Opinión | En el barro
Eso tan delicado de la civilización
Algo así debe ser la civilización: actuar, comprometerse, intervenir para intentar que el mundo sea algo mejor, más seguro y más bello. Ayudar, simplemente, al débil, al que lo tiene complicado para sobrevivir

Migrantes, ayer, en cola ante el consulado de Colombia por el proceso de regularización. / Miguel Angel Montesinos
La primavera trae los mejores días del año y la luz más bella. También los riesgos y los miedos. En los últimos años en el patio de casa han aparecido algunos nidos, a veces en los rincones más raros. No hay primavera que no llegue el momento crítico: cuando se deja ver por tierra un pequeño animal recién venido al mundo, débil, diminuto, indefenso y dependiente para sobrevivir. Sorprende la potencia con la que anuncia su presencia y reclama alimento. Temo el momento, porque nunca sabes qué hacer, qué es mejor. No hay primavera que no haya que decidir: devolver el pequeño al nido, intentar alimentarlo o no hacer nada. Esta primavera ha vuelto a pasar. Algo así debe ser la civilización: actuar, comprometerse, intervenir para intentar que el mundo sea algo mejor, más seguro y más bello con un mirlo o un orfeo más entre las ramas. Ayudar, simplemente, al débil, al que lo tiene complicado para sobrevivir, porque se ha caído del nido o porque está solo en esta parte del mundo o porque llueven las bombas a su alrededor. Sanidad, atención social y solidaridad, traducido en conceptos políticos.
¿Qué problema existe ahora con dar papeles a quienes llevan meses trabajando aquí, al lado de nosotros, en nuestras casas muchas veces? En la cafetería vecina todos los camareros han venido de América. En la casa contigua que han empezado a reformar no hay un obrero puro ibérico. Lo mismo pasa con la persona que nos ayuda cada día con el lío doméstico… Los miro y veo mi vida, intentando salir adelante a veces como se puede. Cuando era adolescente hubo algún año malo y mi madre decidió empezar a trabajar en una casa para ayudar a darnos una vida mejor y un futuro. Es la que veo en todos estos rostros ahora. Me veo a mí cargando ladrillos los fines de semana. No hay diferencia. Puede que la vida real de estas personas cambie poco con papeles, pero tendrán algo importante que no se ve: derechos. Serán como cualquiera con todas las de la ley. Tendrán algo más de seguridad que ahora, aunque seguro que entre medio millón se cuela algún indeseable, como en cualquier grupo. Algo así debe de ser la civilización.
Poner libros gratis en manos de la ciudadanía me parece aún la gran revolución. Cómo funcionen es un buen indicador del estado de salud de una sociedad
Como algo así es atender la cultura: ayudar a pensar, a hacerse preguntas, a abrir los ojos y ver otros mundos. Cuando se siente como un problema, o solo interesa con ojos electorales y para reforzar una identidad o una patria, hay algo menos de civilización. El pilar fundamental de la cultura (y el eslabón más débil) son las bibliotecas. Poner libros gratis en manos de la ciudadanía me parece aún la gran revolución. Cómo funcionen es un buen indicador del estado de salud de una sociedad. La primera biblioteca a la que fui, aún con Franco dando sombra, era un piso oscuro de maderas viejas con libros polvorientos a pesar de estar encerrados en vitrinas y un bibliotecario que más bien era un cancerbero del saber. La biblioteca de mi juventud es un lugar nuevo lleno de sol en el que podías tener a mano las últimas novedades y la bibliotecaria te sonreía mientras te preguntaba si había algún título que te pudiera conseguir. Hoy visito pocas bibliotecas (a consecuencia es una casa donde los libros ya son un problema), pero me cuenta un usuario habitual de la biblioteca pública central de València que la opción de pedir libros que aún no están en su catálogo (desiderata es el término técnico) se ha cortado. Cuestión de recursos, dicen. El dinero es voluntad, porque sí lo hay para sorollas y otras fanfarrias.

Interior de la biblioteca publica de València, en imagen de archivo. / Miguel Angel Montesinos
Me cuentan igual amigos del teatro que la Mostra d’Arts Escèniques d'Alcoi se ha salvado este año por los pelos después de haberse quedado sin cerca del 30 % del dinero que ponía la Generalitat, 40.000 euros, a pesar de que es el único encuentro de todas las disciplinas y de todas las compañías de teatro, danza, circo, y de que es la manera tradicional de dejarse ver ante los contratadores y de buscar, en una palabra, su supervivencia.
La batalla cultural son también de estas pequeñas decisiones de donde poner unas pocas cantidades de dinero. No cuidar bibliotecas y artistas es una manera también de deshacer civilización. O lo que hemos entendido por ella. Estar en ese carril o salirse marcará lo que venga. Eso es también defensa de la democracia.
Esta primavera, en el patio de casa al final optamos por devolver un polluelo enano a su nido. Unos días después no estaba. Nos ilusionamos unos segundos con que habría volado y sobrevivido, pero al final lo encontramos entre unas matas. Muerto. A veces ayudar no basta. A veces no sale bien. Pero algunas, sí. Alguna vez el pequeño lo vemos volar entre las ramas, dispuesto a ser feliz. Algo así debe ser la civilización.
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