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Opinión

València

Recuperar la ciudad

Si en otros tiempos la ciudad fue una conquista frente a poderes que sometían la vida, hoy toca defenderla de nuevos poderes que la vacían y la convierten en mercancía. Y defender la ciudad es defender que el mercado de la vivienda no sea un casino financiero

Una imagen captada desde la avenida de Francia.

Una imagen captada desde la avenida de Francia. / GERMAN CABALLERO

La ciudad es una de las mayores conquistas de la humanidad. Y diría que, además de por sus cualidades físicas o valor práctico, porque esconde una idea transcendental: la de que los seres humanos podemos vivir juntos, organizarnos, colaborar, discutir, cuidarnos, mezclarnos y darnos un destino compartido. Una ciudad no es una suma de edificios ni una simple red de infraestructuras, sino el lugar en el que una casa se abre a una calle, una calle a un barrio y un barrio a una comunidad. Es el espacio donde la vida privada se encuentra con la pública, donde aprendemos que la convivencia nunca es comodidad pura, pero sí una promesa de civilización.

Siempre ha sido así. Desde las polis griegas hasta las comunas italianas, pasando por la compleja vida urbana de las medinas islámicas y hasta la ciudad de hoy, moldeada desde el siglo XIX hasta hace nada por las convivencias y el desarrollo de la clase trabajadora. La ciudad ha funcionado como refugio de la autonomía personal y colectiva, un crisol de experiencias humanas y escuela de ciudadanía. Es el escenario donde la sociedad se ha pensado muchas veces a sí misma y ha ensayado formas de vida más dignas. Por eso la ciudad nunca ha sido neutral. Siempre ha sido un campo de disputa.

Hoy nos enfrentamos en ellas quienes las entendemos como un espacio de convivencia y quienes la conciben como una máquina de extracción de riqueza. Es innegable que existen poderes económicos y tecnológicos que sumados a las corrientes inversoras y el capitalismo más cruel buscan monetizar nuestro tiempo y nuestras vidas. Nos empujan a vivir cada vez más en plataformas y cada vez menos en barrios, al tiempo que se entregan a la especulación inmobiliaria, al peor rentismo, a la turistificación sin límites y a la conversión de la vivienda en un activo financiero. Nos quieren usuarios aislados en lo digital e inquilinos expulsables en lo urbano.

Si en otros tiempos la ciudad fue una conquista frente a poderes que sometían la vida, hoy toca defenderla de nuevos poderes que la vacían y la convierten en mercancía. Y defender la ciudad es defender que el mercado de la vivienda no sea un casino financiero. Defender la ciudad es sostener que la propiedad privada tiene derechos, sí, pero también una función social. Defender la ciudad es negarse a aceptar que un joven tenga que marcharse del lugar donde nació, que una familia trabajadora no pueda seguir viviendo en su barrio o que una plaza pierda su alma para convertirse en un escaparate.

La política, tal y como la entendemos en su sentido más cívico, nace en las ciudades, y por ello está obligada a aportar soluciones. No basta con lamentar la crisis de vivienda ni con resignarse a que todo lo decida el mercado, hay que domar o expulsar al especulador: reformar el impuesto de transmisiones patrimoniales y exigir un mayor esfuerzo fiscal a quienes utilizan la vivienda como instrumento de acumulación, un tipo incrementado para la compra de la cuarta y sucesivas viviendas así como un gravamen específico para grandes tenedores, sociedades patrimoniales, socimi y fondos de inversión.

Para merecer el nombre de ciudad, un lugar ha de ser un espacio digno para vivir

Recuperar la ciudad exige ir más allá y actuar desde múltiples frentes. Esto supone regular con firmeza los pisos turísticos en las zonas tensionadas, reforzar la inspección y las sanciones contra el fraude, la creación de una tasa para el cuidado y conservaciòn de la ciudad que recaiga también en el turista; ampliar de verdad el parque público y social de vivienda, movilizar la vivienda vacía, activar derechos de tanteo y retracto frente a operaciones especulativas, reservar vivienda asequible en nuevos desarrollos y proteger el comercio de proximidad y el espacio público para la vida cotidiana. Se trata de poner límites a quienes hacen negocio con una necesidad básica y de garantizar que la ciudad siga siendo un lugar para vivir, no solo para consumir o invertir.

Defender la ciudad, por tanto, no es una consigna nostálgica ni una pretensión de negar el cambio. Las ciudades cambian, y deben hacerlo. Pero hay una verdad sencilla que no deberíamos olvidar: para merecer el nombre de ciudad, un lugar ha de ser un espacio digno para vivir. Con escuelas, con vecinos, con comercio local, con plazas habitables, con alquileres posibles, con mezcla social, con comunidad. Recuperar la ciudad es, en el fondo, defender la posibilidad misma de una vida compartida, física. Y esa es una tarea profundamente democrática.

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