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La sociedad del bienestar se desmorona ante la falta de soluciones a la crisis de la vivienda

Chabolas en el antiguo circuito de Fórmula 1 en València

Chabolas en el antiguo circuito de Fórmula 1 en València / AC

Es como si a la vida se le fuera abriendo poco a poco un techo con goteras. Como si la vida se hubiera convertido en una indefensa chapa de uralita o un cañizo como los que cerraban en los tiempos de maricastaña los cielos de la casa. Ya ni casa queda en los tiempos que se deslizan por las alfombras rojas de una opulencia más falsa que los chinos de 55 días en Pekín. Seguro que la gente de ahora no sabe nada de esa película. Todo lo de antes es como un trasto abandonado en los baúles del olvido. Los baúles del olvido: vaya imagen cursi, parece una canción de Karina vuelta del revés. Ella hablaba cuando era joven de los recuerdos y yo del olvido mil años después. La película la dirigió Nicholas Ray en 1963 y Charlton Heston y Ava Gardner fueron sus protagonistas principales. Todo era un gran decorado que simulaba una ciudad amurallada. La China de 1900 se la repartían entre unos cuantos países extranjeros. Hasta que a los chinos se les hincharon las narices y decidieron poner cerco a los ocupantes. Al final ganan los buenos. O sea: los ocupantes. Como casi siempre.

Chabolismo vertical en València

Chabolismo vertical en València / AC

Se me ocurre que ahora los chinos podían sitiar la fortaleza del psicópata de pelo de zanahoria para que supiera cómo medio mundo le recordaba las palabras que él ha dedicado a Robert Mueller, exdirector del FBI: «Robert Mueller acaba de fallecer. Bien, me alegro de que haya muerto. ¡Ya no podrá hacer daño a gente inocente!». ¿Verdad que esas palabras tan faltas de compasión, tan propias de un criminal sin conciencia de ninguna clase se las podría haber aplicado a él mismo?

Bueno, que me he liado con la película y dejé a un lado las goteras que se le abren a la vida demasiadas veces. No a todas las vidas, claro. Hay vidas que no tienen goteras, que ven cómo al otro lado de sus aposentos hay gente que levanta las tapas de los contenedores y se mete dentro para pasar la noche. Cosas tontas del capitalismo, detalles sin importancia, simples anécdotas que no provocarán ninguna revolución, y menos aún en tiempos tan parecidos a aquellos en que los muertos de hambre gritaban por las calles «¡Vivan las caenas!». Ya ven ustedes qué paradoja: los agricultores se quejan de lo mal que están las cosas del campo y se entregan a un tipo como Abascal, que no ha visto un tractor en su vida ni en pintura, para que les solucione la papeleta. Y miren también al nuevo presidente de la Generalitat: Juan Francisco Pérez Llorca. Para no distanciarse del de Vox, un día se viste de fallero y al siguiente se enfunda el uniforme de labrador para defender a los regantes contra las diabluras del Gobierno. ¡Ay, señor! Cuanto más golpes te arrean, más los votas. A ver quién lo entiende.

Pisos en alquiler en València

Pisos en alquiler en València / AC

A ver quién entiende que hoy sea imposible encontrar una vivienda digna, aunque tengas trabajo y te deslomes, no para tener o alquilar una fortaleza como las de los chinos ocupadas en la película de Nicholas Ray, sino sencillamente para que la vida no sea una chabola llena de agujeros. Porque la vida -digan lo que digan- siempre es un dolor para la misma gente. Por cierto, que el presi Pérez Llorca -tan inocente él, tan del pueblo llano según la voz popular- acaba de enchufar, dicen que legal y amorosamente, a su mujer en la Diputación de su amigo Vicente Mompó con un sueldo que no tiene nada que envidiar a los de Silicon Valley. ¿Ven ustedes cómo hay gente para la que la vida no es una mierda?

Un lugar donde vivir

Lo afirma muy claramente la sacrosanta Constitución: el derecho a una vivienda digna. Pues no. Ese derecho no se cumple y no pasa nada. Cada vez hay más gente sin un lugar donde vivir y vive en la calle. Alquileres por las nubes. Desahucios a todas horas. Es como si el derecho constitucional a una vivienda digna lo hubieran firmado los fondos buitre en vez de los entonces insignes padres de la patria. Hemos normalizado cínicamente la desigualdad, hemos asumido que no pasa nada aunque tanta gente en este país viva en la miseria más absoluta, que incluso te viene cuesta arriba compartir con tu familia un piso con otras familias en eso que se llama «chabolismo vertical». Lo hemos asumido todo aunque ese todo sea cada día más insoportable.

La sociedad del bienestar se ha convertido en una casa llena de goteras y la política se muestra incapaz de taponarlas: ¿tan difícil es, tan imposible? Por eso la gente se aleja cada vez más de la política y cae en las redes de esos farsantes que han hecho de la antipolítica su caladero de votos. Repetir hasta la extenuación que la economía va como un cohete es de un cinismo que aterra. Una cosa es la economía con mayúscula y otra muy distinta la que no te permite alquilar y menos aún comprar una vivienda, tengas o no trabajo, porque los precios sí que van como un cohete y quienes tienen la obligación de interrumpir la trayectoria de ese cohete no hay manera de que lo hagan. Si el gobierno progresista -sobre todo el ala mayoritaria socialista- no se aplica con ganas y sin medias tintas para solucionar el problema de la vivienda, apañados estamos para las elecciones del año que viene. Porque hay que ganarlas, ¿no? Hablo por mí, claro. Otra gente pensará lo contrario. De eso, entre otras cosas, va la democracia. Pero una democracia no se vive igual bajo un techo confortable que a la maldita intemperie. O eso creo.

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