Opinión

Periodista
Houston, ¿tenemos un problema?

Tárrega en un lance del Valencia - Celta. / Ana Escobar / EFE
Me lo pregunto sobre las actitudes de algunos de los protagonistas, en mayor o menor medida, del ecosistema futbolístico. Hoy vamos de periodistas, futbolistas y entrenadores. Sin nombres propios.
Los periodistas. Los periodistas y sus tiempos. Después de cada partido usamos el resultado para querer viajar en el tiempo y adelantarnos al desenlace final de la temporada. Los más optimistas han metido a su equipo a estas alturas varias veces en Europa, jugando finales y hasta medio ganando títulos; y los más apocalípticos han tirado la temporada, bajado al infierno de la Segunda o han firmado ya un año en blanco. Y cada vez ocurre en jornadas más alejadas de mayo y/o junio. No podemos negar que las tendencias o “a lo que huelen” cada uno de ellos puedan sustentar el atrevido pronóstico del avezado periodista, pero ahora mismo a Valencia y Levante les restan ocho partidos, 24 puntos nada despreciables. En la época de sumar solo mas dos y de positivos y negativos jugar a futurólogos cuadraba más, hoy en día les aseguro que ganar dos partidos seguidos, incluso sacar siete de nueve puntos, sacude la tabla clasificatoria. Calmemos al aficionado. Hay tiempo para todo, hay puntos para todo y lo veremos de aquí al final de la temporada. A día de hoy, por ejemplo, el Levante se jugará seis puntos contra Sevilla y Mallorca; y el Valencia, parecido con Mallorca y Girona. No me atrevo a asegurar a qué distancia está hoy cada club de la esfera de influencia de su objetivo. Pero no enterremos antes de morir.
Los futbolistas. Los futbolistas y las sustituciones. Las cámaras captan en el estadio las caras torcidas de los jugadores sobre el césped, los gestos entre unos y otros, su reacción a lo que pita el colegiado y a cómo interactúan con el rival por cómo acaban los balones divididos en los duelos. Pero, ante todo, se “televisa” su puesta en escena en las sustituciones, en los cambios. Cuando ven su dorsal, cómo se dirigen a la banda, el saludo o no saludo, su llegada al banquillo y cómo convive luego en él el resto del partido. Y está muy bien eso de que “es lógico que se enfaden porque todos quieren jugar”. Ya, pero, todo tiene un límite. No prioricemos las pataletas en público a respetar la decisión del entrenador y el respeto al compañero que entra. Primero está el colectivo y el objetivo común.
Los entrenadores. Los entrenadores y sus planes. Los planes de partido. Eso que han trabajado y que serían el camino natural a la victoria y luego están los otros planes, los de su cabeza, que acaban arrastrándolos hacia situaciones, por acción o por omisión, poco terrenales. Partiendo de la base de que siempre es en pro de la victoria, depende del estadio en el que se encuentre el técnico y su carrera son más pragmáticos o más ortodoxos. En el área de influencia donde nosotros podemos ver fútbol en directo, asistimos perplejos a lo que se llaman “ataques de entrenador” que el aficionado, que disfruta del fútbol de otra manera que el profesional, flipa en colores. En muchos casos parece que el entrenador desconecta durante más o menos 40 minutos de lo que está sintiendo la grada, gravitando en su mundo. Y a veces el factor público, los mensajes que les mandas con actitudes y sustituciones desde el banquillo, pueden enganchar al aficionado y convertir el estado de ánimo e impulso colectivo en un factor más, bastante definitivo, para alcanzar donde nunca había llegado hasta ahora el ser humano, para lograr el ansiado plan de partido. Apelen a jugar con la ayuda de los suyos, al factor humano, no al interestelar.
Para no dañar la vista lectora de los puristas. Efectivamente la frase de Swigert, y repetida casi igual por su compañero, Lovell, no fue una pregunta. “Houston, hemos tenido un problema aquí”, por un fallo técnico en el Apolo 13. Que todos los problemas sean los relatados aquí, pisando suelo firme.
PDT.- Por cierto, que un joven sueco que ha pisado Mestalla como aficionado varias veces y se enamoró del club esté triunfando en el Celta es por lo menos para reflexionar. Algo habremos hecho mal para que Williot Swedberg marque un gol y enseguida diga que le hubiera encantado jugar bajo la luna de Valencia.
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