Opinión
Todos saben qué es la hiperstición
No hace falta ponerse demasiado teórico para entenderla: basta esa vaga sensación de irrealidad ya conocida que nos invade al ver las noticias por televisión

Trump defiende su imagen representado como Jesús
Todos saben qué es la hiperstición porque el siglo XXI comenzó con unos atentados que parecían extraídos de una ficción muy reiterada. El 11 de septiembre abrió, entre otras cosas, una época en la que la realidad empezó a comportarse como si obedeciera imágenes previas, guiones familiares que la cultura ya había levantado desde esa facultad de la mente que llamamos «imaginación». Años más tarde, mantras virales de resignación política, memes e ideas mil veces repetidas acaban generando realidad.
Eso sería, aproximadamente, la hiperstición. Una ficción que circula por novelas o películas, por tubes o simplemente por la red y termina infiltrándose en la realidad hasta que ésta empieza a parecerse a ella. Primero se conjetura algo. Después una imagen queda suspendida, disponible, latente, por así decir. Y un día va y comparece.
La idea fue formulada a finales de los noventa en el ecosistema teórico británico de la CCRU, algo así como la Unidad de Investigación en Cultura Cibernética, y quedó vinculada a la teoría-ficción, a ciertas atmósferas lovecraftianas y a nombres de desigual relieve intelectual como Nick Land, Mark Fisher o Sadie Plant. Bueno, no hace falta ponerse demasiado teórico para entenderla: basta esa vaga sensación de irrealidad ya conocida que nos invade al ver las noticias por televisión.
Una de las novelas más hermosas publicadas en castellano el año pasado giraba precisamente en torno a ese contagio entre imaginación y catástrofe. La pregunta 7, de Richard Flanagan, pertenece a esa clase infrecuente de libros, a la vez tiernos y profundos, que parecen haber comprendido algo decisivo pero casi imposible de explicar. En sus páginas reaparece H. G. Wells y su novela El mundo liberado (1914), donde el autor de La máquina del tiempo, El hombre invisible y La guerra de los mundos imaginó bombas atómicas de pequeño tamaño capaces de devastar la humanidad. Décadas más tarde, el físico Leó Szilárd leyó a Wells y esa lectura quedó inscrita en una secuencia histórica de consecuencias estremecedoras. En estrecha relación con Einstein, Szilárd fue uno de los científicos que pensaron la reacción en cadena. En él casi puede verse el punto donde una intuición literaria, una hipótesis científica y una amenaza política se rozan: Hiroshima y Nagasaki, la liberación del padre de propio Flanagan —esclavo del ejército japonés—, y la posibilidad de que décadas más tarde líderes tan inquietantes como Putin o Kim Jong-un puedan amenazarnos con el fin del mundo (de nuestro mundo) sin pestañear.
La sintaxis pública de nuestro tiempo es una esfera mediática entregada a la sobreactuación, a la descarga afectiva y a la rentabilidad del delirio populista
Entre Network (1976), el visionario filme de Sidney Lumet, y Fox News quedó fijada buena parte de la sintaxis pública de nuestro tiempo, una esfera mediática entregada a la sobreactuación, a la descarga afectiva y a la rentabilidad del delirio populista. También la guerra contemporánea fue encontrando su escenografía en un imaginario que Starship Troopers llevó hasta un límite satírico difícil de superar. Drones, enemigos rebajado a plaga de insectos, retórica muy manida de civilización frente a barbarie, violencia convertida en espectáculo de alta intensidad. Verhoeven no inventó tanto el exceso como su lógica interior. La reciente escalada con Irán, rematada por Trump con la amenaza de que «una civilización entera morirá esta noche», nos devuelve esa sensación de hiperstición consumada.
Y es que llevamos años viviendo entre escenas que parecen escritas por novelistas y creativos pulp. Líderes políticos como castings tardíos de tecnovillanos mediáticos, ¿no se parecía demasiado el movimiento de la mano enguantada del Doctor Strangelove de Kubrick al saludo nazi de Elon Musk?
A mí Donald Trump, con su mezcla de narcisismo inflamado, amenaza performativa, teatralidad imperial y bailecito cute me recuerda un poco a Greg Stillson, el político demagógico al que Martin Sheen interpretó en la adaptación que hizo David Cronenberg de La zona muerta, la novela igualmente autoprofética de Stephen King, esa sobre un tipo que adivina el futuro y al estrechar la mano de un candidato atisba el fin (nuestro fin). Al mismo tiempo, ¿no sigue empujándonos las apps para todo, la conversación pública sin sentido, la degradación del lenguaje y la vacuidad más tontiloca hacia la Idiocracia, aquella sátira de Mike Judge?
La hiperstición nombra una nueva incomodidad. La sensación de que la ficción ya no está al lado de la realidad, sino un paso por delante de ella
La hiperstición nombra una nueva incomodidad. La sensación de que la ficción ya no está al lado de la realidad, observándola o deformándola, sino un paso por delante de ella. Quizá haya que invertir a Marx. La historia ya no se escribe primero como tragedia y después como farsa. A veces se escribe primero con tinta de ficción y luego con sangre real.
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