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Opinión | Algo personal

València

La pandilla

El tiempo abre huecos, espacios vacíos entre entonces y ahora. Tantas cosas se fueron quedando en el camino. Estamos en el destiempo, con la mirada dirigida a la cámara sabiendo que esa mañana de fiesta pesaban mucho las ausencias

La pandilla en 2026

La pandilla en 2026 / Levante-EMV

Aquí tengo la fotografía. Del lunes pasado. En Llíria. El Parc de Sant Vicent lleno de gente. Fogatas en la mañana como si habitáramos territorio sioux. Mesas y sillas plegables. Olor a graelles puestas a desoxidar después de un año colgadas en un gancho del garaje. Júbilo en los tiempos infames. Cuatro astronautas han visto desde un cohete la cara oculta de la luna. Ya hace muchos años que los Pink Floyd le pusieron música a esa invisibilidad. Podrían haberse llevado a Trump en su viaje y soltarlo en medio de las galaxias como un humeante grumo de chatarra. Lo que se ve por encima de los árboles y más abajo de las nubes es un helicóptero de la policía o la guardia civil que hace virguerías en el aire. Unos minutos quieto, inmóvil, suspendido como en una burbuja clínica. Nos espía. En Hungría ha perdido las elecciones el fascista Orbán. Aquí, nuestro fascista Abascal se ha quedado con la cara de legionario a cuadros. Siempre le quedará el presidente de la Generalitat, Juan Francisco Pérez Llorca, para que los extranjeros pobres sean tratados como escoria. El cambio húngaro no es revolucionario. Pero es un cambio. Las revoluciones tienen el color sepia de lo antiguo, como los cromos de futbolistas que coleccionábamos en un álbum siempre imposible de completar. Los cromos salían en las tabletas de chocolate. Te cambio a Kubala por Puskas. Qué más daba. Uno del Barça y el otro del Madrid. Pero los dos eran héroes que habían huido de la Hungría comunista para alcanzar la fama en esa reserva espiritual de occidente que era la España de Franco. Yo era más de Kubala que de Di Stéfano. Pero el genio de verdad era el argentino del Real Madrid. Uno protagonizó la película Once pares de botas y el otro Saeta rubia, que era como se conocía a Di Stéfano en el mundo del fútbol. Las dos películas eran y siguen siendo una mierda.

Escribo esta columna el martes 14 de abril. Wasaps llenos de memoria de la II República. Muchos de esos wasaps son socialistas. Me pregunto cuándo el PSOE será otra vez republicano. Pero de verdad, no de boquilla. No de ser republicano el 14 de abril y el resto del año monárquico hasta las cachas. Qué lejos aquel abril de 1931. Alegría por las calles. El Himno de Riego. Las canciones. Libertad, igualdad, fraternidad. No hablamos de ninguna revolución. Era una República burguesa. Pero aún así soliviantaba a los ricos, a los terratenientes, a la iglesia, a los militares fascistas. Golpe de Estado en julio de 1936. Antes hubo otras intentonas. Nunca dejaron tranquila a la República. Hoy se ha convertido en una celebración de aniversario. ¿Y antes de hoy? ¿Y después? ¡Ay, pobre República!

Preparando la torrà en el Parc de Sant Vicent.

Preparando la torrà en el Parc de Sant Vicent. / Levante-EMV

Día de celebración colectiva, de fiesta grande, el lunes pasado. Parc de Sant Vicent en Llíria, el pueblo al que llegué cuando era un crío. Teníamos trece o catorce años y una empanada mental que se confundía sin que nos diéramos cuenta con los sueños. No éramos, como escribe en su último libro Julian Barnes de la suya, una generación que sirviera «para reinventar el mundo». No queríamos nada, ni reinventar el mundo ni nada. Jugar al fútbol, colarnos en el cine de la Unió los domingos por la tarde o cuando actuó el Dúo Dinámico, enamorarnos por primera vez de la chica que por lo normal nunca nos hacía demasiado caso, ponernos la camiseta blanca del revés para que se pareciera a la de James Dean en Rebelde sin causa. Poca cosa. Nada.

Los de ahora

En la fotografía ya no estamos los de entonces, sino los de ahora. El tiempo abre huecos, espacios vacíos entre entonces y ahora. Tantas cosas se fueron quedando en el camino. Estamos en el destiempo, con la mirada dirigida a la cámara sabiendo que esa mañana de fiesta pesaban mucho las ausencias. Pero ahí estábamos, sabiendo que si un día de nuestra adolescencia nos sentimos invencibles también nos sentiríamos así tantos años después, la víspera de la proclamación de nuestra Tercera República, la más insobornable, la que a pesar de todo nos alejaría de cualquier atisbo de nostalgia, la que nos iba a convertir en pilotos del cohete espacial que se llevaría al psicópata del pelo zanahoria y a sus cómplices para abandonarlos como un trasto inútil en medio de la nada. A Orbán ya lo tenemos a bordo, humillado en su borrachera de poder ultra, y con él vendrán otros para que la empanada mental de nuestros trece años sea de verdad como los sueños que nos contaba Robert Lowell, el poeta que me llenó la cabeza de pájaros cuando lo leía -mucho después de aquella adolescencia y las películas del domingo- en medio de mi rendida admiración y su locura.

Fogatas y parrillas en el Parc de Sant Vicent.

Fogatas y parrillas en el Parc de Sant Vicent. / Levante-EMV

Pienso en la tantísima gente que el pasado lunes llenaba el Parc de Sant Vicent en Llíria, el pueblo al que llegué antes de la extinción de los dinosaurios, y me reconozco en lo que éramos entonces, en aquella pandilla de críos que no sabían lo que era la vida y que tantos años después igual siguen sin saberlo. Pero y qué. Sé que esa mañana de abril fue una hermosa mañana, que les guardamos el sitio de siempre a las ausencias, que fuimos felices porque hay ratos como esos que nadie conseguirá robarnos por más que los malos de la película se empeñen en amargarnos la vida cada día que pasa.

Tengo aquí las fotografías de la pandilla. De mi pandilla. La de entonces. La de ahora. La del cohete por encima de los árboles y bajo los cielos del parque. La de siempre.

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