Opinión
El legado verde del fiscal Vercher

Cómic sobre Vercher Noguera. / L-EMV
La noticia del fallecimiento de Antonio Vercher me ha conmocionado. Tan cerca como el pasado viernes intercambiaba unos guasaps con él y hacíamos planes para vernos en Madrid, donde Antonio, recientemente jubilado en la Fiscalía General del Estado, se debatía entre colaborar con alguno de los importantes bufetes que habían solicitado sus servicios o terminar la reforma de su huerto de naranjos y escribir y supervisar desde su refugio valenciano los artículos y ensayos que en el ecosistema Justicia se leen como doctrina. Creo que Antonio se decantaba más por este modo de vida. De vuelta a Madrid, hacía parada en Requena e intercambiábamos vino por mandarinas y naranjas.
Lo escribo desde la humildad pero siempre he creído que la carrera profesional de Antonio Vercher ha estado muy vinculada a la mía como periodista especializado en Medio Ambiente en Levante-EMV, al menos en los orígenes. Conocí a Antonio en 1989, unos años después de que aterrizara en la Fiscalía del Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana procedente de un primer destino en Bilbao, donde ejercer como Fiscal no fué fácil. Quizá por ello mi primera entrevista con él fue sobre su libro “Antiterrorismo en el Ulster y el País Vasco”, donde analizaba con detalle la figura del arrepentido y su distinto papel en los juicios por terrorismo contra miembros del IRA y ETA. Sin embargo, ya entonces Antonio era portador del virus del medio ambiente y recuerdo que la “materia” , como le gustaba referirse al delito medioambiental, ocupaba nuestras conversaciones. Es cierto que fue la Constitución Española la que en 1978 introdujo en su artículo 45 el derecho de los ciudadanos “a gozar de un Medio Ambiente adecuado para el desarrollo de la persona”, pero el Derecho Penal no introdujo hasta 1983 el famoso artículo 347 bis, que sancionaba por primera vez en España las emisiones o vertidos contaminantes como delitos.
Recuerdo que Antonio decía que el afamado artículo era un folio en blanco que había que pintar y a eso se dedicó el fiscal de Tavernes de la Valldigna como Coordinador en temas medioambientales del Tribunal Superior de Justicia de la Comunitat Valenciana, un puesto pionero en España fruto del entusiasmo de Vercher. Su ejercicio coincidió con una época terrible para la Albufera, que sufría un ritmo de aterramientos vertiginoso, sin que hubiera manera de frenarlo. El esquema era sencillo: AE-Agró o algún lector comprometido nos desvelaba el aterramiento, Levante-EMV lo denunciaba en sus páginas y Antonio, sin decirnos nada, abría diligencias de oficio desde la Fiscalía y mandaba a la Guardia Civil a que instruyera un atestado.
Con el tiempo, el folio dejó de estar en blanco y Antonio tuvo mucho que ver en ello. Su primer gran logro fue que los jueces asimilaran el aterramiento a un vertido contaminante, ya que la redacción del artículo 347 bis solo contemplaba este supuesto y el de las emisiones. Llegaron las primeras condenas y con ellas un descenso en el número de aterramientos. El siguiente objetivo fueron los incendios forestales y, en especial, la persecución de los vertederos ilegales que durante años fueron uno de los focos principales de incendios. Muchos alcaldes, responsables últimos de estos vertederos, se pusieron las pilas cuando la Fiscalía se puso en contacto con ellos. Lo intentó también con las construcciones ilegales en el ámbito forestal, pero los jueces solo vieron una infracción administrativa que, todavía hoy, pocas administraciones fiscalizan.
Con los deberes hechos, Antonio se fue a Madrid, donde impulsó, basándose en el modelo de Valencia, la creación de fiscalías especializadas en la persecución de delitos de Medio Ambiente y Urbanismo, que coordinó a nivel nacional como Fiscal de Sala. Desde allí promovió también la protección del Patrimonio y logró que todas las zonas húmedas de España estuvieran amparadas por el Código Penal al margen de si tenían o no el estatus oficial de humedales protegidos.
Su prestigio profesional le llevó a la presidencia del Consejo Consultivo de Fiscales Europeos, cargo para el que fue reelegido en 2022. Probablemente fue ese prestigio el que le convirtió en un superviviente, inmune al paso de fiscales generales cada vez más cuestionados y marcados por sus afinidades políticas. Últimamente no llevaba nada bien la imagen que estaba transmitiendo la Fiscalía de Estado y su jubilación debería haber sido un bálsamo, aunque sufría y quizá por ello volvía cada vez con mayor frecuencia a los naranjos de la niñez. Hace unos días compartía conmigo una lámina confeccionada con IA donde un colega fiscal de Rumanía e ilustrador lo presentaba como una especie de superhéroe. Nos reímos. Descansa en paz Antonio.
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