Opinión
Quién cuida de quien nos cuida

Imagen de archivo. / ED
Hay algo revelador en la manera en que una sociedad acompaña a quienes ya no pueden sostenerse solos, porque en ese acompañamiento se muestra, casi sin querer, nuestra concepción del tiempo, de los cuidados y de la responsabilidad compartida. En ese proceso incómodo que conocemos como envejecer, el tiempo se dilata hasta volverse espeso, la memoria se vuelve porosa y el cuerpo, que durante décadas fue actividad e impulso, comienza a exigir una atención minuciosa y una disponibilidad que difícilmentepodemos dedicarle. Ahí mismo, en ese territorio donde el ritmo productivo pierde sentido y la eficiencia deja de ser una virtud, lo que sostiene la vida es otra cosa: la presencia, el cuidado, la paciencia de quienes acompañan esos cuerpos.
La escena es conocida: salimos hacia el trabajo divididas entre la lealtad y la urgencia, y en el interior de la casa otra mujer ocupa ese espacio intermedio donde se decide, ahora sin nosotras, la dignidad de nuestros mayores. Ella no es familia, pero tampoco es solo una empleada; habita una zona ambigua en la que el salario y la cercanía se rozan sin confundirse del todo, donde la profesionalidad convive con una intimidad inevitable. Su tarea no se limita a los gestos prácticos de cada día, consiste en algo más difícil de nombrar: sostener la continuidad de una vida que se vuelve frágil sin apropiársela ytratar de acompañarla sin infantilizarla.
Muchas de esas mujeres llegan de lejos, y su presencia en nuestros hogares forma parte de un movimiento más amplio que me gustapensar en términos de cadenas de cuidado. Pero la expresión apenas roza lo que sucede puertas adentro. Allí se encuentran vidas que no estaban llamadas a cruzarse, y de ese encuentro nace una convivencia frágil, hecha de equilibrios que se ajustan cada día sin llegar nunca a fijarse del todo. Mientras aquí sostienen la vejez de los nuestros, alguien, lejos, sostiene la de los suyos; mientras aprenden nuestras rutinas, van quedando fuera de los acontecimientos que ordenan su propia vida: cumpleaños, enfermedades, despedidas. En ese desajuste, tan asumido que casi deja de valorarse, se concentra una de las incomodidades menos dichas de nuestro bienestar: la aparente normalidad con la que organizamos nuestras agendas descansa en buena medida sobre la disponibilidad de las suyas.
Hay en esa disposición una precisión sin épica, difícil de traducir en competencias certificables. Quizá por eso el cuidado se resiste a encajar en nuestras categorías políticas y productivas y queda, con frecuencia, fuera de los marcos que organizan el reconocimiento social. De ahí que funciones imprescindibles para sostener la vida en condiciones de dignidad aparezcan una y otra vez relegadas a los márgenes: mal remuneradas, escasamente protegidas y a menudo percibidas como una prolongación natural de ciertas disposiciones personales, más que como un trabajo que exige esfuerzo y responsabilidad. Una responsabilidad que, a menudo, deja de entenderse como un esfuerzo compartido y se externaliza y precariza, reproduciendo desigualdades con raíces en una lógica histórica de carácter colonial que todavía hoy preferimos no mirar de frente.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos no sea únicamente quienes acompañan a quienes nos acompañaron, sino qué idea de comunidad se revela en la manera en que distribuimos el cuidado y en las condiciones en que lo hacemos posible. Porque en el interior de esas casas, en el gesto reiterado de los cuidados, se está decidiendo silenciosamente qué valor otorgamos a la vulnerabilidad y qué lugar concedemos a quienes la sostienen. Y en ese reparto discreto, más que en cualquier declaración pública, se mide la exigencia ética de nuestro tiempo: una exigencia que, precisamente por situar la vida de nuestros mayores y la interdependencia en el centro, debería bastar para desarmar cualquier discurso de odio.
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