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Opinión

València

Dejen paso

Desmontar el techo de cristal

Desmontar el techo de cristal

A veces acudo a nadar a una piscina cubierta de València cuyas calles están marcadas por niveles. Al margen de las reservadas para cursillos, quien va por libre puede escoger entre carriles de nivel alto, medio y bajo. Se trata, lógicamente, de una autoasignación: no existe ningún tipo de control, porque se da por hecho que la persona que se tira al agua sabe más o menos cuál es su aptitud para este ejercicio y, si tiene dudas, siempre puede observar el ritmo de las calles para valorar cuál se acopla mejor a su capacidad física.

La primera vez que entré en esta instalación opté por ser prudente y ocupé el carril de nivel medio. Según el día y mis compañeros y compañeras de calle, podría pasar al nivel alto, aunque no lo hago. Eso sí, con frecuencia me topo en mi carril con nadadores con un nivel muy por debajo del medio e incluso, más de una vez, con quien directamente bastante tiene con mantenerse a flote. Estar en el sitio equivocado es una rémora para el resto: enlentece el ritmo y, cuando hay mucha afluencia, genera un pelotón desesperante.

Pienso que esta piscina es una buena metáfora de la vida real, de la vida de las organizaciones públicas o privadas, de los partidos, de las empresas. Una metáfora de cómo hombres y mujeres ocupan los espacios, también los de poder. Pienso en las rémoras internas y externas que a nosotras nos impiden dar un paso adelante y en el tapón que generan muchos hombres en los puestos de responsabilidad: bien aquellos que ocupan el lugar equivocado o incluso quienes decidieron irse, pero nunca lo hicieron del todo. Aquellos que, con sus resistencias, de una manera u otra, se eternizan, torpedeando a quienes están detrás y a la propia organización.

Cuántas mujeres con síndrome de la impostora y cuántos hombres instalados en una confianza desmedida dificultan el camino hacia la igualdad. Pienso en esa piscina y en quienes se llenan la boca de una meritocracia que ellos mismos boicotean. Me pregunto a cuántos grandes nadadores más tendremos que esquivar, a cuántos de esos que prometían irse seguiremos viendo bloqueando las escalerillas o agarrados a la corchera, como si no se dieran cuenta de que salir del agua, sencillamente, siempre ha sido una opción.

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