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Opinión | Viñetas raras

Álvaro Pons y Noelia Ibarra

La narrativa del desastre

‘Txernòbil’ regresa 15 años después en catalán, mientras Jaume Pallardó deja que la tragedia de la dana se cuele en ‘Martina y la isla’ como un desastre distópico

La narrativa del desastre

La narrativa del desastre / Levante-EMV

El desastre de la central nuclear de Chernobyl, hace ahora cuarenta años, relanzaba el miedo atómico hacía una nueva expresión en la que ya no hacía falta una guerra: un simple accidente esparcía ese asesino invisible que creaba una fotografía estática de los recuerdos reconvertida en espacio mortal. La terrible factura que vivieron los habitantes de la zona fue objeto de una narración descarnada en la famosa novela de Svetlana Alexiévich, adaptada recientemente en exitosa miniserie de TV, pero el cómic ya se había acercado a este horror hace 15 años en la novela gráfica de Natcha Bustos y Francisco Sánchez, acertadamente reeditada ahora en catalán por Finestres como Txernòbil. Un ensayo a modo de relato ficcionado que da voz a las víctimas para reivindicar a aquellas personas olvidadas que dieron sus vidas para poder salvar al resto, mientras los gobiernos se centraban en intereses que trascendían las vidas humanas y se reflejaban en una propaganda que ocultaba la realidad, convirtiendo a los trabajadores en peones de secretos estatales. Ese exilio impuesto con una promesa de retorno que se sabía falsa ante la longevidad del envenenamiento radiactivo que transformaba los hogares en letales trampas para una muerte lenta.

A través de tres generaciones de una familia ficticia, el trabajo de Sánchez y Bustos consigue ahondar en esa desgracia, pero también en todo el contexto que la rodeó, jugando con silencios abrumadores que la excelente labor gráfica de una autora entonces debutante supo plasmar con exactitud, mostrando a través de la ausencia humana las fronteras de ese peligro invisible que arrebató sus vidas a los habitantes de la ciudad ucraniana cuando estalló el reactor número 4.

Pero también el desastre puede deslizarse en las ficciones: Jaume Pallardó compone en la Martina y la isla (Salamandra Graphic) una narración poliédrica y compleja, que parte del mito del doppelgänger para transitar por las entrañas de la creación, de ese temor a la hoja en blanco que la protagonista va contándonos desde el refugio creativo de una isla indeterminada, quizás una cárcel también, en el que el cómic que va creando se va entretejiendo con su propia realidad. Su trabajo anodino en un hotel constituye una forma de comprar tiempo y espacio para poder dedicarse a una obra que va dando giros inesperados, mientras la propia creación se ve completamente modificada por el contexto ante una coyuntura cambiante que afecta a la autora y, por tanto, a todo lo que traslada al papel. Una metanarrativa que no olvida hablar de la mercantilización de las obras y de lo aleatorio del éxito, mientras a su alrededor se crean tapices de relaciones que nos sostienen, esas amistades que trazamos de forma improvisada muchas veces, pero que finalmente generan nuestro día a día.

Con esos mimbres, Pallardó deja que la tragedia de la dana se cuele en la obra como un desastre distópico en el que la supervivencia viene marcada por las clases sociales, en un juego que toma referentes de ficciones cinematográficas apocalípticas como las de Romero, pero también permitiéndose que la fantasía entre libremente en el relato para componer utopías paralelas. El resultado resulta tan extraño como atractivo, una historia en la que nada es lo que parece, una matrioska de relatos encadenados, que encuentra en el azar su conexión íntima. El dibujante juega con los estilos gráficos y el color para componer este cruce continuo de caminos donde realidad y ficción se confunden, hasta que todas las historias dejan entrever al propio autor tras su mesa mientras dibuja, atrapado también en ese lienzo de trazos que dibuja.

Dos obras muy distintas, pero que reflexionan sobre cómo los desastres nos arrebatan la esperanza sobre la humanidad.

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