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Opinión

València

Cumbre en Barcelona

Que no hay una cultura política organizada capaz de dar la batalla, se muestra en un hecho. Estados y premieres tan sobrios como Merck están comprando la agenda de seguridad y militarización

Cumbre progresista internacional presidida por Pedro Sánchez, este sábado en barcelona.

Cumbre progresista internacional presidida por Pedro Sánchez, este sábado en barcelona. / Jordi Otix / EPC

Sea lo que sea que esté ocurriendo, parece que la guerra de Irán la está perdiendo Trump. Él pone plazos, pero Irán decide cuándo. Él bloquea el Estrecho de Ormuz, pero Irán captura los barcos que pretendían pasar sin su autorización. Él dice que el régimen de Irán se descompone, pero en USA ya han tenido que irse el Jefe del Ejército, el Secretario de la Armada, la Secretaria de Trabajo, la Directora de Seguridad, la Fiscal General, el Director del ICE, el Director del Centro Nacional Contraterrorismo, y todo ello mientras el jefe del FBI se muestra incapaz de identificar el paradero de diez científicos conocedores de secretos de seguridad nacional. ¿Qué régimen se está desmoronando?

Así se entiende por qué a Vox le importa muy poco entrar en los gobiernos. Su forma mental no tiene nada que ver con la racionalidad interna a toda administración. Le basta con ejercer la presión, sin responsabilidades. Lo que Vox quiere es la lucha cultural llevada al límite, y eso se hace mejor sin gestionar. Esa lucha cultural tiene un primer paso: 'Prioridad Nacional'; pero tiene un segundo: 'Seguridad contra el enemigo interior'; y luego un tercero: 'Militarismo'. Esa cultura lleva a contratar con Palantir, como llevo escribiendo desde hace meses.

Cuando la corrupción conduce a la administración desastrosa del país más poderoso del mundo, amparada por la tapadera de la cultura totalitaria consumada de 'prioridad nacional, seguridad y expolio militarista', entonces el mundo entero camina hacia una zona de riesgo. Y entonces el mundo entero tiene que reaccionar. Y sin embargo, la reacción no está siendo la adecuada.

Lo que está erosionando lentamente el apoyo popular de estos actores totalitarios -no me gusta llamarlos fascistas porque esa designación forma parte de una batalla cultural errónea, que no moviliza a nadie- es sus contradicciones internas. Trump hace la tarea, con su violenta verborrea. Pero el mundo está construido sobre elementos culturales fundamentales que no necesitan sostener a una figura como Trump. Puede forjar otros actores sobrios capaces de mantener las mismas aspiraciones totalitarias con discreción y astucia. Que Alexander Dugin -ideólogo de Putin- aplauda el manifiesto Palantir, nos muestra el mimetismo de la política estadounidense respecto del totalitarismo de Putin. Pero la forma mental de Putin es completamente contraria a la de Trump.

Si este totalitarismo está entrando en una atmósfera no tan exultante, se debe a sus propios errores, no a que alguien contrario esté venciendo en la batalla cultural. Que este nuevo totalitarismo pueda expresarse tan libremente, hasta el completo cinismo, se debe a que comprenden que no tienen delante a un rival que pueda hacerles frente. Y podríamos preguntarnos si no han ganado la batalla respecto del carácter intolerable de calificaciones como comunista o socialista. No hay que olvidar que la condición comunista de Jara, en Chile, aseguró la victoria de Kast. Por eso, la vieja calificación de 'fascista' está desactivada, porque quien la dice queda desprestigiado como comunista.

Que no hay una cultura política organizada capaz de dar la batalla, se muestra en un hecho. Estados y premieres tan sobrios como Merck están comprando la agenda de seguridad y militarización. Obviamente, sin una cultura alternativa, esas medidas no hacen sino intensificar las opciones de Alternativa para Alemania. Es verdad que, en el nuevo juego abierto por Trump, la razón de Estado se pone en marcha por doquier. Y es verdad que esta razón de Estado lleva a actitudes más o menos prudentes según el grado de peligro. Todos los países de la UE no hacen sino esperar que un demócrata se siente en la presidencia de los Estados Unidos, a sabiendas de que ese partido no es un partido contra la guerra. Es un partido contra la guerra sin autorización y contra la guerra descontrolada. Pero fue Biden quien forzó la guerra de Irán. En suma, los estados de la UE operan esperando que USA vuelva a las discreciones y sobriedades de la razón de Estado.

Falta saber si la cumbre reciente de Barcelona hará visible la razón de Estado de aquellos países más amenazados por USA, o si en el fondo representa una cumbre de los portadores de una cultura política potente. Me temo que la ambivalencia es insuperable y que Sánchez carga con ella porque le es productiva. La cumbre muestra que él es la unidad de la izquierda española. Pero por debajo de Sánchez opera la razón de Estado que organiza Indra, que moviliza los astilleros para equipar submarinos, etcétera. Así, Sánchez, en cierto modo, subroga la batalla cultural en Lula, Petro y Sheinbaum, mientras asienta al PSOE como partido de la razón de Estado español.

Sin duda, esa es la vocación más profunda del PSOE actual. Y eso es lo que no soporta la derecha española. Pero, por eso mismo, tiene que delegar la batalla cultural -que el PSOE no puede llevar adelante desde el gobierno- en el prestigio de otros líderes, pues delegarla en los partidos a su izquierda no le rinde ya ningún beneficio. Lo que en todo caso falta es un partido con inteligencia capaz de dar una lucha cultural que genere mayorías suficientes para la batalla antioligárquica. Y eso falta porque toda la inteligencia disponible en España está pensando en su pequeña batalla individual por la relevancia social, el poder académico y la visibilidad en los grandes medios. No en una batalla cultural al modo gramsciano, capaz de fundar un intelecto general. Pues para eso se requiere algo más que identificar el tema de moda. Se requiere una comprensión histórica general, transferible con sencillez al público como orientación existencial.

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