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Eternos secundarios

En la vida y el arte hay estrellas y secundarios, aquellos que mueven hilos imprescindibles para que el espectáculo continúe, pero a los que no se les ve, o se les ve de trasluz en una esquina. Como Panchito. O el fascinante Ricard Miralles. O en otro mundo, ahora, Papi Robles

Pancho Varona.

Pancho Varona. / Levante-EMV

No sé bien cómo acabé hace unos días en un concierto de Pancho Varona. Cosas que pasan cuando te dejas llevar. Panchito, Panchito, aquel que hacía de secundario alegre y divertido en los conciertos de Joaquín Sabina es hoy un tipo mayor y enjuto que viaja solo con su guitarra por salas pequeñas con algunas canciones que cualquiera diría que son de Sabina, pero también eran suyas, porque él se encargó durante décadas de musicar muchas de las letras del genio de las 19 caídas y 500 resurrecciones. Firmó con él más de cien canciones desde 1982, produjo muchos de sus discos, era un tipo conocido en sus giras, se hizo un nombre en el mundo de la música. A su sombra, siempre adherido al nombre (más grande) de otro. Hasta 2022. La ruptura es conocida. Los motivos, no. ¿Qué más da cuando todo se rompe? Silencio desde entonces. Panchito, Panchito es un tipo hoy que roza los 70 y que enseña en su rostro (también bajo un bombín) el peso de los años. De conciertos en estadios con miles de personas, hoteles de lujo y escenarios enormes ha pasado a conciertos para unas pocas decenas de personas, a las que toca si alarga el brazo y que incluso se permiten subir a su lado a poco que se tercie. Un bestiario singular fuera de catálogo. La supervivencia es dura en el mundo de la música. La soledad, aún más.

Sabina y Varona, en un concierto en 2017.

Sabina y Varona, en un concierto en 2017. / Levante-EMV

La historia daría para una película de avería y redención imposible. La historia sirve también para poner luz por una tarde a los que acompañan a los ilustres, los que colaboran con éxitos y grandezas y no se ven. Posiblemente la historia de Sabina fuera otra (ni mejor ni peor) si en lugar de apoyarse en Panchito y García de Diego a la hora de dar forma a sus canciones lo hubiera hecho en otros. Posiblemente la historia de Pancho sería mucho más gris. O incluso no sería. En la vida y el arte hay estrellas y secundarios, aquellos que mueven hilos imprescindibles para que el espectáculo continúe, pero a los que no se les ve, o se les ve de trasluz en una esquina. Como Panchito, Panchito. O como el fascinante Ricard Miralles, el hombre del piano en los conciertos durante tantos años de Serrat. La historia de posiblemente el cantautor hispano más envidiado y elogiado hubiera sido otra sin ese señor mayor que ha dado forma y textura final a sus canciones y dominaba la orquesta en sus actuaciones. Actores de reparto de una película de éxito. Desaparecidos cuando los protagonistas se van o un día deciden que prefieren a otros. Eternos secundarios. Payasos de candilejas: una noche en la gloria, la siguiente en el arrabal.

Papi Robles.

Papi Robles. / Europa Press

Y mientras Pancho recordaba sin dejar de sonreír viejas canciones e historias que solo tienen sentido porque Sabina estaba en ellas, Papi Robles aceptaba algo similar y se apartaba a un lado, sin protestar, para dejar paso a Mónica Oltra. Eternos secundarios. Seres de candilejas con la eterna pregunta en las arrugas de la cara: quién reparte los papeles en esta tragicomedia.

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