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El 'impeachment'

Trump está forzando todos los poderes del Estado con suprema arbitrariedad. Su destino es quedarse solo. Pero un presidente solo tiene una única salida. El 'Impeachment'

Trump prevé retirada de EE.UU. de Irán "en dos o tres semanas"

Trump prevé retirada de EE.UU. de Irán "en dos o tres semanas"

Lo más sorprendente de la actitud de Trump es la creencia de que su propio pueblo ya ha interiorizado la idea de que su papel en el mundo es robarle los recursos a los demás pueblos. La confesión de Trump de que se quiere apropiar del petróleo de Irán y los llamamientos a los aliados para que sean cómplices en el latrocinio –“Si quieren su petróleo, vayan a por él”, decía aproximadamente hace unos días-, implica que todos sus representados lo han puesto ahí para que robe en su nombre, que están encantados de que lo haga; y al mismo tiempo supone que todos sus aliados no son sino una banda de cuatreros que se van a poner a sus órdenes para ese ingente robo.

Nunca se vio con más claridad que en este Viernes Santo, con este presidente, la verdad que sentenció Agustín de Hipona hace ahora más dieciséis siglos cuando se preguntaba: “Si no hay justicia, ¿qué diferencia hay entre el Estado y una banda de ladrones?”. Pero lo más importante de este asunto es que, al ser el presidente Trump representante de todo un pueblo, la frase debe ser alterada: si no hay justicia por parte de un presidente electo, ¿qué diferencia hay entre un pueblo entero y una inmensa banda de ladrones? No podemos estar tan desesperadamente ciegos acerca del género humano como para plegarnos sin resistencia a esta afirmación. No puede ser verdad.

El mal, como el bien, es un organismo o, por ponernos menos dramáticos, es como un cestillo de cerezas. Si alguien comete una injusticia, tiene que seguir haciéndolo. Un acto vil necesita tirar de otro acto vil, si bien sea solo para encubrirlo. Un hombre tan inmoderadamente injusto como Trump no puede cesar de cometer injusticias. La principal fábrica del mal -lo sabemos ahora demasiado bien- es la palabra. Trump, aunque fuera un cuerpo hablante, inactivo, paralizado, como aquel de la película de Trumbo “Johnny cogió su fusil”, no dejaría de producir injusticias solo con la palabra. Y como no deja de hacerlo, la montaña de injusticias ya es más alta que Babel y más confusa que aquella torre.

Este hecho es todavía peor que dar por sentado que su propio pueblo es un pueblo de ladrones y que se sentirá entusiasmado con la decisión de apoderarse del petróleo del pueblo iraní. El representante puede ser un ladrón y su pueblo no ser un pueblo de ladrones. Pero si su máximo representante es un hombre que amontona confusión hasta las estrellas, podemos estar seguros de que su pueblo andará perdido en la confusión. Muchos de los seguidores de Trump, por supuesto, juzgarán como activistas políticos a los millones de conciudadanos que salen a las calles para denunciar a un hombre injusto y corrupto. Pero no me cabe la menor duda de que ellos no dispondrán a estas alturas de claridades acerca de su representante. Pero en medio de la confusión ya no pueden estar seguros de que sea su representante. En todo caso, no podrán ser tan injustos como él. Eso es literalmente imposible.

La doctrina antigua sobre el tirano siempre apostaba por una idea. Miremos los altos magistrados que están cerca del tirano. Si ellos se alejan de él, si sucumben, entonces los ciudadanos normales saben que deben alarmarse. La doctrina clásica del tirano, desde Platón, es que el malo no puede tener amigos y que la soledad es su destino. Trump ha emprendido ese camino a marchas forzadas. Afirmar eso no es solo un deseo. En modo alguno. La lógica profunda de las cosas no necesita de nuestro deseo para abrirse camino.

Cuando escribo estas líneas, me llegan las Breaking News del NYT. Se las resumo. Primera, Hegseth, ministro de la guerra, destituye al Jefe del Ejército, Randy George, en medio de la ira y frustración de los altos mandos del Ejército. Segunda, el presidente Trump despidió a la fiscal general Pam Bondi, descontento de como venía comportándose por los papeles Epstein y por no lograr poner en marcha represalias jurídicas contra sus adversarios políticos. Tercera, los ataques de Trump a los medios de comunicación se están volviendo en su contra en los tribunales. Cuarta, así es como Trump se metió en un callejón sin salida con Irán. Quinta, las naciones rivales aprovechan los puntos estratégicos para presionar a Trump. Una célebre página cómica, que se centra en los ataques a Trump, se preguntaba si había alguna base para el optimismo alrededor del gobierno. La única noticia positiva es que la Comisión de Planificación aprobó el salón de baile de Trump, pero que todavía persisten los obstáculos legales.

Cuando el periódico más importante de América da estos titulares, puede decirse que algo comienza a cristalizar. Se ve una pauta dentro de la más absoluta arbitrariedad. Todos los altos funcionarios de Trump han sido despedidos cuando, tras cobardes cesiones, han conocido lo insaciable que puede ser su presidente, que los arrastra hasta acciones que son literalmente imposibles. Esto sucederá hasta que tenga que echar mano de cómplices directos, como llevar a Todd Blanche, con sus propios problemas con los papeles Epstein, al Departamento de Justicia en funciones.

Y cuando ya no tiene a nadie más que pueda intentar lo imposible, entonces tiene que intentar hacerlo él mismo, presentándose ante la sala del Tribunal Supremo en el asunto del derecho de nacionalidad de los nacidos en Estados Unidos, en un gesto inédito de presión a un poder independiente. Este será el destino de Trump. Apoyado en la obediencia reverencial al Presidente, está forzando todos los poderes del Estado con suprema arbitrariedad. Su destino es quedarse solo. Pero un presidente solo tiene una única salida. El Impeachment.

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