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Opinión | Algo personal

València

Eres más pobre que las ratas y votas a Vox

Ahí los tenemos. La encarnadura del daño. Ocupando escaños en la sufrida arquitectura de una democracia que ellos querrían que volara por los aires. Se llaman cristianos a sí mismos, o devotos de la bondad caritativa, o amantes de la familia, aunque algunos de ellos bien conocidos hayan sido condenados por maltratar a sus parejas, incluso en algunos casos delante de sus hijos

Manifestación en València por los derechos de las personas migrantes.

Manifestación en València por los derechos de las personas migrantes. / Levante-EMV

Van a misa casi diaria. O al menos, los domingos. Se echan encima los adornos. Los collares. Las corbatas. No sé si meten el misal en el bolso. Si han ensayado en casa las canciones con sus hijos. Si por las noches se rocían el cuerpo con agua bendita y antes de tocarse, solos o aparejados, no sé si tapan la estampa del santo, como hacía mi madre con el canario que a mi hermano le había regalado su amigo Paco Badiles y no dejaba de cantar hasta que el peso de la tela lo dejaba a oscuras. Me los imagino ahí, solos o aparejados, en esa posición voluntariosa de cumplir con el más impuro de los sacrosantos mandamientos. Y entonces me viene a la cabeza esa imagen en un poema de Raymond Carver: ahí los dos, estáticos, como tancredos ridículos en un ritual que entienden ominoso, a pesar de la costumbre: "Desnudos… Tan conmovidos y tan felices". No sé si echan mano del cilicio en algún tramo de la ceremonia. A saber.

Tampoco sé si se arrodillan antes de tapar al santo y le rezan algunas oraciones para que el mundo no sea una mierda. No sé si saben que la mierda son ellos, que el agua bendita no los limpia porque llevan la suciedad incrustada en la piel, que cuando se sientan en la primera bancada de la iglesia y miran al suelo como arrepintiéndose de los pecados del día, lo que hacen no es arrepentirse de nada sino al revés: arrancan el odio del mármol resbaladizo y lo guardan en las tripas para regurgitarlo luego, como las vacas, a la cara de quienes no entienden por qué los rezos y el odio a la fragilidad son lo mismo en tantas ocasiones.

Ahí los tenemos. La encarnadura del daño. Ocupando escaños en la sufrida arquitectura de una democracia que ellos querrían que volara por los aires, como los puentes en las estrategias militares de las guerras. Se llaman cristianos a sí mismos, o devotos de la bondad caritativa, o amantes de la familia como Dios manda, aunque algunos de ellos bien conocidos hayan sido condenados por maltratar a sus parejas, incluso en algunos casos delante de sus hijos. Son esa "mala gente que camina", como escribía el poeta, "y va apestando la tierra". Por eso cuando se levantan de sus oraciones agarran la estaca y la emprenden a garrotazo limpio con la extranjería pobre. Con la rica no. Con la extranjería rica se humillan, les rebajan los impuestos como a los millonarios de aquí, les cantan a coro los salmos de misa mayor en los acicalados domingos del cinismo.

Campaña de Vox contra la inmigración pobre.

Campaña de Vox contra la inmigración pobre. / Levante-EMV

Odian a los inmigrantes

Muchos de esos que están en Vox o lo votan son más pobres que las ratas, no tienen donde caerse muertos ni vivos, odian a los inmigrantes porque es una manera de sentirse algo en su vida miserable, se miran en el espejo y ven al cantamañanas de Abascal incitándolos a la persecución de esos inmigrantes. Y los persiguen sea donde sea. Y a esa persecución se suman Núñez Feijóo y aquí nuestro presidente Juan Francisco Pérez Llorca porque Vox les exige una inhumana pleitesía sin medias tintas ni condiciones de ninguna clase. En realidad son ya lo mismo unos y otros. Un PP como manda la política conservadora tendría que buscar su propia identidad lejos de la ultraderecha. Pero no lo hace. Prefiere fundirse con la violencia del fascismo. Y en esa violencia destaca sobre todo la cruzada contra la inmigración pobre. A muerte contra ella. Sin tregua. Sin lugar al descanso. Sin contemplaciones. A ese acto criminal lo llaman los de Vox «prioridad nacional». Y el PP se arrodilla y se suma a esa podredumbre moral como si nada.

Pero en esta cruzada no están solos. Ahí tienen los CIEs para echarles una mano. Los sostiene el gobierno. Son cárceles clandestinas. La sórdida antesala de las expulsiones a sus países de origen. De vez en cuando muere alguien. Y es cuando los CIEs se convierten en noticia. O cuando el joven marroquí Oussama Moumen estuvo a punto de ser expulsado de nuestro país a pesar de que estaba a un paso de su regularización. Como la extrema derecha: sin tregua, sin lugar al descanso, sin contemplaciones. Es ya demasiado tiempo dándole vueltas a esa anomalía democrática. Ya pueden decir lo que quieran quienes los defienden. No hay defensa decente para mantenerlos. Los CIEs son una muestra de ese cruelísimo desprecio a la vulnerabilidad, de ese racismo institucional que a tanta gente nos avergüenza y más viniendo de un gobierno que a sí mismo se llama con orgullo progresista. ¿Un orgullo mantener esos centros llamados eufemísticamente, como una burla, Centros de Internamiento de Extranjeros? Pienso en la inmigración perseguida, en cómo, a pesar de la última regularización, no se da el paso decisivo a lo más importante: la igualdad. La palabra mágica que nunca llega: derechos. Siempre la sombra alargada de la expulsión. Como la que amenazó al joven Oussama Moumen en el CIE de València. Los versos de los Clash en 'Train In Vain': "Veo cómo todos mis sueños se derrumban".

El joven marroquí Oussama Moumen.

El joven marroquí Oussama Moumen. / Levante-EMV

Con sus vicios secretos y públicas virtudes

Allá se las apañen con sus vicios secretos y públicas virtudes los ultras del sistema. Pero ya va siendo hora de que dejemos de poner parches a una situación que para mucha gente sigue siendo la de vivir a escondidas. El paso que sigue con urgencia a la regularización ha de ser el de dotar a las personas migrantes de los mismos derechos que disfrutamos los demás. Y desde luego: el cierre definitivo de los CIEs ya mismo, ¿vale? ¡Ya mismo! ¡Ya!

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