Opinión
Amargo Almodóvar

Amargo Almodóvar / L-EMV
Amarga Navidad. Desde hace ya unos quince o veinte años por lo menos, uno va a ver una película de Almodóvar un sábado por la noche y sale dos horas después con cara de domingo por la tarde, tristísima y alargada, y con ganas de meterse en la cama. Y no debería ser un problema el volverte serio, trascendente, meditabundo, y querer transmitirlo. El problema es hacerlo de manera aburrida, sentenciosa, cursi. En sus seis o siete últimas películas todas sus protagonistas tienen una cara de pena permanente, hablan de manera metálica y arrastrando las palabras, parecen como robotizadas, como si no fueran humanas (que ya es difícil cuando una de ellas es Barbara Lennie y otra Victoria Luengo). Y los diálogos y argumentos no es que sean fríos, es que están ultracongelados. El asunto no es que Almodóvar esté triste o que le duela la espalda o que no le apetezca ver a gente. El asunto es que sus películas ni emocionan, ni sienten, ni padecen y son de un ombliguismo que tira de espaldas.
Amor y Muerte. O “Love and death”, para los políglotas que tienen Netflix. Muy buena miniserie de siete capítulos, basada en un suceso real en Texas, en los ochenta: un hombre y una mujer que aparentemente son opuestos, pertenecientes a la misma iglesia metodista y ambos con familias perfectamente pulcras y americanas, deciden hacerse amantes de manera discreta, práctica y aséptica y sin permitirse ningún lazo emocional. Pero nada sale como parece. Jesse Plemmons (Fargo, Black Mirror) es él, y una tal Elisabeth Olsen es ella, que se come todos los planos con una actuación y una verborrea incontenible.
A la derecha de la derecha. Mucho se habla del lío de la izquierda a la izquierda, pero muy poco de la diversidad y mestizaje que reina a la derecha de la derecha. Tú metes en una botella a Miguel Tellado, Iker Kiménez, la mujer de Iker Jiménez, Bertín Osborne, Losantos, Ana Rosa Quintana y Jorge Buixadé y no te sale un Frankenstein, te salen tres. Y muy grandes. Y luego, tanta defensa por la eficacia de la iniciativa privada y resulta que no tienen productividad ninguna: mientras que Sánchez sólo necesitó dormir tranquilo alguna noche para llamar y abrazarse a Iglesias, en la otra acera no son capaces de cerrar un acuerdo así les maten. Diferentes facciones, disidentes, rencillas no cerradas, egos autonómicos revueltos. Como le den medio metro a Sánchez, que se preparen.
Candela se sale. Uno de los mejores momentos de la semana son los quince minutos que sale Candela Peña en “La Revuelta” los miércoles, dando rienda suelta a sus ansiedades, fobias y neuras de manera totalmente descontrolada (y haciendo callar a Broncano, que también se agradece de vez en cuando). El otro día soltó un soliloquio sobre las bondades de tener sexo con especímenes de “perímetros considerables, tipo terneraco de Virginia” que es para ponérselo después de pagar cada vez por la gasolina, y así no incendiar el local. Candela -que ha pasado las de Caín por sus penurias económicas- y que debía ser nombrada patrimonio nacional, si viviera en Estados Unidos podría presentar cualquier año los Golden Globes Awards, o la llamarían todas las semanas para protagonizar el Saturday Night Live como artistaza invitada. Te queremos, Candela.
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