Opinión
Semana Santa: amor o injusticia

Procesión por la Calle de la Amargura en la Semana Santa de Benetusser. / Daniel Tortajada
Por suerte, en pleno siglo XXI, los sistemas jurídicos más avanzados del planeta se sostienen sobre el inquebrantable Principio de Personalidad de la Pena, según el cual, nadie puede ser castigado por los delitos de otro.
Esto que es universalmente aceptado, deja de tener vigencia en Semana Santa, cuando millones de personas se preparan para conmemorar, con solemnidad y devoción, una de las ideas más profundamente contrarias a este fundamento jurídico: la creencia de que un inocente puede, debe, y de hecho paga, por los culpables.
Nadie en su sano juicio puede admitir que una persona sustituya a un acusado para recibir un castigo por él, y en la realidad, nunca vamos a ver que esto suceda. Por tanto, podríamos calificar un hecho así, como una aberración.
Aunque en la antigüedad se pueden observar frecuentes casos en que la pena trasciende al culpable (confiscación de bienes familiares, discriminación de descendientes, destierros, …), hoy el derecho internacional prohíbe categóricamente estas prácticas, por la sencilla y lógica razón, que la responsabilidad es individual e intransferible, y castigar a un inocente no sólo sería injusto, sino que supondría un acto de barbarie.
Dicho esto, que mejor época que la Semana Santa, para observar que en las religiones abrahámicas este acto de barbarie no sólo se acepta como algo normal y lógico, sino que se eleva a la categoría de un acto moral proveniente de la voluntad divina. Entiendo, y creo que se entiende, que los redactores de los textos bíblicos, vivían en una época donde la transferencia de la culpa a un inocente era algo normal y relativamente frecuente. Y en ese mundo arcaico, atrasado y yo diría que, hasta salvaje, era moralmente aceptable que alguien, humano o animal, cargara con las faltas de otros.
Hay varios ejemplos.
Según describe el Levítico (16:8-10, 21-22), durante el ritual judaico del “Día de la Expiación” (Yom Kippur), el sacerdote imponía simbólicamente los pecados del pueblo sobre un chivo, un macho cabrío que luego era enviado al desierto para que muriera de sed y hambre. Y así, culpas borradas.
En el Génesis no sólo se castiga a Adán y Eva, sino a toda la humanidad, considerada culpable por una falta original que nadie más cometió.
En Egipto, durante las plagas, mueren los primogénitos, niños y animales, que no tuvieron participación alguna en las decisiones del faraón.
En el relato del Diluvio Universal, hombres, mujeres, niños y animales perecen indiscriminadamente.
En Sodoma y Gomorra, la aniquilación colectiva tampoco distingue entre culpables e inocentes.
Y en el Nuevo Testamento, la llamada “matanza de los inocentes” ordenada por Herodes vuelve a presentar la muerte de niños como daño colateral necesario.
En todos estos casos el principio es el mismo: la inocencia no protege del castigo destinado a los culpables. La justicia divina, tal como se presenta en estos textos, no reconoce la responsabilidad individual.
Y llegamos al ejemplo de la crucifixión de Jesús. Si analizamos ese acto prescindiendo de la fe, lo que se propone es que la culpa de millones de personas pasadas, presentes y futuras, sea transferida a un solo individuo inocente, que es castigado con brutalidad y saña. Lo que con fe y mente cerrada se nos presenta como un acto supremo de amor, desde el punto de vista jurídico y con la mente abierta, es todo lo contrario: la exaltación de la injusticia.
Por no contemplar otros aspectos, como pudiera ser lo absurdo que es creer en un plan diseñado por un dios supremo hace dos mil años, mediante el sacrificio de su hijo para redimir a la humanidad de sus comportamientos, pero que, durante los siglos anteriores a ese sacrificio, ese dios se mantuvo quieto, indiferente, ajeno y sin parecer preocupado por la deriva humana.
O el aspecto más significativo, si tenemos en cuenta el hecho que este supuesto sacrificio de Jesús ni siquiera cumple su propósito declarado. Porque la humanidad no dejó de pecar, el mal no desapareció y la injusticia no se erradicó. Entonces, si el problema persiste ¿para qué sirvió realmente ese sacrificio?
Resumiendo, en una semana plagada de procesiones, sermones y expresiones exageradas de fe, sería conveniente, jurídica y mentalmente, que los cristianos hicieran un alto en el camino para, de forma crítica, preguntarse: ¿Qué estamos celebrando exactamente? ¿Un acto de amor… o la exaltación de una injusticia?
Porque si un sistema permite, o peor aún, eleva a voluntad divina, el castigo de inocentes, entonces no estamos ante un sistema moral elevado, sino ante una reliquia de pensamiento arcaico que, bajo el barniz de lo sagrado y lo divino, sigue desafiando, destrozando y pervirtiendo los principios más básicos de la justicia humana.
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