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Opinión | Bolos

Director de Levante-EMV

Llorca y Mompó, la alianza blindada del PPCV

El acuerdo territorial entre los presidentes de la Generalitat y la Diputación acentúa, en cambio, las contradicciones de un partido cada vez más condicionado por Vox y por sus equilibrios internos

La vicepresidenta de la Diputación, Natàlia Enguix, en la mesa de recogida de firmas para rebajar el listón electoral al 3% en el centro de València.

La vicepresidenta de la Diputación, Natàlia Enguix, en la mesa de recogida de firmas para rebajar el listón electoral al 3% en el centro de València. / Levante-EMV

Cáritas también ha quedado bajo sospecha para las dos derechas valencianas, la clásica y la radical. La reconocida entidad caritativa de la Iglesia católica, la que atiende a los más excluidos y esta semana ha desplegado todos sus recursos para acompañar el proceso de regularización administrativa de personas migrantes, la misma que ha encarnado la doctrina social de la mejor democracia cristiana europea, ha quedado fuera del perímetro del Consell de Juanfran Pérez Llorca tras anunciar su recurso contra el decreto que permitirá regularizar la situación de cerca de 100.000 personas en la Comunitat Valenciana. Vox tardó poco en felicitar al president.

Quien, de momento, continúa en el cargo es el secretario autonómico de Familia y Servicios Sociales, Ignacio Grande, que fue durante casi una década el director de Cáritas Diocesana de València y a quien PP y Vox han colocado en una posición más que incómoda. La dependencia de Vox lastra cualquier margen de autonomía de Llorca. A esa cesión, que contradice el núcleo ideológico del PP y también el de muchos de sus militantes y votantes, se sumó antes la negativa a abrir un debate sobre una tasa turístico-festiva, como propuso Juan Roig. Después se despachó sin demasiada atención la reflexión de Vicente Boluda sobre la lluvia de millones que podría suponer la propuesta de reforma de la financiación impulsada por el Gobierno, un asunto para seguir reclamando, precisamente, la justa.

Que levante la mano quien no conozca de cerca a alguna de esas personas que hacen cola estos días y que cuidan de un familiar mayor, acuden a casa para una reparación, traen un paquete o acaban de servir un café en un bar. No solo la Conferencia Episcopal Española, con Cáritas a la cabeza, defiende el proceso de regularización de inmigrantes; también lo hacen la CEOE y los sindicatos, en uno de esos grandes consensos a los que ya no estamos acostumbrados. Y, además, según el Banco Central Europeo, el 80% del crecimiento económico registrado en España entre 2019 y 2025 se explica por la aportación de la población extranjera. Los datos desarman los relatos partidistas.

Desatendida la coherencia para seguir alimentando a los de Abascal, a cambio de unos presupuestos que no llegan, el PPCV avanza hacia una cierta feudalización como mecanismo de blindaje ante lo que pueda venir. Si Alberto Núñez Feijóo autorizara finalmente el congreso autonómico, Pérez Llorca controlaría en torno al 40% de los compromisarios, el mismo porcentaje que Vicent Mompó. Cerca de un 10% quedaría en manos de los populares de Castellón, que casi siempre se alinean con la mayoría, y el resto se repartiría entre descontentos —mazonistas irredentos incluidos—, seguidores de Francisco Camps y, por último, el sector de María José Catalá.

No se entiende por qué el Palau no aplica la misma flexibilidad transversal que la Diputación

La alianza entre Llorca y Mompó atraviesa su mejor momento. Ambos conocen mejor que nadie el mapa de la militancia en cada comarca y, con esa mayoría tan sólida, nadie en Génova se atreverá a mover un dedo en su contra. Pero ese blindaje tiene el precio para el president de ajustar su discurso a las exigencias de Feijóo de no incomodar a Vox, sobre todo en plena negociación en Aragón y Castilla y León, tras el éxito tardío de Extremadura. Sin embargo, ninguno de los dos responde al perfil trumpista que hoy impregna el aroma del cocido madrileño. Mompó, de hecho, gobierna la Diputación gracias al apoyo de los progresistas de Ens Uneix, que han desplegado una intensa actividad en municipalismo, feminismo y memoria histórica, tres ámbitos vetados por el PPCV en las Corts.

Por eso, aunque el equilibrio favorezca más a Mompó que a Llorca, cuesta entender por qué desde el Palau no se aplica la misma flexibilidad política que sí practican en la Diputación, donde son capaces de mostrarse tan transversales como la propia sociedad. Al menos, de momento, Llorca no ha confundido la Comunitat Valenciana con una sola ciudad o una sola comarca, como sí le ocurre a Catalá, que ha comprado el falso relato de que València se reduce al eje Gran Vía-Plaza Cánovas.

El desanclaje de Ens Uneix

La foto, una más, de Jorge Rodríguez con Mónica Oltra, y la campaña de recogida de firmas del partido nacido en la Vall d’Albaida junto a Municipalistes para rebajar el listón electoral al 3% son los primeros avisos a Vicent Mompó de que le espera un último año complicado en la Diputación. En Ontinyent todo el mundo da por hecho que Ens Uneix romperá con PP y Vox meses antes de las elecciones de mayo de 2027 para presentarse con perfil progresista, revalidar la mayoría absoluta y relegar otra vez al último puesto al PSOE de Rebeca Torró. Después, y en función de unos resultados que también se prevén ajustados, decidirán en la Diputación con quién pactan, porque volverán a ser decisivos. En las Corts, en cambio, tendrán que esperar.

El batacazo de Orbán

Un apunte para los agitadores mediáticos que polarizan por encima de sus posibilidades y en los que ya se adivina, con demasiada claridad, una deriva húngara. Mantener encandilados a los gobernantes garantiza poco, y mucho menos cuando el periodismo renuncia al principio de atener a la realidad. Hungría fue uno de los primeros países europeos en liberarse del comunismo en 1989, pero también fue, en 2010, uno de los primeros en caer en un populismo que erosiona la democracia. Ha vuelto a ser pionera, esta vez en el desencanto de ese falso patriotismo atrapado entre Trump y Putin. Mucho antes, Sissi huyó a Madeira cuando descubrió las infidelidades del emperador Francisco José.

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