Opinión

Profesor del IESE
Emociones en la negociación geopolítica

13/10/2025 El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i) saluda al presidente de Estados Unidos, Donald Trump (d), antes de la ceremonia de firma del plan de paz para Oriente Próximo, a 13 de octubre de 2025, en Egipto. POLITICA Pool Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa / Pool Moncloa/Borja Puig de la Be / Europa Press
El mundo está emocionalmente inflamado: las guerras, los populismos y nacionalismos, los conflictos económicos, la aceleración que la Inteligencia Artificial está sometiendo a todos los cambios, amplifican los miedos, potencian la ira y la ansiedad. Como no existen psicofármacos geopolíticos, al menos por ahora, la inclusión de esas emociones desbocadas en las mesas de negociación es una necesidad.
La geopolítica, que nació como un análisis de la relación en la geografía física, económica y cultural con la política, se ve abocada en su adolescencia a no centrarse sólo en variables materiales y cuantificables, sino también en dimensiones subjetivas como percepciones, narrativas y emociones. Una vez más, lo racional tira de lo emocional para entender lo que nos pasa, y actuar en consecuencia.
Negociación política: intereses, miedos, expectativas y necesidad de reconocimiento
A la hora de echar mano de la negociación para gestionar conflictos, establecer acuerdos y coordinar intereses entre Estados, han destacado varios factores: la asimetría de poder entre los actores, el uso de las amenazas y su percepción, el contexto ambiental y el nivel de confianza.
Las investigaciones más recientes apuntan a que las emociones han pasado de ser una variable secundaria a un factor central en la toma de decisiones, especialmente en contextos de tensión implícita o crisis abierta. La razón es simple: las emociones colectivas influyen en la percepción del “otro” y condicionan las estrategias de los Estados.
Por ende, la negociación requiere tanto de preparación estratégica como preparación emocional, pues una negociación sin confianza es imposible. Negociar implica conocer tanto los propios intereses como las motivaciones emocionales de la contraparte, combinando estrategia con empatía, resultando especialmente relevante en el ámbito internacional, donde la desconfianza o percepción de amenaza puede bloquear acuerdos y perpetuar conflictos. La negociación política se acaba saldando en una relación entre actores movidos por intereses, miedos, expectativas y necesidades de reconocimiento público.
Primero la emoción, después la justificación
La relación entre emociones y negociación es directa y profunda. Las emociones influyen en cómo los líderes perciben a sus adversarios, interpretan la información y toman decisiones.
La neurociencia ha demostrado que muchas decisiones se toman primero de forma emocional y luego se justifican racionalmente, de manera que gran parte de la información se procesa de manera automática e inconsciente por lo que reaccionamos antes de ser conscientes de por qué lo hacemos para, posteriormente, intervenir mecanismos racionales que intentan dar coherencia a esa decisión. El fenómeno se denomina “ilusión de control”: sentimos que decidimos de forma completamente lógica cuando en realidad estamos influidos por procesos internos que no siempre percibimos. Además, también contamos con una infinitud de sesgos cognitivos que reafirman cómo nuestra percepción de la realidad puede estar condicionada sin que lo notemos.
¿Cuáles son los riesgos de una gestión emocional inadecuada? Sabemos que el miedo, la ira o la desconfianza pueden influir negativamente en un proceso negociador. Cuando los Estados actúan bajo estos estados emocionales tienden a adoptar posturas rígidas e inflexibles, la consecuencia es que esta dificultas para llegar a acuerdos aumenta la probabilidad de conflicto, escaladas de tensión o incluso rupturas diplomáticas.
Sin embargo, cuando se comparte la premisa de que negociar eficazmente no consiste en imponer, sino en influir desde el respeto y el entendimiento del otro, entran en juego la empatía, la confianza y la comprensión mutua, elementos que favorecen acuerdos más sólidos y duraderos.
Lejos de ser irracionales, las emociones forman parte del proceso estratégico y condicionan tanto los conflictos como las oportunidades de cooperación en el sistema internacional. En este sentido, el autocontrol resulta fundamental, ya que nos permite frenar respuestas impulsivas, dar más peso al análisis consciente y favorecer decisiones más reflexivas y equilibradas.
Sólo aquellos que entiendan y abracen ambos términos como un único proceso integrado, serán capaces de realizar una gestión adecuada y obtener una ventaja estratégica en la toma de decisiones y en la construcción de acuerdos más eficaces y duraderos.
El próximo 23 de abril daré una charla en València, invitado por el IESE, sobre esta cuestión y la reflexión compartida con el público será inevitablemente… ¿tienen nuestros actuales gobernantes las habilidades emocionales necesarias para llegar a grandes acuerdos que ayuden a apuntalar la sociedad moderna y madura que hoy somos?
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