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Opinión | No hagan olas

El reagrupamiento de la izquierda

Gabriel Rufián y Mónica Oltra

Gabriel Rufián y Mónica Oltra / Levante-EMV

La izquierda es un fenómeno básicamente francés. Primero con las estrategias electorales del frente popular en los años 30 y más tarde bajo el liderazgo de intelectuales como Jean-Paul Sartre o Louis Althusser y el subsiguiente Mayo del 68 desde las aulas universitarias de París. Dado que en Francia toda la política ha de pasar por el tamiz de la teoría social, su producción ensayística es inabarcable. Y así, por ejemplo, sobre Karl Marx y el marxismo hay muchos más escritos por parte de la sociología francesa que provenientes de la bibliografía económica o filosófica en Alemania o en las universidades anglosajonas.

Por eso señalo que la izquierda es una creación nacida en Francia, teniendo en cuenta, además, que en nuestro país durante la autocracia del general Franco se practicó una posición antibritánica contumaz, se entenderá mejor la influencia del pensamiento francés en la difusión de la cultura política entre los estudiantes españoles. Hacia finales de los años 60, por ejemplo, empezó en España la edición de libros de bolsillo a imitación de los franceses dedicados más al ensayo que no a las novelas que publicaba desde hacía décadas la inglesa Penguin.

Los libros de la colección Austral, con sus reconocibles portadas monócromas, aparecen en aquellos momentos. Luego se editaron los de Oikos que traducían los divulgativos franceses Que sais-je?, y algo más tarde los vinculados a Tel Quel. Editoriales como Alianza, Anagrama, las mexicanas FCE y Siglo XXI, la argentina Edhasa o los primeros ensayos publicados por Pre-Textos desde Valencia dieron cuenta durante más de dos décadas del influjo teórico mayormente francés.

La transición democrática hizo aflorar, sin embargo, una característica muy española: el nacionalismo periférico. Como quiera que la idea de la unidad de España –liberal en su origen contemporáneo–, fue acaparada y reescrita por el franquismo, el nuevo nacionalismo surgido durante aquella transición se alineó con la izquierda por más que en el País Vasco y en Cataluña convivió con el nacionalismo histórico conservador. En esas circunstancias, el padre de la teoría identitaria valenciana, Joan Fuster, un gran lector de literatura francesa, por cierto, lanzó una de sus conocidas sentencias: «El País Valencià serà d’esquerres o no serà».

Es posible que el dilema enunciado por Fuster nos haga comprender la anomalía que padece el país. Porque, por un lado, la izquierda española se ve obligada a empatizar con la idea de que España no es una nación, por más que compleja, sino una nación de naciones: «Madrid, rompeolas de todas las Españas», escribió Antonio Machado siguiendo a Ortega y su nación invertebrada. De lo cual derivan doctrinas y credos, como la propuesta de una España federal o el concepto plurinacional que, siempre en teoría, ha de superar el marco autonómico. Esto, todavía, no nos lo han explicado muy bien: cómo sucede o a través de qué consensos se producirá el advenimiento de esa nueva fase del Estado.

Estas reflexiones vienen a cuento de los movimientos que se han llevado a cabo, las últimas semanas, con la intención de reagrupar a las izquierdas españolas ante el aumento de la abstención y el descreimiento, la pérdida de su influencia en el electorado joven y, en especial, ante el hasta la fecha inevitable avance político de la extrema derecha. Hemos asistido, por ejemplo, a los ímprobos esfuerzos de Gabriel Rufián, el performativo líder parlamentario de Esquerra de Catalunya (ERC), para construir un frente amplio de todas las izquierdas, lo cual obviamente tropieza con la mentalidad independentista y antiespañola de sus bases más ideologizadas. Dos décadas de excursionismo popular con diadas y esteladas no se disuelven así como así.

Casi en paralelo se ha producido una especie de psicodrama protagonizado por Mónica Oltra en el que ha anunciado su regreso a la política activa. Oltra, que habla fluidamente alemán, por cierto, ha padecido una persecución judicial tremenda que debería hacernos reflexionar, también, sobre la necesidad de que ningún partido político u organización con claros fines políticos tenga acceso a la vía judicial para sus disputas y réditos. Esa es otra deformidad política de nuestro país. Pero lo que en la actual coyuntura resulta interesante sacar a colación tras el reciente anuncio de Oltra, es el reagrupamiento político previo que desde hace unos años sustenta a su coalición, la valenciana Compromís.

Lo cuestionable al respecto es que Compromís, tras ocho años de cogobierno autonómico y local, no haya conseguido crear cuadros suficientes como para no necesitar la resurrección política de Oltra, cuya figura debería ser más referencial y proactiva que protagonista. El problema de fondo radica en que Compromís, finalmente, resulta ser un conglomerado político, una macedonia ideológica donde coexisten ecologistas con sindicalistas y veteranos de la izquierda, excomunistas y nuevas feministas, todos ellos como escudo protector del verdadero partido nuclear de la coalición, el antiguo Bloc Nacionalista, cuyo proyecto identitario tampoco hemos sabido muy bien en qué consiste más allá de un avance, a veces vergonzante, hacia la inmersión lingüística valenciana en las escuelas, la universidad y la toponimia.

Hasta la fecha nadie se aclara en la idea de país y se busca refugio en una creencia más bien moral sobre la condición de la izquierda. Lo cual, dicho sea de paso, no va a solucionar las dificultades de construcción de una nación compleja, la española, que, como todos los grandes estados europeos, ha de asumir diversos idiomas y culturas, un ser «nacional» ambivalente, en suma, a lo que unir en los últimos tiempos la llegada de contingentes multiétnicos y multireligiosos. Y quede claro que por la vía del pensamiento único y simplificador no vamos a ninguna parte consistente ni a superar conflicto alguno. En cualquier caso, de aquí a 2027 van a suceder muchas cosas próximas: en abril de ese año son las presidenciales en Francia, y en agosto las generales en España.

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