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Opinión | No hagan olas

València

Elogio de la moderación política

'La grazia' de Sorrentino se convierte en una apabullante, firme y emotiva reivindicación del espíritu de la concordia basado en la virtud de la moderación, en la refutación permanente de la creencia en la verdad

Archivo - Imagen de archivo del presidente de Italia, Sergio Mattarella

Archivo - Imagen de archivo del presidente de Italia, Sergio Mattarella / Bernd von Jutrczenka/dpa - Archivo

Desconozco si Sergio Mattarella, presidente de la República italiana, sabe de los escritos sobre ética de Aristóteles en los que se define a la mesotes, la virtud de lo medio. Supongo que sí, porque el veterano político y jurista siciliano es una persona leída, de firmes convicciones católicas y demócratas. Un hombre de equilibrios que, por lógica, ha de preferir la Ética a Nicómaco donde se habla de la prudencia –aristotélica– como virtud frente al idealismo utópico centrado en las élites intelectuales de otra república, la de Platón.

A Mattarella, precisamente, parece dedicar la totalidad de su última entrega el cineasta Paolo Sorrentino. Napolitano, 56 años, siempre excesivo, efectista, brillante y barroco, a menudo sobrepasado hasta alcanzar cimas manieristas, Sorrentino es como la antítesis de Matteo Garrone, conciso, sobrio, casi documental, el otro gran director de Italia, romanesco. Mi amigo Vicente Todolí, tan italianizado, prefiere a este último. A mí me gustan los dos.

Sorrentino ya llevó al cine una teatralizada sátira sobre Giulio Andreotti, el siete veces primer ministro de Italia. La película se llamó Il divo (2008). Andreotti, siempre sarcástico, fue quien dijo aquello de que a la política española «le faltaba finezza». El mismo realizador nos trae ahora La grazia (2025), que resulta todo un manifiesto político. Mariano De Santos es el alter ego de Mattarella, interpretado por Toni Servillo, el de siempre, también napolitano, el carismático actor que fue Andreotti, el inolvidable periodista escéptico Jep Gambardella en La gran belleza o el Saverio que ve emocionarse a su hijo con la llegada de Maradona a la escuadra partenopea en Fue la mano de Dios.

No busquen en La grazia acción o entretenimiento. Se trata de una fábula política construida con una trama anecdótica que solo es útil para ir desgranando la personalidad del supuesto huésped solitario del Quirinale y articular los aforismos que Sorrentino nos depara como único autor del guion de la película. El presidente De Santos/Servillo se presenta como un político que ha sido catedrático de Derecho Penal –autor de un manual sobre la materia de 2.500 páginas–, sumido en un mar de dudas.

El presidente de Sorrentino se presenta en el arranque del film como un funambulista sin capacidad de decisión, atrapado por convicciones católicas frente a reivindicaciones sociales del tiempo actual más avanzado. Da largas, propone modificaciones y matices, afinamientos en las propuestas legales que le presentan y en los adjetivos a emplear, siempre limitador, alargando los tiempos hasta la desesperación de su propia familia, sus colaboradores y correligionarios. Duda sobre todo de los hechos más evidentes a la hora de conceder la gran prerrogativa presidencial en Italia: la gracia para indultar a los condenados. Se emparenta de modo silencioso y sosegado con el Henry Fonda de los Doce hombres sin piedad (1958), de Sidney Lumet.

De Santos, al que apelan «hormigón armado» por su espíritu aburrido y poco dúctil, de honestidad incorruptible y solidez en sus serenas convicciones basadas en la imposibilidad de alcanzar verdad alguna, termina ganándose el favor de su entorno en la ficción, incluyendo el de su amiga anticlerical, Coco Valori, curator de arte que propone quemar todos los museos. Y el de un Papa negro con rastas y pendiente, quien se pregunta con él «¿De quién son nuestros días?» y al que confiesa que se ha hecho mayor porque cuando reza se queda dormido.

El personaje que ha dibujado Sorrentino no deja de ser su político ideal, al que elogia por su estoicismo, del que reivindica su carácter dubitativo, que no es inseguridad sino basado en el firme principio de que los sucesos humanos requieren ser puestos en perspectiva, vistos desde infinitos ángulos y posiciones. Hasta la más profunda de las creencias, la del mismo Dios católico al que profesa, forma parte de las vacilaciones y las eternas preguntas.

En un momento histórico donde el populismo y la radicalidad maniquea han vuelto a situar la política al borde de la catástrofe, La grazia de Sorrentino se convierte en una apabullante, firme y emotiva reivindicación del espíritu de la concordia basado en la virtud de la moderación, en la refutación permanente de la creencia en la verdad, cuyo carácter inasible queda bien patente. «Por eso escribí un manual de 2.500 páginas sobre Derecho Penal, para tratar de acercarme a la imposible verdad de los hechos», dice el presidente de esta ficción cinematográfica.

Ha llegado la hora, entonces, de presentar la batalla de las ideas y desempolvar a aquellos pensadores que han dibujado desde la Ilustración ese mismo camino del bien social basado en las dudas sobre el poder y la necesaria limitación del mismo: De Montesquieu a Locke o John Stuart Mill, del liberal Dahrendorf al socialdemócrata Tony Judt entre los más recientes. Y, desde luego, a San Agustín, otro expedicionario en busca de la verdad, de raíz, en esta ocasión, platónica. No olvidemos que el actual Papa, León XIV, es agustino, cuya visión religiosa busca el orden social y la paz, desde la cultura y la enseñanza. Amén.

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