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Opinión

València

La 'receta' de Karp y Zamiska: ¿teoría política o negocio encubierto?

Los autores sostienen que la industria tecnológica y digital ha abandonado su misión histórica: en Silicon Valley, los mejores ingenieros de su generación han sido desviados hacia la trivialidad

El magnate tecnológico Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, junto al presidente estadounidense Donald Trump.

El magnate tecnológico Mark Zuckerberg, director ejecutivo de Meta, junto al presidente estadounidense Donald Trump. / Will Oliver / EFE

Puede que se trate del Evangelio de las nuevas elites tecnológicas. En el actual tablero geopolítico, donde la inteligencia artificial (IA) se ha convertido en el nuevo campo de batalla entre los Estados Unidos y China, irrumpió hace pocos meses un libro que invita a conocer cierta teoría política de la actual administración Trump; se trata de The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, escrito por Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, altos ejecutivos de la poderosa empresa de análisis de datos Palantir, contratista de las Secretarías de Estado y de Guerra, del Pentágono y de la CIA. El libro no es un ensayo al uso; es, ante todo, un manifiesto político que busca redefinir el papel de la industria digital de Silicón Valley en la configuración del nuevo orden mundial bajo la hegemonía de los EE UU.

La tesis central de los autores es tan provocadora como polémica; sostienen que la industria tecnológica y digital ha abandonado su misión histórica. En el Silicón Valley, los mejores ingenieros de su generación -denuncian- han sido desviados hacia la trivialidad: idear algoritmos para redes sociales, aplicaciones de moda y publicidad digital para el consumo de masas. Mientras tanto, potencias autoritarias como China aprovechan estas mismas herramientas para el control social, producción de armamento y la vigilancia masiva.

La crítica de Karp y Zamiska a ese tipo de trabajo de los ingenieros del Silicon… atraviesa las sedes de Google, Facebook, Meta, X… y todas las grandes corporaciones digitales norteamericanas…. Para ambos, esa deriva hacia lo banal “constituye una auténtica traición a los cimientos de la libertad occidental”; añoran aquella época dorada del siglo XX donde ingenieros y gobierno trabajaban codo con codo en proyectos existenciales como el Proyecto Manhattan o el nacimiento de Internet. Tal simbiosis, argumentan, se ha roto. Y en su lugar ha emergido una cultura de "fragilidad intelectual" que rechaza colaborar con el Pentágono o la CIA por postureo moral, mientras no duda en hacer negocios con regímenes autoritarios.

La propuesta de Karp y Zamiska es radical: la industria del 'software' debe reintegrarse con el Estado y sus agencias de defensa e inteligencia

Frente a este diagnóstico, la propuesta de Karp y Zamiska es radical: la industria del software debe reintegrarse con el Estado y sus agencias de defensa e inteligencia. Abogan por un retorno al modelo del Proyecto Manhattan, una movilización total de recursos intelectuales y estatales para mantener la supremacía tecnológica occidental en la nueva carrera armamentística de la inteligencia artificial (IA). Pero su propuesta va más allá de lo meramente técnico. Exigen un cambio cultural profundo: el abandono de la "corrección política" y la "aprobación de la multitud" en favor de un espacio para la "confrontación ideológica". La libertad de expresión, en su visión, no es solo un derecho civil, sino un mecanismo evolutivo de supervivencia. Una sociedad que no puede debatir sus principios está condenada al estancamiento y, por ende, a ser superada por potencias más resolutivas.

Es aquí donde el manifiesto se inserta de lleno en el debate sobre el Nuevo Orden Mundial. Para Karp y Zamiska, ese orden ya está aquí y se define por la competencia tecnológica entre democracias y autocracias. No se trata de construir un gobierno global, sino de evitar que el mundo sea gobernado por un único bloque autoritario -China, Rusia…-. Su visión, sin embargo, choca frontalmente con los enfoques multilaterales que abogan por marcos globales de regulación. Mientras la Unión Europea impulsa una gobernanza de la inteligencia artificial basada en derechos, Karp y Zamiska priorizan la supremacía occidental. El orden que buscan no es uno de consenso planetario, sino uno donde "los Estados Unidos y sus aliados" mantengan una ventaja irrenunciable sobre China, su directo competidor.

Esta concepción del orden mundial resulta profundamente westfaliana: el mundo es un escenario de lucha de poderes, y la tecnología es el campo de batalla decisivo. Pero también es sorprendentemente etnocéntrica. Al referirse constantemente a Occidente como un bloque monolítico, los autores ignoran las profundas fracturas internas y las distintas concepciones de soberanía que existen entre los propios aliados atlánticos.

El análisis de Karp y Zamiska no resiste un examen crítico sin revelar sus fisuras. La más evidente es el conflicto de intereses: ambos son ejecutivos de Palantir, una empresa cuya valorización en bolsa depende directamente de los contratos gubernamentales de defensa e inteligencia. Su llamado a una mayor integración tecnológico-estatal coincide sospechosamente con su modelo de negocio. Lo que presentan como un deber patriótico puede interpretarse como un ejercicio de hablar para su libro en el argot financiero.

Además, su nostalgia por la era dorada de la colaboración gobierno-tecnología adolece de una selectividad preocupante. Esa época no solo produjo avances científicos, sino también la capacidad de aniquilación planetaria. El libro idealiza la unión entre ciencia y poder duro sin explorar los peligros existenciales de crear inteligencias artificiales para el campo de batalla. The Technological Republic expone con claridad una tesis incómoda: la tecnología es demasiado importante para dejarla en manos de marketineros, y el Estado debe recuperar su rol como principal cliente y guía de la innovación.

Sin embargo, al enmarcar su solución dentro de la lógica del Nuevo Orden Mundial, revela una visión donde la libertad occidental solo puede garantizarse mediante una vigilancia y una capacidad de destrucción superiores a las del adversario. El debate que abre no es si la tecnología debe servir al poder político, sino a qué tipo de poder político debe servir y a costa de qué libertades.

En su afán por salvar la República Tecnológica, Karp y Zamiska proponen un modelo que, llevado al extremo, podría terminar transformándola en una fortaleza armada hasta los dientes, pero vacía del liberal debate abierto que dicen defender. Y la pregunta que queda flotando después de leer el libro es inquietante: ¿estamos ante un plan para salvar Occidente frente al auge de China, o ante la estrategia comercial mejor disfrazada de la década? No cabe duda: más de uno en la administración Trump lo ha leído.

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