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Doctor en Filosofía y profesor de bachillerato de filosofía, psicología y religión en el Patronato de la Juventud Obrera de Valencia (PJO)

Razón y religión en Teherán

Nube tóxica en Teherán tras el ataque a una instalación petrolera en la capital y zonas cercanas.

Nube tóxica en Teherán tras el ataque a una instalación petrolera en la capital y zonas cercanas. / Jaime León / EFE

La muerte de Jürgen Habermas el pasado 14 de marzo me pilló en la típica cola para comprar churros en Valencia. Por un momento me quedé parado, sin articular palabra, como si algo de mí se evaporara y me pregunté: ¿por qué puedo celebrar con tranquilidad y en paz una fiesta sin miedo y sin temor a perder la vida y miles de personas se ven asediadas por bombas producto de una espiral de odio y violencia? Haciendo memoria de los textos que había leído y trabajado del pensador alemán en la carrera y años después por su influencia y su originalidad, me vino a la memoria un encuentro que mantuvo con el entonces cardenal Ratzinger en la Academia Católica de Baviera la tarde del 19 de enero de 2004. Los acompañaban el filósofo Robert Spaemann y el teólogo Johann Baptist Metz. El tema del diálogo: razón y religión en las sociedades post seculares.

Habermas estaba convencido de la aportación y del poder de las creencias religiosas en la dinamicidad de las democracias liberales. En otras palabras, la necesidad de que los principios de la Ilustración, igualdad, libertad y fraternidad encajen con las diferentes tradiciones religiosas. Por su parte, Ratzinger insistía que la religión, en este caso el cristianismo, sólo podía hacer acto de presencia en los procesos democráticos en la medida en que toda creencia y fe estuviesen contenidas e inspiradas desde la razón. Democracia y religión no podían desentenderse para no acabar destruyéndose. La democracia guía a sociedades enteras en cuanto la religión inspira espiritualmente a millones de personas en el mundo. Una de las razones y de los éxitos de la convivencia humana está, precisamente, en aprovechar ambas energías desde un encuentro y un aprovechamiento claro de sus virtudes.

Estamos ante un sueño que una parte de Occidente ha sabido articular. Europa y todo su proyecto han sido durante décadas la demostración, con sus altibajos, que es más necesario que nunca para poder decidir en condiciones lo que queremos llegar a ser. Por desgracia, hoy, todos y cada uno de nosotros, estamos representados en Teherán, donde el fracaso de los grandes principios éticos, políticos y sociales han saltado por los aires. Democracias centenarias que se saltan la razón y los derechos por la explotación y la guerra sin cuartel con la excusa de causas maquilladas en nombre de la libertad y la justicia. Y estados que masacran a sus conciudadanos por interpretaciones religiosas donde el fanatismo ha sustituido a la razón y el respeto por la dignidad humana.

Una de las mayores tareas que tenemos por delante como sociedad es la de poder conjugar aquello que pensamos y creemos en ámbitos y marcos de libertad. La alternativa ya la conocemos: el horror de la guerra. En el debate del 2004, apuntaba Habermas: “Los ciudadanos no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conceptos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas”. Por su parte, Ratzinger, añadió: “En la religión hay patologías altamente peligrosas que hacen necesario considerar la luz divina de la razón como una especie de órgano de control por el que la religión debe dejarse purificar y regular una y otra vez”. Sirvan la clarividencia de estos dos testimonios para no incurrir en los errores y en las cegueras que están llevando a medio mundo a un camino sin retorno.

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