Opinión | Bolos
Ábalos, el aborto y la cortina de humo
El juicio del caso mascarillas en el Supremo coincide con las tensiones políticas actuales y la necesidad de priorizar asuntos clave para la ciudadanía

José Luis Ábalos y Koldo García en el banquillo del Tribunal Supremo. / Efe/J.J. Guill
Que José Luis Ábalos estrene banquillo en el Supremo el mismo día en que se agita el blindaje constitucional del aborto dice bastante de nuestro tiempo político. A elegir, cualquiera con un mínimo sentido de la realidad habría preferido ese mismo ardor parlamentario puesto al servicio de unos presupuestos generales del Estado capaces de apuntalar la reconstrucción tras la dana y de corregir, siquiera un poco, nuestra injusta financiación autonómica.
El espejo francés se invoca con ligereza, aunque sirva de poco. Allí, hace dos años, Marine Le Pen y una veintena de diputados de extrema derecha se sumaron al blindaje del derecho al aborto en la Constitución. Aquí, en cambio, todo amenaza con quedarse en una de esas operaciones concebidas para excitar a los convencidos.
Tampoco parece que el juicio de las mascarillas vaya a traer grandes revelaciones. A estas alturas, ya se saben demasiadas correrías de Ábalos, bravatas de Koldo y fullerías de Aldama como para hacerse el sorprendido. Toda esa feria de compadreos, enchufes, comisiones y prostíbulos no tiene nada de sainete simpático. Es mugre pura. Cutrerío con poder. Caspa con coche oficial.
Y claro que eso avergüenza al PSOE, incluidas las últimas reservas del abalismo pata negra. Ábalos, Santos Cerdán, Francisco Salazar y otros nombres de aquel primer sanchismo llegaron tan lejos porque la victoria de Sánchez en las primarias parecía entonces una carambola inverosímil. Casi nadie en el PSOE daba un duro por ella. Pero pasó. Y de aquel vuelco salió una camada de dirigentes, asesores y fontaneros que prosperaron al calor de una lealtad sin demasiados filtros. Pero quien nombra también responde. En el partido y en el Gobierno. Y no hacía falta ser un sabueso de Asuntos Internos, bastaba con preguntar. Hasta el Vaticano, con toda su legendaria paciencia, ha entendido desde hace siglos que antes de elevar a alguien conviene informarse un poco.
Parece impropio mezclar una reforma constitucional sobre el derecho al aborto con toda esta podredumbre. Se trata de un asunto demasiado serio, una conquista feminista, como para usarlo de contrapeso frente a una trama indecente.
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