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València

¡Profesor, nadie le está leyendo!

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

En 2015, los profesores Asit K. Biswas (Universidad de Singapur) y Julian Kirchherr (Universidad de Roskilde) publicaron un artículo con este título en el que señalaban que la mayoría de los académicos con buena trayectoria investigadora no intervenía actualmente en los debates públicos. A diferencia de las décadas de 1930 y 1940, cuando era frecuente su presencia en revistas acreditadas y diarios públicos opinando sobre los problemas sociales y políticos. Actualmente, la mayoría de sus publicaciones apenas se leen o citan, y lo mismo ocurre con sus artículos. El 82 % de los artículos publicados sobre temas de Humanidades no reciben ninguna cita y de los revisados por dos especialistas -en revistas acreditadas- sólo un 32 % son citados en Ciencias Sociales y un 27% en Ciencias Naturales, lo que tampoco implica que hayan sido leídos. Todo ello en un contexto en que 1,5 millones de artículos son revisados por pares y suelen publicarse anualmente. No sé si estas cifras de 2015 se mantienen en 2025, pero parece poco probable que hayan cambiado en una década.

La cuestión es para qué y para quién se publican. Los investigadores universitarios necesitan contar, para su permanencia y progreso en el escalafón, un determinado número de publicaciones en revistas indexadas, calificadas como prestigiosas en las áreas de conocimiento. Suponen un reconocimiento curricular que genera un incremento en el sueldo y avalan su proyección académica. Sin embargo, el impacto real de estas aportaciones, tanto en el ámbito científico como social, es muy variable. Depende del tipo de análisis, en el que cabe distinguir si son propuesta, descubrimiento, crítica o síntesis. Ya desde el siglo XIX se discutía la posibilidad de que las ciencias humanas alcanzaran la capacidad de establecer leyes permanentes como en las ciencias de la naturaleza. En todo caso, no puede compararse el impacto de temas de química, física, biología, mecánica, ingeniería, ecología, geología, etc. con el de cuestiones políticas, sociológicas, históricas, jurídicas, lingüísticas, literarias, económicas o de cualquier aspecto de las llamadas ciencias humanas. Por ejemplo, un artículo esclarecedor sobre el cáncer o cualquier enfermedad puede tener una repercusión inmediata, mientras que otros textos quedan relegados a un número minoritario de especialistas.

¿Qué ocurre con la inmensa mayoría de textos que no tienen ninguna repercusión académica o social? ¿Se convierten en una pila de papel o restos perdidos en Internet esperando ser rescatados algún día? ¿Y de qué manera los científicos o humanistas dedicados a sus estudios e investigaciones tienen tiempo para intervenir en los debates públicos? No es fácil ser Bertrand Russell en los tiempos actuales cuando la competencia y exigencias universitarias son elementos sustanciales en sus ámbitos y centros de investigación, con poco espacio y tiempo libre para intervenir en el debate público hegemonizado por periodistas, políticos o tertulianos de distintas procedencias. Historiadores, sociólogos, economistas, juristas, literatos y demás pueden tener mayor incidencia que los dedicados a las ciencias de la naturaleza. Pero sus intervenciones se diluyen entre las de políticos, periodistas y otros. La utilización de la Historia, por ejemplo, como fuente de análisis, tiene sus limitaciones y suscita controversias. El relato dominante en determinados ámbitos está siempre sujeto a revisiones, como ocurre en temas como la colonización americana o la guerra civil española y se convierten en un elemento más de las posiciones ideológicas sin posibilidad de consenso.

Cada día se publican numerosas columnas de opinión en diarios impresos y digitales, con una extensión de 500-700-1000 palabras. Si elegimos, por ejemplo, desde la CV, 25 medios generalistas de distribución nacional o regional (El País, El Mundo, La Vanguardia, ABC, Diario.es, El Confidencial, Levante-EMV, Las Provincias, El Independiente, El Español, El Periódico, La Voz de Galicia, La Verdad, es Diario, La Nueva España, La Razón, Diario de Sevilla, Diario de Cádiz, Diario Sur, Ideal, OK diario, El Diario Vasco, Informaciones, Diario de Mallorca, Valencia/Alicante Plaza), y estimamos una media de 4 columnas de opinión diarias nos da un total de 100 al día, lo que supone 700 a la semana, 21.000 al mes y 250.000 al año. ¿Cuántas de ellas tienen al menos diez lectores de media? Es probable que algunas superen los 200, 300 o más lectores en función de los autores, los llamados líderes de opinión, o por circunstancias concretas de algún acontecimiento en el que proliferan distintos enfoques. Sería necesario analizar la proporción de hombres y mujeres que acceden a cada una, así como distinguir entre jóvenes, adultos y mayores. Lo más difícil es determinar en qué medida las opiniones publicadas influyen o refuerzan la opinión de los lectores. En una sociedad muy sectorializada es difícil calibrar cómo se configuran los estados de opinión, personales o colectivas: la familia, las relaciones, la educación, las lecturas, la influencia de los medios, el lugar en el sistema productivo, las experiencias personales o colectivas… sin que sea fácil establecer la proporción de cada una. Tal vez la neurociencia pueda dar alguna pista más certera del fenómeno.

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