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Si todo es machismo, nada lo es

Si en lugar de la pareja del president, el beneficiario de la comisión de servicios hubiera sido, por ejemplo, un hermano, ¿seguiría siendo escandaloso? La respuesta es sí.

Pérez Llorca con su pareja, el día de su toma de posesión.

Pérez Llorca con su pareja, el día de su toma de posesión. / Ana Escobar/EFE

El president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, y su Consell han salido en tromba para acusar de machistas a periodistas y adversarios que cuestionaron el "fichaje" de la pareja del jefe del Consell en la Diputación de Valencia. Hablaron de "cacería" y de una mujer utilizada "por ser la mujer de". Es obvio que despachar la polémica denunciando un ataque sexista responde al objetivo de desviar la atención sobre la pregunta de fondo: ¿hay o no hay trato de favor en esta contratación?

La táctica, además, no es nueva y cada vez se manosea más. El PP valenciano ya tiró del comodín del machismo cuando Carlos Mazón se vio acorralado por su gestión durante la dana. Cierto es que entre rumores y chistes sexistas deplorables, se mezcló la voluntad de esquivar responsabilidades, tanto por parte de Mazón como de la propia Maribel Vilaplana, que jugó durante meses con la verdad.

Para no confundirlo todo, conviene aplicar una herramienta sencilla: la regla de la inversión. Consiste en imaginar la misma escena cambiando el sexo de los protagonistas y preguntarse si la reacción sería distinta. Apliquémosla al caso de la contratación en la diputación: si en lugar de su pareja, el beneficiario de la comisión de servicios hubiera sido, por ejemplo, un hermano, ¿seguiría siendo escandaloso? La respuesta es sí. La sospecha de enchufismo no desaparece porque el problema no es el sexo de la beneficiada, sino la ética pública.

Esta misma prueba, sin embargo, sí revela el machismo en otros gestos. Recordemos cuando Mazón guiñándole un ojo a la entonces síndica socialista Rebeca Torró en sede parlamentaria. Muchos restaron importancia al gesto, pero ¿alguien imagina a una diputada haciéndole un guiño el ojo a un conseller desde la tribuna? ¿O a una ministra hablando con su asesora sobre cómo seleccionar hombres para prostituirlos, al estilo del caso del exministro socialista Ábalos-Koldo? Estas escenas sí retratan el machismo estructural: el poder que se permite la condescendencia y el flirteo donde debería haber respeto, o la explotación sexual donde debería haber dignidad.

Desgraciadamente el machismo está incrustado en la sociedad, nadie es ajeno. Pero precisamente por eso no puede convertirse en salvoconducto para las tropelías ni en cortina de humo para tapar malas decisiones. Usarlo a conveniencia pone palos en las ruedas a la lucha por la igualdad y banaliza las agresiones reales. Porque si todo es machismo, nada es machismo.

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