Opinión
Bestiario mueble: mecedora

Mecedora / Sebastian Luna
Hacía mucho tiempo que no reincidía en mi bestiario mueble, que tanto me gusta aumentar; porque las cosas, los objetos constituyen para todos un destino, o, al menos, uno de los acompañamientos más extraños que nuestro destino nos asigna.
Vivimos rodeados de objetos, de cosas, sin que sepamos muy bien qué son, ni por qué nos corresponden. Ese tazón de desayuno en el que incurrimos a menudo, y que perteneció a nuestro bisabuelo, a quien no conocimos y con el que a lo mejor no hubiésemos podido cruzar más de dos palabras. El abrecartas de nuestro escritorio, y que no utilizamos nunca, porque ya nadie escribe cartas que recibamos y tengamos que abrir con el abrecartas que está muerto de risa sobre nuestro escritorio. Cosas así: misteriosas y destinadas a sobrevivirnos, quién sabe en compañía de quién.
En mi casa de Serra -la casa familiar de los veranos, la casa que todos necesitamos para sentirnos en casa-, hay varias mecedoras antiguas, con los balancines muy largos, y el respaldo y el asiento de rejilla trenzada a mano. Cuando se rompe alguna de las celdas de mimbre, nos las vemos y nos las deseamos para arreglarlas, porque ya no hay artesanos que sepan hacerlo. ¿Quién podría vivir hoy de ser rejillero? Durante muchos años, en verano pasaba por el pueblo una gitana rejillera, con manos de cirujana cardiovascular, llamaba a la puerta, preguntaba qué podía repararnos y nos arreglaba los desperfectos de las sillas de enea, de las mecedoras de ratán o mimbre. Pero dejó de pasar. A lo mejor se ha muerto, o se ha cansado de andar por los pueblos en busca de rejillas que componer.
Las mecedoras responden a la definición psicodélica que Salvador Dalí dio de lo que debe ser una silla: cualquier cosa que sirva para reposar nuestro cuerpo, a condición de que no sea sentándonos. Porque las mecedoras son para mecernos, mientras estamos tendidos, no para sentarnos. Sentarse es estarse quieto, con la espalda recta, mirando al frente, y mecerse significa no estarse quieto, para mirar el cielo, o el techo, o las nubes, mientras nos mecemos. La mecedora es la demostración de que la quietud y es estatismo representan una modalidad cinética de la reflexión. El mecimiento es pensamiento en marcha.
No se ha inventado ningún objeto tan filosófico, salvo, tal vez, la arquetípica pipa de filósofo parisino con achaques existencialistas. En cuanto me embarco en mis mecedoras -es el verbo más adecuado, a falta de enmecerse-, me pongo enciclopédico y me entran unas ganas enormes de escribir un tratado de vida, o por lo menos un manual de uso. El animal mecedora me despierta el pensador durmiente que llevo dentro, y ese pensador encuentra soluciones para todos los problemas del mundo.
Parecen muebles, pero en realidad las mecedoras son artefactos sanadores para meditar en movimiento. Seguro que en el cielo de las Ideas hay una Rejillera, gitana y platónica, que las arregle eternamente.
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