Opinión
Ni carne, ni pescado

Luis Suárez, el primer Balón de Oro español. / ED
Siempre me sorprendió (hasta, en ocasiones, crearme estupor) la participación del exfutbolista Luis Suárez como comentarista en un programa radiofónico deportivo. Suárez fue el primer Balón de Oro español. Como futbolista fue un auténtico superdotado de su época, pero sin embargo no tenía absolutamente ninguna dote analítica para ejercer como comentarista y, quizás sabedor de ello, utilizaba constantemente el chascarrillo y el humor en sus intervenciones. El hecho es que tampoco era saleroso y sus compañeros de programa le reían las gracias por quién era y por lo que representaba su figura. El problema, más allá de los aplausos complacientes e incluso condescendientes, es que aquella conducta albergaba una mentira de origen: la certeza de que los futbolistas, por el mero hecho de ser futbolistas, pueden ser buenos comentaristas de fútbol. Corporativismo plañidero que acaba en un intrusismo insultante.
Aquel aprendizaje de un Luis Suárez que no era ni analista ni humorista (pese a que nadie se lo decía y ocupaba un espacio de privilegio que quizá no merecía) se traslada con facilidad al Parlamento español, plagado de intervenciones sin mejunje y también sin gracia para el común de los mortales. El intercambio de golpes, con políticos más preocupados por la forma que por el contenido, haciendo uso constantemente del chascarrillo, la broma, la descalificación y el eslogan, simplemente tiene como objetivo que sus palabras se conviertan en titulares que funcionen bien en unas redes antisociales que siempre simplifican y descontextualizan. Son políticos a la búsqueda de viralización fácil pero sin capacidades para ello, ni para una cosa ni para la otra, ni para el análisis sosegado de la realidad española, ni tampoco para su candidatura al Club de la Comedia.
Deberían existir asesores con mayor capacidad crítica y preocupados de forma real por el peso de la hemeroteca, por la capacidad que tiene el paso del tiempo para avergonzar a algunos políticos que asumen papeles indignos porque saben que la política es volátil y que si no representan cada día el rol que se les exige pueden quedar relegados a un rincón. Y eso supone menos posibilidades de sobrevivir en política, es decir, de un sueldo público.
La sociedad debe recuperar la vergüenza, el sonrojo que produce a una persona verse interpretar públicamente aquello que no es. Ni carne, ni pescado.
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