esos eventos en lo que ahora son. Porque comprar una entrada, a veces sin saber ni siquiera quién va a actuar, es asumir gastos que a veces no son reembolsables y apostar por vivir una experiencia colectiva que trasciende lo musical.
Todo lo que se decida —reubicaciones imposibles o limitaciones acústicas difícilmente asumibles— llega tarde. No es razonable exigir a los asistentes que comprendan una incertidumbre que ellos no han generado. El público no es responsable de la planificación urbana, ni de la concesión de licencias ni de los conflictos administrativos entre instituciones como el Ayuntamiento y la Generalitat. Sin embargo, van a ser los que van a cargar con las consecuencias.
Si como admiten los promotores ‘o la Ciutat de les Arts o nada’, el problema es el modelo. València quiere acoger grandes festivales y conciertos pero, visto lo visto, parece no haber resuelto todavía dónde ni cómo hacerlo sin generar fricciones.
La reacción institucional resulta, cuanto menos, incompleta porque el calendario no se detiene, y junio está a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, miles de personas esperan una respuesta.
Entendiendo a todas las partes, esto también es una cuestión de responsabilidad hacia el público. ¿Si sabían que esto podía pasar, porqué se alquiló el espacio y se vendieron entradas? Es fácil entender los imprevistos pero no la improvisación.
Si València aspira a ser un referente cultural, debe cuidar a su público tanto como a sus vecinos y eso requiere planificación, previsión y, sobre todo, respeto. Sin público no habrá festivales que salvar.
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