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Opinión | Miel, Limón & Vinagre

José Antonio Martínez

Leonardo DiCaprio, el último galán de Hollywood

Leonardo DiCaprio.

Leonardo DiCaprio.

En la industria cinematográfica hay papeles que pueden marcar la evolución de la carrera de una estrella. Tanto los que se aceptan como los que se rechazan. Tom Selleck rehusó llevar el látigo de Indiana Jones, Kurt Russell pudo haber sido Han Solo y Eric Stoltz llegó a subirse al DeLorean de Marty McFly en Regreso al futuro antes de ser sustituido por Michael J. Fox.

Pues bien, hubo una época, a mediados de los 90, en la que Leonardo DiCaprio pudo haber sido Spider-Man en una película que iba a dirigir James Cameron. En aquellos años, tanto la joven estrella como el cineasta estaban en la cima tras el fenómeno de Titanic, convertida en una de las películas más premiadas de la historia de los Óscar. Parecía que nada podía salir mal. Pero todo fue muy diferente a como cabía esperar.

Titanic encumbró a DiCaprio al estatus de estrella global. Su rostro aniñado, con esa mezcla de picardía y fragilidad, adornaba las carpetas de miles de adolescentes en todo el mundo, compartiendo espacio con Brad Pitt o Johnny Depp. La película de Spider-Man habría sido, sobre el papel, una apuesta segura. Pero Marvel no era aún el imperio que es hoy y sus adaptaciones apenas pasaban de ser productos de serie B. Era la ocasión de hacer una gran superproducción a la altura de las de DC, pero el embrollo de derechos terminó por hacer naufragar el proyecto. Cameron y DiCaprio se bajaron del barco antes de que llegara a zarpar. Años después, sería Tobey Maguire, amigo de infancia de DiCaprio, quien acabaría enfundándose el traje del hombre araña en la versión dirigida por Sam Raimi. Pero esa ya es otra historia.

La anécdota, sin embargo, sirvió para que la carrera del actor tomara otros derroteros. Hacía tiempo que DiCaprio venía enviando señales de que no quería ser solo un póster y, en un blockbuster como El hombre de la máscara de hierro, ya había demostrado que podía ir más allá del galán y encarnar a un villano despreciable. En ese camino lejos de las franquicias, DiCaprio acabaría convirtiéndose en el nuevo actor fetiche de Martin Scorsese. Su primera colaboración, Gangs of New York, fue un parto doloroso: una producción accidentada y mastodóntica que estuvo a punto de no ver la luz debido a constantes retrasos, un presupuesto disparado y los choques creativos entre el director y el estudio. Pero el esfuerzo valió la pena.

Luego vinieron otros papeles memorables, como las obsesiones de Howard Hughes en El aviador, la paranoia de Shutter Island, el poli novato encubierto en la mafia de Boston de Infiltrados y los excesos del millonario de El lobo de Wall Street. Si Robert De Niro participó en diez películas del cineasta, con DiCaprio ya van seis colaboraciones. El propio De Niro llegó a darle su bendición para el relevo, casi si fuera como un capo de Uno de los nuestros mientras le besaba el anillo.

De la noche a la mañana, el ídolo adolescente se convirtió en actor de prestigio y pasó a trabajar con directores de la talla de Steven Spielberg, Quentin Tarantino, Christopher Nolan, Woody Allen, Alejandro González Iñárritu o Baz Luhrmann. La fama adquirida le llevó también a implicarse en causas humanitarias como la lucha contra el cambio climático o el comercio de los diamantes de sangre.

El camino elegido le apartó de las franquicias multimillonarias… y le llevó por otros caminos mucho más firmes que cualquier telaraña. Dicen que nadie es profeta en su tierra, y esa travesía en busca del prestigio hizo que, como tantas veces ocurre en esta industria, el Óscar evitara durante años llamar a su puerta. Las principales alusiones a su nombre en las ceremonias llegaban cuando el presentador de turno decidía bromear sobre la diferencia de edad entre la estrella y sus parejas. Hasta que llegó El renacido. Al final, DiCaprio demostró que se puede sobrevivir a un naufragio, a un lío de derechos de autor y a los memes de internet. Y quién sabe, quizá en algún universo alternativo ese Spider-Man que nunca fue habría terminado compartiendo pantalla con la MJ de Zendaya. Aunque, viendo su historial sentimental, esa ya sí que habría sido otra historia.

Pese a todo, la imagen que sigue volviendo una y otra vez no es ninguna de esas. Es la de aquella tabla en Titanic. Durante años hemos discutido si cabían dos. Con su carrera hemos hecho lo mismo: asumir que solo podía existir una versión de él. Y mientras, el otro de los memes que han llenado las redes con la imagen del actor, la del esclavista de Django desencadenado, se parte de risa con una copa en la mano, como si toda la discusión fuera, en el fondo, otra forma de espectáculo.

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