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Opinión | El día del señor

València

Persas, judíos y yanquis

Donald Trump se retira tras hablar sobre la guerra con Irán desde el Salón de la Cruz de la Casa Blanca en Washington.

Donald Trump se retira tras hablar sobre la guerra con Irán desde el Salón de la Cruz de la Casa Blanca en Washington. / ALEX BRANDON / POOL / EFE

La verdad es que en estos días el desconcierto está, como ciertos premios del Gordo, muy repartido. Las apariencias engañan y donde Donald Trump dijo que ganaría con un póquer, ahora tiene una pareja de ochos y gracias. Fantasma hasta el último momento.

Pese a todo, el constructor –¡de qué gremio iba a ser!– tiene una astucia considerable y vivaquea en el registro de granujas que no dejan de tener talento para emboscadas, disimulos y abusos de menores.

No sé si continuarán negociando las partes, espero que sí, se perciben los síntomas de una valiosa moderación donde no hay sitio para Nigel Farache o para Viktor Orban, pero también hay un modelo de insubordinación nítidamente español: el enemigo común tiene prioridad. A ese hay que darle fuerte que luego ya ajustaremos cuentas con los de casa.

Apunten esto: cuando Napoleón invadió, entre otros países, el nuestro, le fue muy mal y el olfato me dice que eso mismo pasará con yanquis y judíos. Han cuajado miles de toneladas de furor contenido y poco importa quien sostiene la hostilidad hacia Irán o quien, por el contrario, junta y revuelve en el mismo saco las chicas laicas del tardeo y el turbante del ayatola. Esas dos mitades del censo se odian, el odio es suyo. Los ayatolas tardarán en consolidar su régimen autoritario, pero acabarán la tarea. O lo intentaran. Si yanquis y judíos le quieren arrancar las mantecas al persa solo reinarán sobre un lecho de cenizas, advertidos están.

En la España napoleónica las facciones afrancesadas vigilaron a los liberales –el mismo Goya pongo por caso– para darles garrotazos si se desencaminaban. Cuando la Constitución ya estaba madura, no la dejaron madurar del todo. Aquí se aplica el principio de la doble insumisión: matar al francés, primero, e ir después a darle garrote vil al pagano nuestro.

La política de Winston Churchill para estos territorios entre Irak y Palestina en la Segunda Guerra Mundial fue la propia de un criminal de guerra que, a veces, se llamaba también colono. En la portada de la biografía que le dedicó Tariq Alí aparece el maloliente Churchill con una metralleta al mejor estilo gánster.

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