Opinión
Ya está bien de paquetitos

Productos envasados en plástico para alimentación / Oxfam Intermón
La lucha contra el plástico está en todas partes. Carteles, campañas, mensajes. Y, sobre todo, bolsas de plástico que ya no son gratis.
En los supermercados, coger una bolsa tiene precio. La idea está clara. Hacer al consumidor más responsable. Concienciar desde el gesto pequeño. Pero la realidad es otra. Basta con recorrer los pasillos. Frutas en bandejas de plástico y envueltas en film. Verduras empaquetadas sin necesidad. Calabacines, pimientos o naranjas que antes se vendían a granel, ahora vienen agrupadas y selladas. Más plástico. Más residuos.
La carne no se queda atrás. Bandejas rígidas. Film transparente. Separadores. Etiquetas. Varias capas para un solo producto. Lo mismo ocurre con el pescado o con productos básicos para la cocina diaria. No hablemos de los cinco paquetitos que hacen falta para cocinar un puchero o una paella. Comodidad, sí. Pero a costa de generar más y más residuos. Aquí está el problema. Se penaliza una bolsa que puede reutilizarse muchas veces, pero se normaliza un modelo en el que casi todo viene envuelto en plástico de un solo uso. Yo, como consumidora, pago por la bolsa pero no puedo evitar el resto. No hay elección real. La contradicción es evidente. Y cada vez más difícil de justificar.
Si miramos lo que ocurre en los mercados municipales o a las fruterías de barrio, el contraste es claro. Allí, las bolsas suelen ser gratuitas. Pero, sobre todo, hay menos plástico. Mucho menos. El producto está a la vista. Se elige pieza a pieza. Se pesa. Se compra lo necesario. Sin bandejas. Sin film innecesario. Sin capas superpuestas.
Será más antiguo, sí, pero es más directo. Más lógico. Paradójicamente, estos pequeños comercios, con menos recursos, aplican prácticas más sostenibles. Sin grandes campañas. Sin eslóganes. Sin cobrar por cada bolsa.
En general y aunque los pequeños gestos son los que mueven el mundo, reducir el uso de plástico no puede quedarse solo en eso, gestos. No basta con cobrar por una bolsa. No es suficiente. Hace falta ir más allá. Menos envases. Más producto a granel para que, además, cada uno lo pueda adaptar a sus necesidades. Más opciones reales para comprar sin plástico. Menos comodidad basada en el ‘usar y tirar’. Y, sobre todo, coherencia. Porque sin coherencia, todo lo demás suena vacío.
El planeta no necesita gestos simbólicos. Necesita cambios de verdad porque al final, una causa urgente, se está convirtiendo en un negocio y una estrategia de marketing.
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