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València

La cortina oscura

Imagen de la mítica Distrito 10, en Pla del Real.

Imagen de la mítica Distrito 10, en Pla del Real. / ED

Lo había intentado dos viernes seguidos. Pero en las dos ocasiones había fallado en el intento. Y eso que en ambas tardes cumplí las indicaciones proporcionadas previamente por Gema Songel y Eva Rocafort. Unas indicaciones que muy claras:

— Tienes que ir con seguridad, con ropa más de mayor, más oscura.

— Unos vaqueros, unos zapatos...

— Un suéter azul oscuro o negro.

— Y, super importante, que no te vean dudar al llegar a la entrada.

— Ayudaría que fueras fumando.

— Pero yo no fumo.

Desde hacía semanas, ellas ya venían entrando cada tarde de viernes en aquel lugar que se me resistía cuando contaba con aquellos lejanos quince años con indudable apariencia de trece. Porque ellas, mis compañeras de clase ya hacía tiempo que habían pasado de niña a mujer, como cantaba Julio Iglesias en los casetes que solía poner mi madre en su Opel Corsa camino a las dunas de el Saler. De repente, Gema, Eva y el resto de las compañeras de curso iban maquilladas, vestidas como chicas mayores; mientras que la mayoría de nosotros continuábamos anclados a un outfit parecido al que lucían los Goonies o Explorers en las caratulas de los VHS. Esos que alquilábamos con voracidad cinéfila en los videoclubs de nuestros barrios.

Era otro viernes por la tarde y, en la tercera intentona, uno comenzaba a subir las escaleras que llevaban al férreo paso de control donde se encontraba Emilio —creo que así se llamaba—, el insobornable encargado de la puerta. Se trataba de un tipo alto, con gafas y aspecto amable, como de profesor de matemáticas. Yo agachaba la cabeza más o menos pegada a la espalda de quien tenía delante. Trataba de disimular mi infantil rostro con algún gesto duro prestado de alguno de mis ídolos de la pantalla, al tiempo que subía los escalones peldaño a peldaño. Lo hacía con el deseo de que al alcanzar el control de acceso se generara una situación coloquial y rutinaria entre la chica que te proporcionaba la tarjeta de acceso y el propio Emilio. Deseaba con todas mis fuerzas que estuvieran hablando entre ellos, tal vez contándose alguna cosa graciosa que les hiciera reír, relajar la vigilancia y así dejar pasar a cualquiera con algo de fingida tolerancia.

Ya iban quedando menos delante de mí. Y todos iban entrando sin problemas. Yo respiraba con nerviosismo. ¿Podría lograrlo en esa tercera ocasión? Aquel desafío comenzaba a ser más complicado que acceder a las claves de acceso de la caja fuerte del Nakatomi Plaza. El insobornable guardián entonces se giró hacia mí, me vio y sonrió condescendiente con esa sonrisa que se le pone a uno cuando ya tiene lo que va a decir al pobre inocente que pretende hacerle un quiebro a su control. Esperó paciente a su reconocida víctima, sin adelantarse hasta el momento preciso. Le gustaba saborear el inevitable ejercicio de mando y estatus. Lo que no sabía Emilio es que en esta ocasión contaba con un as en la manga para cumplir la misión imposible: una fotocopia del carnet de identidad de Enrique Santafosta, uno de los compañeros de clase que había repetido clase y que, por tanto, cumplía con los dieciséis años que como mínimo se exigían para la entrada al recinto.

En el DNI fotocopiado, la imagen de Santafosta se parecía ciertamente a la mía. Fue idea suya, tal vez para compensar las leches que me arreaba en alguna ocasión en los recreos. Con ese DNI, si colaba, Emilio no podría impedirme acceder a aquel misterioso lugar del que tanto hablaban los de mi clase casi todos el lunes en el colegio. Pasó el último que tenía ante mí. Era mi turno. Escrutándome desde lo alto, me pidió el DNI con tono rutinario. Se lo mostré tragando saliva. Comprobó la fecha de nacimiento. Me volvió a mirar y me dijo:

— Está bien. Puedes pasar, Quique.

Con el corazón a punto de estallar recibí de la chica de la entrada una tarjeta negra donde clicarían mis bebidas en la barra, sobrepasé al portero que ya estaba pendiente del siguiente chaval que también rozaba la edad permitida. Se trataba de José Boquet, otro amigo del cole que, al traspasar también la cortina oscura gritó:

— ¡Lo has logrado, Sergio!

Con un disimulado ademán le pedí que guardara silencio. Emilio podía oírlo y sacarme del aquel lugar recién conquistado. Estábamos en el tercer piso de aquella discoteca cuya pista de baile se encontraba abajo. Me asomé por la barandilla. Totalmente fascinado por aquel diseño de luces incidiendo en el espacio y en los rostros. En la pantalla gigante Michael Jordan realizaba un mate mientras Mark Knofler y el resto de la banda de Dire Straits se entregaba a fondo. Con Walk of life entré en aquel lugar fascinante con sugerentes penumbras, luces siderales y corazones vibrando. Lo que separaba entonces la infancia de la adolescencia era una cortina oscura que a algunos nos costó más que a otros traspasar.

Tuvimos suerte los que vivimos la cortina oscura de Distrito 10 como transición de infancia a adolescencia. Una transición bien diferente, tal y como viene reflejado en miles de archivos, a la que al parecer tuvieron inocentes e ilusionadas víctimas de príncipes, empresarios, diplomáticos e ilustres mandatarios, cuando traspasaron otras oscuras cortinas en una mansión satánica de cierto financiero muy bien conectado.

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