Opinión | Bolos
La Marina o la incapacidad de València para decidir su futuro
Entre la burocracia, el cortoplacismo político y la retórica de la modernidad, la ciudad sigue sin resolver su relación con el mar ni el destino de uno de sus espacios más simbólicos

El edificio Veles e Vents de La Marina de València. / JM LOPEZ
Debe de ser cosa del talento desbordante, seguro. Ese que se presupone a la creatividad, que exige dedicación, pero que, una vez convertido en realidad, parece aburrirse de su propia continuidad. La pirotecnia también acompaña el desarrollo urbano de València, donde conviven, en una armonía disfuncional, auténticas joyas arquitectónicas con un brutalismo de manual. Basta con acercarse a la zona noble de la ciudad para contemplar nuestra traca hecha estilo.
Lo que cabía esperar, ya en pleno siglo XXI y tras la huella dejada por Norman Foster, Santiago Calatrava, Ricardo Bofill o David Chipperfield, era seguir la estela del método Goerlich: modernizar València mediante intervenciones parciales, ordenadoras y estéticamente controladas, sin recurrir a una tabla rasa. Con alineación de fachadas, homogeneización de alturas y creación de frentes urbanos coherentes. Ahondar, en definitiva, en ese eclecticismo contenido tan nuestro.
La asignatura pendiente sigue siendo la conexión con el mar. El mejor intento fue la Copa del América; no la competición náutica en sí, sino la coartada del espectáculo de las regatas para acondicionar, por fin, el paseo ciudadano hacia su gran franja marítima. Lo mismo que han hecho, y siguen haciendo, todas las ciudades que acogen acontecimientos internacionales de gran trascendencia mediática.
El edificio Veles e Vents es la gran herencia de aquella Copa del América. Diseñado por el británico David Chipperfield y el español Fermín Vázquez, fue concebido como el faro de la València del siglo XXI. Chipperfield, uno de los mejores arquitectos del mundo, premio Pritzker —el equivalente al Nobel de Arquitectura—, creó un pabellón elevado de plataformas horizontales superpuestas, reconocible por sus grandes voladizos y por su relación abierta con el puerto histórico. Y, sin embargo, al mismo tiempo que el Veles e Vents se ha convertido en el icono marítimo de una ciudad de intensa vocación mediterránea, el juego partidista y la burocracia van camino de arruinar ese faro de vocación casi literaria, capaz de enlazar nuestro Segle d’Or con la era digital.
La Marina de València se constituyó como un consorcio interadministrativo, con la participación de Ayuntamiento, Generalitat y Administración General del Estado, con una fórmula pensada para gestionar de manera coordinada esa reconversión urbana tras la competición velera. Pero, como tres también son multitud cuando se trata de gobernar con eficacia, no ha habido manera de que los responsables de ese tridente se pongan de acuerdo, ni siquiera cuando el mismo partido, el PP, ha mandado en las tres administraciones.
El Botànic-Rialto nunca terminó de aclararse. Mientras unos quisieron convertir el Veles e Vents en una nueva Estatua de la Libertad para los refugiados de la otra orilla del Mediterráneo —Mónica Oltra y el Aquarius—, la parte de Ximo Puig, Aurelio Martínez y Joan Calabuig intentaba conjugar la ampliación del Puerto con no se sabe muy bien qué proyecto de ciudad. Y en esas llegó María José Catalá a la alcaldía con la promesa de otro cambio de gobernanza —un ente compartido con Generalitat y Puerto—, envuelto además en el viejo imaginario de “València al mar”, con grandes anuncios sobre Serrería, la prolongación de la Alameda y la conexión con la fachada marítima. Una combinación de nuevo armazón institucional y grandes infraestructuras cuyos plazos, como casi siempre, quedaban bastante abiertos.
La construcción de una zona de servicios en la esquina del varadero junto al canal de acceso y a los pies de una de las terrazas bajas del Veles e Vents, demuestra hasta qué punto ha avanzado la decadencia. Mientras tanto, los distintos proyectos para que el edificio se convierta de verdad en un faro de innovación siguen guardados en los cajones de la inoperancia.
Por cierto, y sin ánimo comparativo con València Music City, el estudio de Chipperfield figura entre los favoritos en el concurso de Liceu Mar, en el puerto de Barcelona. El edificio que modificará el skyline de la capital catalana, con el objetivo de programar más de 200 funciones musicales al año y disponer de un aforo para 900 personas.
El Bellas Artes de Sorolla
Mientras se buscaban los restos de Goerlich en la plaza del Ayuntamiento, confundiendo arqueología con modernidad, se desatendían sus sabios consejos austrohúngaros para oxigenar València sin desmontarla por completo. Pero nadie ha pensado en el Museo de Bellas Artes, que solo pasea su condición de segunda pinacoteca española tras el Prado en debates parlamentarios, pero desaparecida como eventual sede de los Sorolla para su director, ocupado en rectificar catálogos, y para esos sorollistas de última hora que quieren convertir al artista de la luz en una suerte de telegrafista. El Bellas Artes debería ampliarse hacia el convento de la Trinitat; con Viveros a la espalda y el Jardín del Turia a modo de terraza, sería imbatible. Ni Málaga podría competir.
Les Arts y Calatrava
Entretenidos con los conciertos discontinuos en la Ciutat de les Arts, a la nueva consellera de Educación y Cultura todavía no le ha dado tiempo de asegurarse la continuidad del mejor programador de ópera del momento, que, mira por dónde, es el director musical del Palau de Les Arts. Tampoco de reponer el nombre de Santiago Calatrava en el CEIP de Benimàmet. Hace tiempo que en la Conselleria de Campanar no se acierta con los titulares.
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