Opinión
¡No seas animal!

Imagen de archivo de mascotas. / Agencias
He aquí una expresión de toda la vida con la que se quería significar que una persona se estaba comportando de manera brusca y sin inteligencia, defectos que se atribuían a los animales. De niños nos lo estaban diciendo continuamente: cuando cerrábamos una puerta con violencia, cuando intentábamos tragar unos bocados enormes que no nos cabían en la boca, cuando nuestros primeros pinitos aritméticos se saldaban con un resultado incorrecto…, se nos espetaba el inevitable “¡no seas animal! Hoy día se oye mucho menos, seguramente para no herir a las pobres criaturitas, aunque la puerta quede colgando de las bisagras, aunque haya que llevarlos a urgencias por atragantamiento, y aunque les engañen en las tiendas con el cambio. El progreso educativo (¿) tiene estas cosas. Hasta ahí podríamos llegar: como los escolares dejen de hacer el animal y se dediquen a pensar, estamos apañados.
La conversión de los humanos en animales suele interpretarse en nuestra cultura greco-romana como un castigo de los dioses. Del riquísimo material que atesoran las Metamorfosis de Ovidio, mencionaré tan solo tres ejemplos. En el libro I se cuenta la historia de Licaón, rey de Arcadia, el cual, proponiéndose asesinar a Zeus, cocinó unos rehenes y se los dio al padre de los dioses quien convirtió al impío en lobo y destruyó su reino. En el libro III aparece Acteón, un humano que vio a Artemisa, la diosa de la castidad, bañándose desnuda: para castigarlo, la diosa lo convirtió en ciervo y envió los cincuenta perros de Acteón para que lo devoraran. En el libro VI se habla de Aracne, una tejedora que osó competir con el tapiz de la diosa Minerva y cuya soberbia (hybris) fue castigada convirtiéndola en araña. Los dioses, por supuesto, gozan de impunidad: son libres de convertirse en animales para lograr sus fines, por ejemplo, el propio Zeus se disfrazó de toro para raptar a Europa. Algunas metamorfosis son reversibles, según sucede con el licántropo u hombre lobo, un personaje cuya mutación se asocia a circunstancias especiales, en particular a la luna llena. Los hombres lobo son crueles y feroces, hasta el punto de que se recomienda acabar con ellos. Antonio de Torquemada, en su “Jardín de flores curiosas” (1575) cuenta la historia de un malhechor cubierto de pieles de lobo que se comía a los niños y que fue perseguido por la justicia. En otras culturas, en las que no abundan los lobos, echan mano de los hombres puma (Sudamérica), de los hombres tigre (India) o de los hombres hiena (África).
Una versión diferente de esta relación cultural entre humanos y animales es la atribución de ciertas cualidades animales a seres humanos destacados. En este contexto resultan especialmente relevantes las águilas, como animales positivos, y las serpientes, como animales negativos. El águila, epifanía del sol, era el animal sagrado de los aztecas: según ellos, todos los días sale el sol, representado por el águila, y combate contra el ocelote, una especie de gato nocturno, hasta que llega la noche y este último acaba por imponerse. Otras culturas también consideran al águila como símbolo de excelencia: Zeus tomó su forma para traer a Ganímedes al Olimpo y, en la cultura cristiana, es el atributo de Juan el Evangelista. Tanto es así, que en el Apocalipsis (4: 6-8) dice lo siguiente: “Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir.”
¿Y ahora? ¿Qué queda de todo esto? Desde luego, en nuestra cultura consumista de usar y tirar, los símbolos están excluidos. Lo simbólico va ligado al misterio, pero cuando este se refugia en el comic o en las recreaciones de los juegos de ordenador, lo único que queda es una burla amable. Por eso, la propensión a vincular simbólicamente a los animales con el ser humano ha adquirido una dimensión pedestre: los therians. Los theriantropos (del griego therion, bestia o animal salvaje, y anthropos, ser humano) son personas que se sienten como los animales y que intentan acercarse a ellos disfrazándose de tales. La red está llena de therians: tik tok e instagram no dan abasto con adolescentes que caminan a cuatro patas, que llevan colas postizas y cabezas animales. Se trata de mucho más que un juego. Nunca había habido tal proliferación de mascotas como ahora: según cálculos bien fundados, casi la mitad de los hogares españoles tiene perro. Por eso, cuando uno pasea con una mascota es como si la humanidad hubiese mutado: ¿chico o chica? –te preguntan; no hace nada: es muy listo/a –te aseguran… Y así se desarrolla un intercambio ritual previsible que suele durar unos tres minutos y que se reanudará con un nuevo encuentro poco después. Los therians no se sirven de los animales en calidad de símbolos, ni negativos ni positivos, como ocurría antiguamente. Más que símbolos, los animales constituyen para ellos una terapia. Dicen participar de la psicología animal, sentir lo que sienten los animales. Francamente, no lo sé. Estamos muy lejos de conocer los fundamentos neurológicos de las emociones humanas como para pronunciarnos sobre las emociones de los animales. En un nivel más simple, en el de la mera percepción sensorial, puede afirmarse que lo que ve, oye y huele un perro no es como lo que percibimos nosotros. En cualquier caso, se non è vero, è ben trovato. Porque los therians no hacen mal a nadie y eso, hablando de seres humanos, ya es mucho decir.
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