Opinión | Las científicas cuentan
De las mujeres y el trabajo

Ilustración que muestra una tubería con una fuga por la que se pierde el talento femenino. / Andrea Corrales
Desde el 11 de febrero, día de la Mujer y la Niña en la ciencia, pasando por el 23 de febrero día de la brecha salarial hasta el 8 de marzo se ha hablado de las mujeres y su situación. Continuando con esta secuencia nos aproximamos peligrosamente al 1 de mayo.
Según Claudia Golding, primera mujer en ganar un nobel de Economía en solitario (año 2023), una de las grandes revoluciones laborales de este siglo, denominada por ella la “revolución silenciosa” ha sido, el acceso paulatino y constante de la mujer al mercado de trabajo.
¿Por dónde empezamos? Hablemos de los suelos pegajosos, que impiden el desarrollo de la empresa hacía mejores puestos (más responsabilidad y más salarios) o de techos de cristal que frenan el crecimiento para alcanzar puestos altos.
Es bien sabido que el trabajo es un elemento para sostenernos económicamente, y en este aspecto podemos hablar de las brechas salariales, esas diferencias entre lo que ganan hombres y mujeres por un mismo trabajo, que, aunque poco a poco se van reduciendo, aún hoy en día en España ronda el 16 % de media según el Instituto Nacional de Estadística (INE).
No podemos dejarnos aspectos como son la falta de presencia en algunos ámbitos laborales de las mujeres, muchos de ellos relevantes para el futuro económico de los países como la Inteligencia Artificial (IA). Según las Científicas en Cifras de 2025, las mujeres están presentes en los estudios de IA en un 28,9 %, lo que es más que en el total de Informática donde sólo representan un 17,2 %. Podemos decir que los estudios de informática están altamente masculinizados como la mayoría de las ingenierías y algunos estudios de ciencias (STEM), en la universidad o en la FP. Justo lo contrario que los estudios vinculados a la Educación, Trabajo Social o Ciencias de la Salud, donde las chicas son mayoría.
Todo este talento femenino que además se va perdiendo como una tubería con fugas a medida que van ascendiendo en la escala académica o profesional (“leaky pipeline”), haciendo que aún haya poca presencia en Consejos de Administración o puestos de relevancia en el ámbito público.
Añadamos una perspectiva interseccional, es decir, fijémonos en más matices. Pensemos en las mujeres con discapacidad, ellas encuentran grandes barreras de acceso al mercado de trabajo, aún más, que ya es decir, que sus compañeros. El año pasado, su tasa de paro fue del 21,4 %, y tal es el efecto desánimo, que sólo algo más del 35 % de estas mujeres participan, trabajando o buscando activamente empleo.
No olvidemos a las mujeres migrantes, más del 40 % según el Observatorio del Servicio Público de Empleo (SEPE) trabajan en el sector de cuidados, de limpieza y del servicio doméstico. De hecho, son el 94,59 % de las personas afiliadas al Sistema Especial de Empleados de Hogar. Así quedan, confinadas en sectores con bajos salarios y situaciones de precariedad.
Son nuestras creencias, nuestros estereotipos, en gran medida lo que nos impiden avanzar. Los datos del Eurobarómetro (2024) nos indican que no desaparecen. En España aún hay un 23 % de personas que creen que el que el papel principal de la mujer es el cuidado del hogar y la familia. Un 51 % cree que la vida familiar puede verse perjudicada cuando la madre trabaja a tiempo completo, ¿quizá porque los cuidados siguen recayendo en ellas? ¿quizá que las medidas de conciliación son peor toleradas en el ámbito laboral de lo que nos quieren hacer creer?
Estas percepciones han ido evolucionando hacia mayor corresponsabilidad e igualdad, pero los datos son tozudos, el Índice de Igualdad de Género nos muestra que la participación laboral femenina sigue siendo significativamente inferior a la masculina, especialmente en hogares con hijos (69 % frente a 92 %). Por lo que estos resultados ponen de manifiesto una brecha entre “lo dicho y lo hecho”.
Lo más preocupante es que las generaciones que vienen, que, hasta hace poco, superaban a sus mayores en sus posiciones más igualitarias, está cambiando. Ellas siguen apoyando en mayor proporción la responsabilidad compartida y alejándose de los roles tradicionales y ellos en cambio todo lo contrario. ¿Qué estamos haciendo mal como sociedad?
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