Opinión

Presidente de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos
Acerca de la identidad valenciana
Desde que nos constituimos como colectividad y disfrutamos nuestros fueros, fuimos un pueblo culturalmente abierto, dispuesto a la hibridación y a la influencia

Procesión 9 de Octubre de Torrent
Existen decenas de ensayos y de estudios sociológicos sobre la conciencia de los valencianos acerca de sí mismos. Un asunto siempre abierto que, ante la diversidad de razonamientos planteados y la ausencia de conclusiones generalizadamente asumidas, nos abre la puerta a la reflexión. A mi juicio, cabe suponer que, tras gozar durante tantos siglos de unos fueros propios, al haber sido suprimidos de una forma tan precipitada y trágica, las gentes de entonces se preguntaran con dolor: ¿por qué tenemos que ser, lo que no queríamos ser? Sobre aquella pregunta sin respuesta en un principio, con el paso de los tiempos el imaginario colectivo no cedió; pues, si bien, a través de presencias discontinuas, se prolongó emergiendo al uso de una 'resistencia adaptativa', presente en dinámicas culturales que por su extensión no cabe enumerar pero que, con variable fortuna, continuaron transmitiendo sus valores. De tal suerte, que la conciencia se mantuvo con aliento a través de proyectos y creaciones, identificadas como propias sin esfuerzo.
Sabemos que adaptarse también es una forma de sobrevivir y que, en la naturaleza, las circunstancias sufridas en el transcurrir de las estaciones, condiciona mutaciones. Así, no podemos descartar que en el universo reciente perviva -con vigor, aunque alterada- aquella facultad latente, cuya capacidad proceda de la prolongación histórica de aquella conciencia adaptada.
Una posibilidad de intensidad fluctuante, pero enriquecida por su propia imprecisión. De hecho, mientras la inmensa mayoría de los estudios sociológicos recientes se dedican al estudio de ese complejo e irresuelto presente, no es difícil encontrar la conciencia de lo 'valenciano como propio' en los siglos precedentes a la batalla de Almansa, percibida a través en infinidad de referencias en los documentos específicos cuando existían unos fueros bien establecidos, distintos a los de los otros territorios de la Corona de Aragón. Entre otras cuestiones, porque la conciencia identitaria era un sentimiento que, antes de aquel trágico momento no se sentía amenazado y, por tanto, ni necesitaba definirse, ni generar estrategias defensivas, que – aunque latentes- tuvieron que configurarse a partir de aquel momento. Pasado tanto tiempo desde entonces cargado de vicisitudes, establecer puntualmente hoy en día 'lo que queremos ser', se nos hace un cometido imposible. No, porque no seamos, sino porque nuestra razón de ser tenía y tiene una complejidad natural que, aunque entonces se pudiera articular, ahora, no puede ser simplificada y no tiene mirada atrás. Aunque lo más importante sea, que tal vez no se haga necesario concretarla y que si ha aflorado –con variables relativas- en la segunda mitad del siglo XX, es porque sobre el imaginario colectivo, un conjunto de circunstancias –entre las que hay que tener presente a la propia dictadura-, algo han hecho para que prendiera de nuevo y se arraigara, eso sí, en ausencia de unanimidad al respecto.
A mi juicio, entre el rosario de errores a los que en este campo hemos asistido, ha sido el de sobrevalorar en lo identitario a lo lingüístico, porque la conciencia no se configura por un solo medio cultural -por muy importante que sea-, sino como un imaginario emocional complejo y transmitido, que abarca la totalidad de los elementos distintivos que conforman la cultura, tanto históricos como patrimoniales, espirituales y materiales, pero asimismo, los usos, las costumbres y los sistemas de valores.
Si, haciendo un ejercicio incompleto, nos limitamos a justipreciar solo una parte de los fundamentos que configuran la conciencia, tampoco podemos sustraernos a estimar que somos una comunidad bilingüe y no asumirlo es situar la reflexión en un punto de partida equivocado, al considerar lo propio como esencialmente fragmentado. Así las cosas, eso de que la lengua condiciona el pensamiento no se halla demostrado, lo que sí que se halla demostrado es que lo que condiciona el pensamiento es lo que acompaña a la lengua. ¿No fue, tan emocionalmente intenso Estellés –con el que me unió una larga amistad-, como Brines o Miguel Hernández? Siendo distintos –pero cercanos en intensidad-, dudo mucho que el primero amara más a Burjassot, que el segundo a l´Elca, o que Miguel Hernández a Orihuela, escribiendo en lenguas distintas; eso sí, aun viviendo circunstancias tan incomparables. Con todo, si extendemos más allá los elementos que conforman la conciencia, llegaremos sin esfuerzo a comprender que desde que nos constituimos como colectividad y disfrutamos nuestros fueros, fuimos un pueblo culturalmente abierto, dispuesto a la hibridación y a la influencia, incluso en los momentos de nuestro mayor poder durante siglo XV, cuando los foráneos acampaban por aquí como Pedro por su casa, aceptando y adaptando entonces como propios sus influjos modernos, tanto procedentes de los creadores flamencos como los de los italianos, pero, asimismo, los pensamientos implícitos que sus obras traslucían.
Pasado el tiempo que, en una comunidad flexible, despejada y expansiva, pero con una geografía muy compleja de extraordinaria longitud, con infraestructuras precarias y una economía disímil, coexista una conciencia común –con independencia de su grado-, después de trescientos años sin fueros y de sufrir una larga dictadura centralista, no deja de ser un milagro que debemos evocar y del que también forma parte l´Estatut d´Autonomia de 1982. Así las cosas, preguntar en este punto por el nivel de un sentimiento –bien sea solo o compartido- que ha pasado por tantas dificultades, me parece un sinsentido, porque dada su complejidad, pero también su amplitud, no tiene por qué estar delimitado y concreto en la conciencia, ni tiene por qué ser inmutable, como todo lo que –por estar vivo- forma parte de la vida. Celebremos estos días, que muchos de los que nos precedieron, aun con notables diferencias, hicieron todo lo que estuvo en su mano para evitar que fuese destruido.
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