Opinión
Variaciones sobre la fatiga de llegar a todo en la modernidad tardía
Ya no corremos para llegar antes, sino porque detenernos ha dejado de ser una opción si queremos seguir sosteniendo la vida

Un 37 % de trabajadores declara sufrir estrés. / Europa Press
«Luego te contesto, que no llego». El mensaje me lo envió una amiga a media tarde, seguido de otro, ya entrada la noche: «Se me ha olvidado contestarte. Mañana sin falta». Y yo me quedé esperando, quizás porque todos, en algún momento, hemos sido esa persona que promete contestar mañana… y cuya respuesta termina perdiéndose por el camino.
Es este mensaje un malestar que no estalla, que no se declara en la evidencia del síntoma, pues se filtra, más bien, en la textura misma de nuestra vida cotidiana, como una suerte de gesto sostenido en la insuficiencia permanente. No es únicamente que no lleguemos a todo, es que la propia idea de llegar ha devenido un horizonte movedizo, cuya persecución termina por constituir el núcleo mismo de nuestra experiencia del tiempo. Allí donde la modernidad nos prometía la liberación a través del dominio técnico del mundo, lo que se ha producido es una hipertrofia de las exigencias que ese mismo dominio nos genera. Y es que la aceleración ha desbordado su función instrumental: ya no corremos para llegar antes, sino porque detenernos ha dejado de ser una opción si queremos seguir sosteniendo la vida.
Si en el paradigma disciplinario de siglos anteriores el sujeto se constituía bajo la lógica de la prohibición, en la actualidad lo hace bajo la forma más insidiosa de la posibilidad ilimitada. El mandato ya no adopta la forma de un no puedes, sino de un podrías más, y en ese más, que se presenta como apertura y potencialidad, se inscribe, sin embargo, una economía moral de la insuficiencia: todo lo que no hemos realizado se experimenta como un déficit propio, como una carencia individual, antes que como efecto de una estructura que distribuye de manera desigual los recursos y las cargas.
No se trata ya de cumplir una jornada, se trata de encarnar una disposición constante
El ámbito laboral constituye, en este punto, un laboratorio privilegiado de observación, y así lo entiendo. La progresiva disolución de los límites entre tiempo de trabajo y tiempo de vida, favorecida por los dispositivos de conexión permanente, ha configurado un tipo de temporalidad en la que nuestra disponibilidad deviene norma tácita. No se trata ya de cumplir una jornada, se trata de encarnar una disposición constante. El sujeto, es decir tú y yo, devenimos, así, una instancia de autoexplotación que internaliza los imperativos productivos hasta el punto de hacerlos indistinguibles de sus propios deseos. Nuestra subjetividad queda atrapada, entonces, en un estado de activación constante que, lejos de resolverse en productividad efectiva, deriva con frecuencia hacia formas de agotamiento crónico.
Pensaba el otro día, en la cafetería de la Facultad, al hilo de todo esto, que tal vez convenga invertir la pregunta sobre la posibilidad de llegar a todo a tiempo. No me interesa tanto, en este punto, por qué no llegamos a todo, sino qué significa, en nuestras condiciones actuales, llegar. Y es que, démosle una vuelta, si el horizonte se redefine constantemente en función de nuevas exigencias, si la medida del éxito se desplaza al ritmo de una economía que necesita producir siempre nuevas formas de insatisfacción, entonces la experiencia de no alcanzar nunca ese punto no debería constituir una anomalía, más bien es su consecuencia lógica ¿Está en juego cómo llegamos a todo o bajo qué condiciones nos es dado llegar?
No nos equivoquemos, asumir la finitud, aceptar la imposibilidad de abarcarlo todo, podría parecer, a primera vista, un gesto de renuncia. Sin embargo, tal vez constituya la condición misma de una reapropiación del tiempo, quizás la mayor revolución de nuestro tiempo. Frente a la lógica expansiva de la exigencia sin límite, la afirmación de los límites abre la posibilidad de una vida menos sometida a la compulsión del rendimiento. No se trata de llegar a todo, sino de interrogarnos, con la mayor radicalidad posible, la necesidad misma de ese imperativo.
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