Opinión | Complicidades
Descorazonador
Cuando Hernán Cortés pisó México, el 22 de abril de 1519, en la costa de Chalchicueyecan, para iniciar su conquista, el imperio azteca se encontraba en su esplendor. Los mexicas eran un pueblo extremadamente belicoso y guerrero que practicaba los sacrificios humanos, para la satisfacción de sus dioses sedientos de sangre y carne humana, en especial Huitzilopochtli, la más exigente y sibarita de sus divinidades. La forma más célebre de sus sacrificios consistía en la cardiectomía ritual; esto es, la extracción por las bravas del corazón de algún guerrero enemigo capturado en combate o de algún esclavo. Aunque, como practicaban el politeísmo, contaban con el gusto que da la variedad, a la hora de honrar a los dioses, de modo que si querían satisfacer a Tlálo, dios de la lluvia, solían ahogar niños; si invocaban el favor de Xipe Tótec, dios mesoamericano de la fertilidad, la agricultura y la primavera, se inclinaban, bien por desollar, bien por asaetear a las víctimas hasta morir, según el estado de ánimo en el que se encontraran los sacerdotes encargados de los rituales.
La extracción del corazón, al parecer, requería de una técnica depurada al alcance sólo de los virtuosos. Cuatro sacerdotes sujetaban a la víctima por sus extremidades, sobre una piedra sacrificial convexa (el téchcatl), que facilitaba el arqueamiento del tórax. Entonces, el sacerdote que dirigía la ceremonia, con un cuchillo de pedernal u obsidiana (el técpatl) practicaba una incisión en diagonal por debajo de la última costilla, a la altura del diafragma, introducía por allí su mano y arrancaba el corazón, por lo común aún palpitante. Después de ofrecerlo al sol y a los cuatro puntos cardinales, el corazón se guardaba en la vasija del águila (cuauhxicalli) para ser quemado, o conservado para más adelante, por si a los dioses se les despertaban a media tarde las ganas de merendar. El cadáver se arrojaba por las escaleras de la pirámide, para ser desmembrado o para que los ciudadanos de Tenochtitlan se ejercitasen en la práctica del canibalismo, sólo para gourmets.
Los historiadores no se ponen de acuerdo respecto a la cifra de los sacrificios anuales: algunos llegan a calcular 20.000 al año -cosa que parece exagerada, incluso para los aztecas-, pero parece que no bajaban de 10.000. En cualquier caso, toda una costumbre orgiástica para las celebraciones señaladas en el calendario.
Todas estas cavilaciones precolombinas me han asaltado, porque mi mujer ha adquirido un nuevo utensilio de cocina: un descorazonador de peras (que es distinto del que ya compró para las manzanas y del que tenemos para las piñas: cada fruta tiene su anatomía y su corazón). Me he visto cardioectomizando una pera Conferencia, y me han asaltado tristezas muy lejanas en el espacio y el tiempo. De modo que renuncio desde hoy a ser un descorazonador frutal, y opto por comérmelas a la vieja usanza, a rebanadas y dejándoles intacto su corazoncito.
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