Opinión

Cronista Oficial de Meliana y Académico de Número de la RACV
València ‘cap i casal’, entre la fantasía y la realidad

Edificio del Ayuntamiento de València. / ED
Recientemente, los servicios municipales del Ajuntament de València han decidido que el lema institucional acompañe el escudo moderno de la ciudad sea la expresión centenaria “cap i casal”. No parece requerir demasiado esfuerzo por parte de especialistas sesudos escoger una frase manida que viene empleándose más allá de la época en que nuestros abuelos se alumbraban con “cresol” y calzaban “espardenyes”, pero al menos es justo reconocer que resulta una aproximación al sentir del vecindario.
Uno no puede evitar evocar la imagen de aquella València que tan bien retrató Blasco Ibáñez en su novela Arroz y Tartana, con la explosión de alegría y bullicio de un Mercat lleno de colores, reflejo colorista de una ciudad viva, popular y dinámica a la que acuden todas las gentes como a un santuario en una peregrinación sin fin. Valencia, con su Catedral repleta de lustrosos canónigos y su Mercat con las paradas llenas de sabores y olores escenifican dos puntos de referencia para sus vecinos. València fue el modelo a seguir y también el hogar en el que nos sentimos especiales.
Volviendo al eslogan, la lengua valenciana ha aportado un significado precioso a “Cap”, que incluso ha adoptado el castellano en palabras como capicúa o capitoste entre otras. La palabra “cap”, del latín “caput” tiene un sentido original identitario, ligado al linaje de uno. En la etapa tardorromana, se decía que uno era cabeza de algo, porque tenía un “llinage” o apellido que transmitir, por oposición al que no era cabeza de nada, que por su pobreza sólo podía presumir de su prole o descendencia.
El término aplicado tiene su sentido porque esta ciudad es la cabeza de su comarca natural, “l’Horta de València”, que se equipara parcialmente con el “terme antich” de misma, y a su vez es epónimo de la provincia y, hasta de forma resbaladiza, de todo el territorio valenciano. Una València que quizá en su desmán megalómano lo abarca todo por lo tanto y fuera de ella no cabe nada.
Este sentir que es cabeza directora de todo el reino no es un invento contemporáneo sino que viene de lejos pues en el texto de la Crónica de Jaume I o Libre dels Feyts, el soberano conquistador insiste en que València es “cap de tot lo regne”. Una manera sencilla y plástica de dotarla de superioridad como se refrendaría en los Furs de Valencia. Un proceso de liderazgo que fue a más y durante el siglo de oro valenciano se convierte en la capital demográfica, comercial y financiera principal de la corona de Aragón. En la actualidad, València es la capital política de la Comunitat Valenciana, que alberga la sede de sus instituciones (Corts y Consell), que tiene en su área metropolitana el mayor peso en servicios, comercio, turismo y actividad empresarial de todo el territorio, además de capitanear todos los flujos, servicios y equipamientos. Pero cabrá preguntarse sobre la naturaleza de estos cambios, si la dirección es planificada y coherente o vamos arrastrados por una coyuntura.
Y la segunda frase del lema es igualmente nuestra. Casal viene de casa, hogar, sede compartida. Sin duda, los valencianos que son falleros saben de este significado pues levantan medio millar de casales cada año desde la “apuntà” hasta la “cremà” para acoger a las comisiones respectivas en una casa común donde conviven como si fueran una familia.
No podemos olvidar la riqueza agrícola del territorio donde aquella palabra del latín tardío, casal o casalis, viene a recordarnos las casas ligadas a los campos de labranza donde el “llaurador” es su protagonista, en una conexión única entre la vivienda y el entorno que genera un concepto de hogar abierto y saludable.
Ahora bien, quizá València no ha sido siempre el “bressol”, el hogar deseado. Cuentan que si llegabas fuera del horario establecido no podías pernoctar porque los portales de las torres se cerraban y “te quedabas a la luna de Valencia” debiendo dormir “al ras”. Aquella ciudad hospitalaria también exigía a sus comarcas con impuestos y servicios, tornándose de madre a madrastra.
Sin embargo, la imagen de estampa de la València tradicional nos hace sentirnos muy nuestros. Atravesar el portal de las Torres de Serrans, pasear junto a la sombra del Micalet, tomar un chocolate en Santa Catalina,… sentirnos como en casa. O quizá ya no tanto. En las últimas dos décadas el panorama es opuesto pues los comercios locales tradicionales están siendo sustituidos por marcas de franquicias en los lugares más emblemáticos, los turistas convertidos en ciclistas urbanos invaden las aceras y ponen en riesgo los peatones mientras los barrios se abandonan porque no se soporta la subida de precios de viviendas y alquileres,… Si nuestro patrimonio se ha transmutado en escaparate y no refleja una vida propia estamos ante un cambio más profundo que requiere una reflexión colectiva.
En cualquier caso, bienvenida sea cualquier modificación que suponga una mejor identificación de València con sus raíces. Bueno sería que de una vez por todas los valencianos nos pusiéramos de acuerdo en defender la historia compartida y el patrimonio singular que nos pertenece. Quizá empezando por aprovechar el aniversario de la muerte de Jaume I el Conquistador y dedicarle la rotulación de la plaza principal de la ciudad de Valencia. Unir fantasía y realidad, aproximar nuestro legado al futuro para que tenga rostro, siendo de esta forma más sensibles y dignos herederos de nuestros padres.
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