Opinión
El sofá que se compra, el recuerdo que se salva
Con la ayuda de la Generalitat me compré el sofá; con el compromiso del museo y de quienes salvaron mis fotos, he recuperado parte de mis recuerdos

Iniciativa 'Salvem les fotos'. / ED
Hace unos días acudí al Museo Comarcal de l’Horta Sud de Torrent a recoger las fotos que un año atrás había dejado con la esperanza de que las salvaran del agua y el lodo. Las mías son una pequeña parte de las miles de imágenes que la dana arrasó: recuerdos personales que, gracias al trabajo de entidades y personas anónimas, se han conservado, mitigando un poco el dolor de perder el testimonio gráfico de una vida.
Durante la inundación de mi casa apenas pude salvar los álbumes, que quedaron muy dañados. En el caos de aquel momento, mientras quitaba lodo y movía escombros, era consciente del deterioro de las fotos, pero a veces lo urgente tapa lo esencial y sobrevivir a esos días, me hizo aplazar la decisión sobre qué hacer hasta que una amiga me habló de la iniciativa Salvem les fotos promovida por la universidad con apoyo de entidades como el museo o la Mancomunitat de l’Horta Sud.
De camino, con los recuerdos de la barrancada en la cabeza, traté de mantener la emoción a raya. Unas chicas jóvenes me hicieron la entrega: dos cajas de cartón con un etiquetado muy cuidado y unas instrucciones minuciosas sobre el contenido, organizado en sobres que detallan lo recuperado y, con delicadeza, lo perdido. Mientras me daban la explicación, mi esfuerzo de contención se fue al traste. “No te preocupes, le pasa a casi todo el mundo”, me consolaron. Les comenté que un sofá puede reemplazarse sin problemas, pero que la memoria gráfica, no. Una de ellas asintió: “Ese ejemplo, es el que pone todo el mundo. El sofá se puede comprar; el recuerdo, no”.
Este episodio me ha hecho mirar atrás y pensar en el contraste de la gestión posdana: hasta qué punto las cosas se pueden hacer con respeto y empatía o con frialdad administrativa. La dana ha dejado al descubierto dos maneras de entender la tragedia: las políticas que reducen el desastre a expedientes y las respuestas comunitarias en clave de cuidado, que entienden que lo que se pierde son relatos, no solo objetos. Pienso en Carlos Mazón y su Consell, ahora enredado en su laberinto judicial, y en su desapego respecto al sufrimiento real de las personas; en su empeño por creer que el dolor se anestesiaba con cheques. Con la ayuda de la Generalitat me compré el sofá; con el compromiso del museo y de quienes salvaron mis fotos, he recuperado parte de mis recuerdos.
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