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Es un problema de elites políticas

Mazón, Sánchez y Bernabé, en el centro, con el resto de autoridades y altos funcionarios.

Mazón, Sánchez y Bernabé, en el centro, con el resto de autoridades y altos funcionarios. / Jorge Gil/E.P.

La Comunitat Valenciana se enfrenta a un proceso de erosión del "Pacto político" suscrito en Benicàssim y Peñíscola hace 45 años. Este fenómeno se debe a dos factores: 1. un desacople entre las élites; entre la política y la empresarial y cultural; y, 2. una fractura interna en el “espacio político valenciano” que ha deteriorado el “consenso” de 1982. Históricamente, la Comunitat se ha caracterizado por su pujanza económica y cierta diversidad cultural; sin embargo, en las últimas décadas, especialmente tras la crisis financiera de 2007-2008, y la reciente catástrofe de la dana, se ha evidenciado una preocupante desconexión entre la élite política y las otras dos; y lo más preocupante: la ausencia de un “liderazgo político fuerte” que pare el auge del “neosucursalismo”.

Para entenderlo, es necesario retroceder a lo que significó la Cumbre de Orihuela. Celebrada en 1990, fue un momento clave en el que líderes empresariales y políticos debatieron sobre el futuro y el camino a seguir juntos para superar las trabas que impedían a los valencianos el acceso a la “postmodernidad”. En esa época, la Comunidad Valenciana contaba con una sólida burguesía financiera -más la de la industria tradicional y de los “nuevo” servicios- representada por entidades como Bancaixa y la CAM, que actuaban como pilares de la financiación e inversión local. Sin embargo, la crisis de 2007-2008 transformó radicalmente el panorama, llevando a la posterior desaparición de la banca autóctona y a un aumento de la dependencia de decisiones tomadas fuera de La Comunitat que no favoreció precisamente el desarrollo autóctono, un fenómeno conocido como "nuevo sucursalismo". Y la élite política valenciana se plegó.

En ese contexto no superado ha emergido una nueva generación de élites empresariales y culturales con la “familia Roigcomo paradigma. Su influencia se ha extendido más allá del de los servicios o los tecnológicos; en ámbitos como el cultural, deportivo y social están ocupando un espacio que la administración pública ha descuidado; ejemplos, las iniciativas de la Fundación “Hortensia Herreroo el sonado cierre del Círculo de Bellas Artes en 2017. Estos hechos plantean una interrogante fundamental: ¿estamos ante el surgimiento de un "patriciado" urbano que sustituye la oferta cultural pública por el mecenazgo privado? La capacidad de estas élites para moldear la narrativa cultural y social es considerable.

Mientras los empresarios innovan, se internacionalizan y crean hubs tecnológicos desde la Universidad Politécnica, la élite política se ha quedado estancada en una visión cortoplacista que le impide articular un proyecto colectivo. Esta desconexión genera una paradoja: una sociedad civil vibrante pero sin un interlocutor político fuerte que defienda sus intereses en Madrid para dar solución, por ejemplo, a la infrafinanciación del autogobierno, a la culminación del Corredor Mediterráneo o los trasvases de cuenca pendientes.Además, si la relación con las élites sociales es distante, la relación consigo misma es beligerante. La política valenciana se ha fragmentado en “dos bloques antagónicos” -Derecha vs. Izquierda- que no responden a diferencias de clase, sino a su dependencia de domicilios “madrileños”, a liderazgos débiles, y a posiciones incompatibles en temas estratégicos, de organización territorial, idioma propio e identidad. Se ha deteriorado peligrosamente el “consenso” alcanzado en 1982.

El primer síntoma de esta fractura es la inestabilidad. La Confederación de Empresarios de la Comunidad Valenciana (CEV) ha vivido situaciones traumáticas y luchas de poder territorial, con el peligro de resucitar el “Alicanton”. Sin embargo, donde la implosión es más evidente es en el ámbito político; la "barrancada" del 29 de octubre de 2024 actuó como un catalizador que amplificó estas tensiones hasta romperlas. La gestión de la emergencia evidenció no solo una lucha partidista entre el gobierno central y el autonómico, sino también una profunda fractura entre los “dos bloques antagónicos”, incapaces de articular una respuesta institucional común para afrontar la emergencia.

Esa fractura tiene su propia dinámica. Una es la indefinición en cuestiones identitarias: las élites políticas valencianas aún no han logrado alcanzar un consenso básico sobre la articulación territorial, símbolos, lengua o la naturaleza de la “artificial” Comunitat Valenciana. Esta división ha impedido la construcción de una identidad colectiva robusta y ha debilitado la capacidad de actuar como un sujeto político unificado ante el Estado central. Otra es la endogamia y la profesionalización precaria de la “élite política”; se critica a esta por su alejamiento de la ciudadanía y por centrarse más en el cálculo electoral que en una administración pública eficaz. Esto ha llevado a una forma de hacer política caracterizada por la repetición de modelos de confrontación, perdiendo de vista el compromiso adquirido hace 45 años. Y otra es la dependencia y el sucursalismo, donde la pérdida de poder financiero local, y la subordinación y dependencia de la burocracia central de sus organizaciones políticas, se traduce en una debilidad de la “agenda valenciana” en Madrid.

Las consecuencias de esta dinámica son profundas y afectan la calidad de vida de los valencianos. La falta de influencia política y de acuerdos básicos a hacer valer, impiden abordar y dar solución a tres problemas endémicos: la financiación justa de la Generalitat, la ejecución del Corredor Mediterráneo y una política hídrica nacional que no nos perjudique. Esta debilidad alimenta cierta desconfianza social hacia las instituciones propias de autogobierno; por cierto, favoreciendo el ascenso de movimientos políticos “centralistas” que lo cuestionan cómo es el caso de Vox, un toxico para los valencianos

El resultado de esta situación es una paradoja inquietante: la Comunitat Valenciana cuenta con élites económicas “cosmopolitas, pero su élite política está fracturada con mentalidad “localista”; y la sociedad civil se ve obligada en lo cultural a recurrir al mecenazgo para llenar el vacío dejado por las propias instituciones que, en vez de liderar, se convierten en un obstáculo. En fin, la superación de estas fracturas requiere un diagnóstico certero, regresar al “consenso” de Benicàssim y Peñíscola, y la necesaria presencia de un Liderazgo fuerte capaz de recomponer las relaciones estropeadas con visión de futuro, más allá del corto plazo. Mayo de 2027 está cerca.

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