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Opinión | El día del señor

València

Uñas de gato

Benjamin Netanyahu el pasado domingo.

Benjamin Netanyahu el pasado domingo. / EFE

Cuando leí el Yo, Claudio de Robert Graves, consideré que me habían sondado el cerebro y que gracias a esta operación se había creado un circuito que expelía vapores tóxicos. En la cena que hubo más tarde, había un pariente de Graves que imitaba los ruidos y voces más diversos mientras él tenía asuntos pendientes en la industria del cemento. Parecía casi imposible que uno de aquellos personajes de la historia reciente como Netanyahu pudiera ir más lejos en ferocidad inmoral que Tiberio, o Calígula.

Cuando había ideas, aún había ideología, aunque no mucha, cosa que suele ser de bastante provecho, aunque no sepan ascender al bien común, pueden, al menos, activar la detección del abuso.

Un demócrata como, pongo por caso, Sadam Husein, apenas se dejaba rozar por gente si no eran de su pueblo, aunque sólo fuera de modo leve y eso ocurría de un modo tan recio que todos los autobuses de esta república cubrían la ruta Tikrit –Tikrit–Tikrit. No me extraña que eso le haya pasado también a la gente más próxima, tentada por el gancho identitario, un peligro para el alma y una alegría para la cuenta de ahorro. En un momento dado, tras la consolidación del sionismo, pareció que todo el mundo pedía su expansión sin tasa: se habían agotado los adjetivos de admiración por unos personajes que además de europeos y sabios, eran gente de izquierdas, incluso comunistas. Y eso en un país democrático y con esplendidos chorizos, con perdón. Entonces, entre peso identitario y pensamiento leve, incluso flojo, elegimos, entre aplausos, a los que promovían la adoración de los símbolos. Un buen negocio suele generar grandes dosis de conveniencia: todos eran rojos entonces. Y compañeros de la facultad. En fin, que se disparó el mecanismo identitario –y la metralleta Uzi– por pasarse de listos. Buena gente: aquel pariente de Robert Graves imitaba muy bien el ruido de una ventolera y mi gato se erizaba belicosamente.

Luego se editó la segunda parte de Yo Claudio: Claudio el dios y su esposa Mesalina donde quedaba claro que si quieres pisotear pobres desgraciados con zapatones identitarios, no tienes más que agitar un exceso de autoestima. Pasa con cualquiera, también con los discípulos de monsieur Chauvin

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