Opinión | Bolos
El desvelo de la metrópolis
Una nueva sentencia del TSJCV anula la suspensión de pisos turísticos en València

Protesta de vecinos contra los apartamentos turísticos en València. / Levante-EMV
Solo hay que pasear por Ciutat Vella para comprender que las ciudades también mueren de éxito, poco a poco. València conoce bien ese riesgo. La presión sobre la vivienda ya no es solo una alerta del centro histórico, sino una tensión que se extiende por barrios cada vez más amplios y empieza a proyectarse también sobre el área metropolitana.
Una nueva sentencia del TSJCV anula la suspensión de las licencias de cambio de uso para implantar nuevos usos terciarios hoteleros. Es decir, tumba la moratoria general en toda la ciudad, salvo Ciutat Vella, porque el Ayuntamiento se apoyó en un precepto legal que entonces no daba cobertura a esa decisión. Pero, al mismo tiempo, mantiene la suspensión de las licencias de edificación para nuevos usos terciarios hoteleros, al considerar que se trata de una medida proporcionada para proteger el entorno urbano y el derecho a la vivienda. Se falló en la herramienta, pero no en el diagnóstico.
València, como tantas capitales mediterráneas, vive atrapada entre las exigencias del turismo como motor económico y la necesidad de preservar algo tan elemental como la vida cotidiana. De ese equilibrio dependen la convivencia, el descanso, la movilidad y hasta el tipo de ocio que una ciudad quiere ofrecerse a sí misma. Cuantos más portales sigan siendo portales y no recepciones encubiertas, y cuantos más edificios mantengan vecinos, más cerca estará València de proteger su propia naturaleza.
La cuestión es qué parte de sí misma está dispuesta a perder València en nombre de su éxito. Porque toda metrópolis atractiva corre el riesgo de explotar hasta el agotamiento su mejor tesoro. El visitante llega atraído por la autenticidad de su historia, su cultura, su clima, su gastronomía y su oferta de ocio. El problema empieza cuando todo comienza a organizarse para quien pasa y deja de pensarse para quien permanece.
Por eso, gestionar esta tensión exige justo lo contrario de la barra libre. Se debe regular con respaldo legal sólido. Porque dejarlo todo al mercado acelera los excesos.
València debe seguir siendo hospitalaria, pero no sumisa. Porque una ciudad que entrega el descanso de sus vecinos a la rentabilidad no gana modernidad. Pierde alma.
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