Opinión
¿Colonizar la luna?

¿Colonias humanas en la Luna? Qué dice el derecho internacional sobre instalarse a vivir en el satélite. / Ethan Schaler / NASA Jet Propulsion Laboratory
Todavía con el trauma de una guerra nuclear de la que hemos escapado por los pelos, quiero reflexionar sobre el hecho de que estamos viviendo informativamente una situación paradójica. Por un lado, el éxito (toco madera) del proyecto Artemis II nos retrotrae a la euforia del proyecto Apolo; en especial al momento mágico de julio de 1969 en el que Armstrong, Aldrin y Collins alunizaron por primera vez en nuestro satélite. Por otro lado, todo esto sucede en el mismo país, los EE.UU, que hasta ahora mismo estaba librando una guerra ilegal e implacable contra un enemigo al que pretendía simplemente saquear. Claro que, aunque se trate del mismo país, hay una distancia infinita entre los EE.UU-1969 y los EE.UU-2026. En 1969 el país gobernaba Richard Nixon, un presidente republicano, que acabó con la guerra del Vietnam, que abrió negociaciones con la URSS y con la República Popular China, que obligó a terminar con la discriminación racial en las escuelas del sur, que creó la Agencia de Protección al Medio Ambiente y que la única batalla que inició fue contra el cáncer. En su segunda legislatura estalló el escándalo Watergate, el famoso caso de espionaje institucional a la oposición, y Nixon, que había encubierto a los responsables, hizo lo que le honra: dimitir. Más de medio siglo después, EE.UU. tiene otro presidente republicano, Donald Trump, que ha iniciado irresponsablemente la guerra de Irán, que ha retirado a su país del Acuerdo de París y promovido la desregulación energética al tiempo que sostiene que el cambio climático es una estafa, que ha iniciado una reforma sanitaria que dejará a veinticuatro millones de personas sin seguro. Por supuesto, este tipo no solo no se ha planteado dimitir, sino que llegó a promover un autogolpe de estado en 2021 alentando a una turba de partidarios a asaltar el Capitolio.
En el siglo XIX hubo un famoso biólogo, Ernst Haeckel, quien formuló la ley que lleva su nombre, según la cual la ontogenia (el desarrollo del niño) recapitula la filogenia (el desarrollo de la especie). Traducido a términos modernos y a la especie humana, el planteamiento de Haeckel supone que la vida de cada ser humano reitera secuencialmente las etapas de la historia de la humanidad, por ejemplo, los fetos humanos tienen hendiduras branquiales como subsistencia de una fase evolutiva en la que fuimos peces. Esta hipótesis, llamada de la “recapitulación”, se encuentra hoy día totalmente desacreditada, pero entre el gran público las críticas a Haeckel han tenido muy poco éxito porque su planteamiento resulta atractivo para la mayoría de los seres humanos ya que viene a dar por supuesto que la especie humana ha ido mejorando progresivamente sus condiciones materiales e intelectuales, desde la edad de piedra, hasta la actual sociedad digital, proceso que remedan igualmente las etapas de desarrollo individual de cada ser humano.
Esta visión optimista es típica del progresismo occidental. Sin embargo, en el origen mismo de nuestra cultura se insinúa un desacuerdo que estamos viviendo dolorosamente. Como es sabido, según cuenta Hesíodo en "Los trabajos y los días", los antiguos griegos distinguían cinco etapas en la creación, cada una peor que la anterior: la edad de oro, la de plata, la de bronce, la de los héroes y la de hierro, que es la actual. En otras palabras, que lo que plantea es una filogenia degenerativa. Hasta ahora este desastre progresivo venía acompañado de una aparente mejora de las condiciones de vida de cada individuo. Por desgracia, esto se acabó. La trayectoria colectiva del mundo que vivimos se parece mucho a la edad de hierro de Hesíodo, pero, al mismo tiempo, el infantilismo de quienes gobiernan la marcha de las sociedades demuestra que ontogenéticamente también caminamos hacia el desastre. Uno no puede resistirse a comparar al presidente Trump con el Führer. Ambos simbolizan la guerra injustificada, el desprecio racista y la desaparición de la democracia. Nuestra época todavía no ha conseguido encontrar un Charles Chaplin genial capaz de parodiar al gran dictador de nuestro siglo: ¿a qué estará esperando Boadella para poner otra versión del "Ubú rey" en escena?. Tal vez el problema estribe en que el mundo no estaba preparado para encarar la dictadura mundial de un personaje como Trump. La política internacional siempre estuvo guiada por el interés económico, pero esto no se reconocía abiertamente. Detrás del imperio romano, de las cruzadas, de la conquista de América, siempre hubo una justificación ideológica, no por tramposa, menos operativa. ¿Se imaginan a Julio César diciendo que necesitaba las Galias, a Ricardo Corazón de León, que necesitaba Palestina, a nuestro Carlos V, que necesitaba el oro del nuevo continente? Claro que no: todos ellos decían desear mejorar la suerte de los nativos que habían invadido, colonizándolos con la excusa de la civilización, de la verdadera fe o de ambas. En el caso de Trump no es así, él no habla de colonizar a nadie y mucho menos de ayudarle, simplemente dice necesitar las materias primas de Groenlandia, de Canadá, de Venezuela o de Irán, y se enfada como un niño mal criado cuando no se las dan. Igual que Hitler, quien decía necesitar “Lebensraum” (espacio vital) para el pueblo alemán. Por eso es tan difícil librarse del dictador estrambótico de EE. UU., a no ser que un “impeachment” o una rebelión dentro del movimiento MAGA lo ponga de patitas en la calle. Yo soy bastante escéptico con todo ese rollo del Artemis II y la colonización de la luna porque es evidente el aprovechamiento simbólico que Trump está haciendo de ello. Pero si sirve para desviar la atención del pequeño monstruo de EE. UU. que amenaza con comerse a media humanidad, lo daría por bien empleado.
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