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Opinión

València

Un millón de fotos

Las fotos de los niños asesinados en Gaza, en Líbano o en Irán cuentan con una potencia epistemológica que actualiza cualquier tipo de debate.

Las fotos de los niños asesinados en Gaza, en Líbano o en Irán cuentan con una potencia epistemológica que actualiza cualquier tipo de debate. / ED

Una foto podría ser una excepción, una fractura, una consecuencia inesperada. No un millón. Un millón de fotos es un desastre, la desvergüenza eterna, la hipocresía del capital, la injusticia. Los protagonistas de una foto podrían ser responsables, por sus decisiones equivocadas, por su despiste, por mala suerte buscada, qué sé yo. Pero los protagonistas de ese millón de fotos no, no son responsables, son víctimas del horror. Ahí ya no se puede buscar responsabilidad sibilina, ahí ya actúa la brocha gorda, la culpa de los dirigentes, el pecado del mandamás. Jacques Lacan dijo que la imagen encerrada en la pantalla digital no tiene mirada. Sin mirada no hay otro. Solo nosotros. Solo yo. Yo solo. Tú solo.

El problema de esa foto es que no es una foto, es el epítome de un mundo. El problema de esa foto (en la que aparece un niño esquelético, de espaldas, en los brazos de su madre, muerta en vida, impotente, resignada) es que define la sociedad actual, enfrentada por el odio, construida sobre la discriminación, ensordecida por los altavoces que controlan los miserables. La foto da continuidad a la indecencia humana que ya se mostró con Aylan Kurdi, el niño sirio de origen kurdo que apareció ahogado en una playa de Turquía; o antes la de Omayra Sánchez, la niña que agonizó tres días y murió frente a las cámaras en 1985; o la de la niña desnutrida (sin nombre, desgraciadamente) acosada por un buitre durante la hambruna en Sudán en 1993. Fotos, fotos que quedan en la memoria. Fotos que perseguirán a los culpables. También a los cómplices.

El astrónomo John Herschel usó la poesía para crear el término fotografía: escribir con luz. No hay clandestinidad en las fotografías. Han sido asesinados más periodistas en Gaza que en la IIGM. Como bien demostró Georges Didi-Huberman la deuda con las víctimas ya no recae exclusivamente en los testigos y su palabra, sino en nuestros ojos, en nosotros. Las fotos de los niños asesinados en Gaza, en Líbano o en Irán cuentan con una potencia epistemológica que actualiza cualquier tipo de debate. La Humanidad está ante un punto de inflexión colectivo. Cambiará la ética, cambiará la estética.

No hay mañana si una niña es asesinada, no existe el futuro tras el genocidio. Ya no vale con la mirada enternecida e incluso conmovida. Ya no vale el corazón en la garganta. Ante la exposición de la violencia como dogma de fe solo vale la implicación. Hoy quien calla es cómplice.

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