Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Quilombo

València

Ponerse en el lugar del otro

EE UU no podía permanecer pasivo ante un mundo que no reaccionaba ante las nuevas situaciones sociales y políticas disolventes. Propuso un liderazgo fuerte, con amenazas, sin concesiones, con un vocabulario popular sin protocolo de buenas maneras

El presidente estadounidense Donald Trump levanta el puño a su llegada al Aeropuerto Internacional de Miami, el 11 de abril de 2026.

El presidente estadounidense Donald Trump levanta el puño a su llegada al Aeropuerto Internacional de Miami, el 11 de abril de 2026. / JIM WATSON / AFP

En el panorama mundial una de las figuras políticas más controvertidas es la de Donald Trump. Su papel como presidente de Estados Unidos, con una influencia global, genera opiniones contrapuestas. Sus partidarios consideran que es necesario tomar decisiones firmes para recuperar el papel histórico de Estados Unidos que, según ellos, había entrado en decadencia por la falta de liderazgo tanto de republicanos como de demócratas. Defienden su política de orden interno, se oponen a la inmigración porque su expansión reduce la identidad norteamericana, instan a la recuperación de valores tradicionales frente al progresismo “woke” que disuelve la familia y la convivencia, así como al reequilibrio de las relaciones internacionales con la defensa de los intereses estadounidenses asimilados a los de Occidente y replantear la relación económica con otros estados desbordada, según ellos, a favor de otros países, aprovechando la libertad comercial con EEUU. Esas políticas deben ser también asumidas por sudamericanos, europeos, africanos y asiáticos en primera instancia, (Marruecos o Sudáfrica, Japón o Corea), Australia y Nueva Zelanda para mantener la unidad frente a potencias emergentes como China o la India. En contraste, las críticas a la administración Trump se centran en el retorno al imperialismo dominante, unilateral, la ruptura del derecho internacional establecido desde la II GM, y la adopción de métodos de gobierno autoritarios, alejados de los modelos liberales-democráticos. Por ello, Trump es acusado de fascista o nacional populista en su deriva autoritaria. Una ya abundante bibliografía, académica o periodística, incide en ello dentro y fuera de EE UU.

A pesar de la polarización, Trump ganó su segunda elección en noviembre de 2024 con más de 77 millones de votos frente a los casi 75 de la oponente demócrata, Kamala Harris. En apenas un año y cuatro meses el panorama político internacional ha dado un vuelco sorprendente. Países como Argentina, Israel o Hungría se han alienado sin condiciones con el nuevo “orden trumpista”, otros como la mayoría de la UE buscan convivir con la situación sin romper la alianza con EE UU, mientras que España o Dinamarca mantienen posturas más radicales. La situación ha desembocado en una división mundial que ha superado a otras etapas de globalización porque es difícil permanecer ajeno al fenómeno. Ante esa realidad cabe preguntarse por qué las políticas de Trump mantienen un respaldo significativo, a veces matizado, no solo en EE UU, y otras se le enfrentan de manera radical. Es por ello relevante analizar las bases ideológicas de ese respaldo, evitando simplificaciones como reducir la figura de Trump a la de un psicópata sin estrategia política, tal como ha señalado Villacañas en estas páginas (el periodista Jon Roson lo califica de psicópata “serpiente con traje y corbata”)

Desde finales del siglo XX se ha extendido la percepción de que EE UU había entrado en una etapa de decadencia, similar a otros ciclos históricos de hegemonía en un proceso rotatorio que trascurre desde Europa, a América y de ahí al continente asiático con el auge de China. Esa percepción ha ido arraigando en una parte de la ciudadanía estadounidense, especialmente a partir de los atentados del 11-S de 2001. Fue ampliandose la idea de que la potencia norteamericana adquirida en el siglo XX ha ido diluyéndose en un mundo cada vez más globalizado. Las características del sistema económico estadounidense —apertura de mercados, escasa protección estatal, despido libre, débil estado del bienestar y un sistema impositivo estricto—generan incertidumbre y dificultades para amplios sectores sociales. Una economía abierta donde cada cual debe afrontar a cargo de sus rentas de trabajo o recursos personales la sanidad, la educación universitaria y la mayor parte de la elemental y media, las pensiones de jubilación, con un sistema de impuestos con penas judiciales para quien se los salta. Todo ello en un mercado de trabajo amplio, con posibilidades de cambios a lo largo del territorio, que se veía alterado con crisis de empleo en empresas y sectores en retroceso, atribuidos en parte a la competencia internacional. Y, además, con una población de emigrantes cada vez más visibles en calles y plazas de las ciudades ocupando trabajos de servicios urbanos o rurales, percibida por algunos como un factor de aumento de la delincuencia y de transformaciones de las tradicionales del ciudadano medio norteamericano, en un contexto de cambios en las formas clásicas del género, familia, convivencia y la superación de las éticas religiosas.

Trump, con el liderazgo del Partido Republicano, supo aglutinar ese malestar con el apoyo de sectores ideológicos que sentían una sociedad norteamericana en permanente declive, amenazada por comportamientos disolventes de los valores fundamentales que habían sustentado la sociedad norteamericana. Ideas perturbadoras atribuidas, en parte, a la dispersión del comunismo después de la caída del Muro de Berlín, que socavaban los principios y valores predominantes provenientes del cristianismo y de los padres fundadores, con atención prioritaria a las creencias evangélicas. EE UU no podía permanecer pasivo ante un mundo que no reaccionaba ante las nuevas situaciones sociales y políticas disolventes. Propuso un liderazgo fuerte, con amenazas, sin concesiones, con un vocabulario popular sin protocolo de buenas maneras, alineado con el decisionismo de Carl Schmitt ante la falta de reacción de las instituciones internacionales, y proclamando acciones que podían variar contradictoriamente de un momento a otro. Ello conducía a tomar el control de Occidente imponiendo una unidad necesaria para afrentar a los enemigos internos y a potencias emergentes como China, destructores del modo de vida occidental. Los valores liberales democráticos deben ser pospuestos hasta que Occidente esté consolidado. Comienza con la unidad de América, sigue por Europa, parte de Asia, Oceanía y que contempla la incorporación de Rusia que comparte valores cristianos y occidentales. De hecho, la OTAN en la época de Gorbachov tuvo la oportunidad de reestructurase y crear un sistema de seguridad que abarcara a toda Europa con las antiguas repúblicas de la URSS en vez de optar por una política exclusiva de expansión al Este como si nada hubiera cambiado después de la caída del Muro. Rusia se sintió traicionada y de esa desconfianza surgió Putin.

Tracking Pixel Contents