Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Ateneo Libertario Al Margen de València

África: fronteras y democracia

Imagen de archivo.

Imagen de archivo. / ED

He tenido la suerte o el privilegio de conocer, trabajar y recorrer varios países africanos: Angola, Argelia, Etiopia, Malí, Marruecos, Ruanda, Sáhara Occidental, Tanzania, Túnez, Uganda.

Con respecto a África, en lo que llamamos “Occidente”, hay dos obsesiones que, desde hace siglos, marcan su política y actuaciones en ese continente: Las fronteras y la democracia.

Por un lado, las fronteras.

Muchas de las fronteras que he cruzado y que hoy dividen África, fueron trazadas en Europa durante la Conferencia de Berlín (1894-1895), en unos despachos ocupados por personas que nunca habían pisado el continente, y por supuesto, sin la presencia de ninguna persona africana.

En África, las fronteras coloniales siempre han sido fuente de conflicto, desgarro y abuso. Muchas personas africanas se preguntan por qué deben mantener y proteger algo que ni fue creado por ellos ni se les tuvo en cuenta. ¿Qué tienen de sagrado, o al menos de útil o bueno unas fronteras trazadas por británicos, franceses o belgas hace más de un siglo sin la participación de una sola persona africana?

Por desgracia, se debería saber, pero pocos conocen, que antes de la Conferencia de Berlín, África nunca fue un territorio sin fronteras, y a diferencia de lo que siempre nos han contado, estaba totalmente organizado por sociedades divididas en tribus, aldeas, reinos y cacicazgos, cada uno con su propia autoridad, costumbres y jurisdicción sobre las personas y la tierra. Estas fronteras no eran arbitrarias ni ilimitadas: Podían cruzarse cumpliendo los procedimientos adecuados y se regían por costumbres, tradiciones y protocolos. Pero el reparto colonial, cambió todo y desde entonces África es un polvorín de rivalidades creadas artificialmente bajo el lema de “divide y vencerás”.

África fue repartida por un grupo de europeos blancos. Se reunieron alrededor de una mesa ovalada en Alemania y trazaron líneas en un mapa. Olvidándose de grupos étnicos, costumbres y tradiciones, dividieron África basándose en sus recursos (petróleo, oro, diamantes, caucho, madera). No les importaban las personas, nunca pensaron en ellas. Sólo les importaba qué, cómo y cuánto podían explotar para llevarlo a las respectivas metrópolis.

Sabían que les beneficiaría unir a diferentes grupos étnicos en un mismo país. Pusieron a una tribu contra otra para su propio beneficio (verbigracia, hutus y tutsis en Ruanda). Crearon países imposibles de gobernar. Solo Nigeria tiene más de 250 grupos étnicos. El Congo tiene más de 200. Sudán quedó dividido por la mitad. Somalia sigue fragmentada.

La Conferencia de Berlín fue el pecado original. Todo lo que vino después, fueron las consecuencias. Golpes de estado. Guerras civiles. Corrupción. Pobreza. Desplazamientos. Todo se remonta a esas líneas trazadas en un mapa por hombres que jamás pisaron los lugares que dividieron.

Por otro lado, la democracia.

Lo que se conoce como “Occidente”, trabaja incansablemente para imponer en los países africanos, incluso con violencia si hace falta, la “democracia a lo occidental”, porque un gobierno democrático, por supuesto aprobado por “Occidente”, es el sueño hecho realidad de quienes todavía tienen pretensiones coloniales.

Bajo el turbio pretexto de "elecciones democráticas", las potencias extranjeras han elegido a dedo a títeres dóciles o sin escrúpulos, los han financiado y elevado a puestos de liderazgo clave, convirtiéndose, en la práctica, en meros cargos administrativos al servicio de los países occidentales, cediendo con gusto contratos de todo tipo (mineros, pesqueros, militares, petroleros, …) a insaciables multinacionales occidentales, manteniendo al continente encadenado al franco CFA y al dólar estadounidense. Aceptando préstamos abusivos del Fondo Monetario Internacional, cargados de duros programas de ajuste estructural.

Todo ello deriva en insultantes privilegios y fortunas de gobernantes locales, a cambio que a Europa le resulte extremadamente barato llevarse los recursos, obligando a los países africanos a recortar financiación en educación, atención médica e infraestructuras (carreteras, industria, …).

Otra de las peores consecuencias de este expolio “democrático”, es la crisis permanente de personas refugiadas, vagando de unos países a otros, según donde se sitúe el conflicto. Personas refugiadas que, o bien resultan abandonadas a su suerte, o bien, muchas veces, acaban como “ilegales” en los mismos países coloniales que provocaron el desastre.

Sólo hay que molestarse un poco en analizar los resultados de la “democracia a lo occidental” en África, para darse cuenta de los desastres que ha causado su implantación que, hasta ahora, no ha servido más que para entregar a los antiguos imperios coloniales, recursos naturales y mano de obra barata, mientras que los países de origen, permanecen sumidos deliberadamente en un estado de angustia, zozobra e injusticias permanentes.

Y no me hablen de los valores superiores que conlleva la implantación de la “democracia a lo occidental”. ¿Cuáles son esos valores? ¿Los que permiten mirar a otra parte ante el genocidio de Gaza? ¿Los que, sabiendo que no había armas de destrucción masiva en Irak, lo destrozaron? ¿Los que intentando llevar la “democracia” a Libia, lo han convertido en un estado fallido? ¿Los que entregan el Sáhara Occidental a Marruecos, saltándose el derecho internacional?

¿Los que permiten instalar en la Casa Blanca a un delincuente convicto, un violador judicialmente declarado, un estafador, condenado por 34 delitos graves por intentar influir indebidamente en las elecciones de 2016?

La única posibilidad de prosperidad y estabilidad en África, está en que defina sus propios sistemas, que construya su propia economía, que potencie sus propias identidades, no los impuestos por “Occidente”. Sin copias, sin imitaciones, sin imposiciones, basándose en su historia, en su cultura, en sus valores, en su realidad.

Tracking Pixel Contents