Opinión | La veleta de papel
Invisibles
No tengo en mi memoria constancia de que alguna vez hayamos tenido otra persona sin techo durmiendo en Museros. Significa que el fenómeno de la marginación no se circunscribe ya a las grandes ciudades

Imagen de archivo de personas en situación de sinhogarismo. / Fernando Bustamante
En Museros, mi pueblo, asistiendo a uno de los oficios de primera hora de la Semana Santa católica, observé perplejo a un sin techo durmiendo en un banco de la calle mayor. Comenzaba el día, el sol recién iba tomando la acera donde este señor descansaba enfundado en un saco de dormir azul, con gorra, asomaban únicamente ojos y nariz por la ventanilla que quedaba libre. Creo que era hombre y blanco, aunque nada puedo asegurar.
No hice nada, ni ninguno de los asistentes al acto religioso, ni el sacerdote que, justamente en ese momento entonaba las letanías de los santos. Pasamos, casi sin posar la mirada sobre esta persona, que ciertamente estaba durmiendo, aunque ello no nos sirva de excusa.
No tengo en mi memoria constancia de que alguna vez hayamos tenido otra persona sin techo durmiendo en nuestras calles. Sobre el 2000 durante unas semanas tuvimos un chabolista con su pareja, a los que les ofrecimos y rechazaron asistencia habitacional. Que ocurra en Museros significa que el fenómeno de los sin techo, de la pobreza, de la marginación, no se circunscribe ya a las grandes ciudades, sino que comienza a extenderse a toda la sociedad. Este es un problema que hay que atajar: el origen de sus causas y soluciones.
No hay trabajo, proyecto, ni obligación superior para una administración, y muy especialmente para la municipal, que la defensa y protección de todas las personas (sin excepción) que residan o estén de paso en su término municipal. No hay un mejor destino para los caudales públicos que la atención, bienestar y seguridad de las personas; porque son ellas (nada más) lo verdaderamente importante. El político que lo olvide, podrá ganar elecciones, ostentado el cargo, cobrado por ello, pero no habrá cumplido su deber: habrá fallado.
He estado reflexionando sobre este hecho desde ese día. ¿Hasta qué punto nos hemos insensibilizado para que ni siquiera fuera objeto de un comentario? Se que no es algo que afecte a mi pueblo, que por otra parte suele ser solidario, sino que es generalizado en toda sociedad moderna. ¿cómo es posible que importe más con quien se acuesta alguien, que si una persona (sea vecino o forastero) este padeciendo dificultades?
Hubo un tiempo, no hace tanto, en que la solidaridad entre vecinos era una actitud generalizada, en que si había alguien que pasaba necesidades, se le ayudaba. Jamás hubiese ocurrido que alguien durmiera tirado en la calle sin prestarle la más mínima atención, ni concitar el interés de ninguna persona, ni siquiera de nosotros los cristianos. ¿en qué nos hemos convertido? Tal vez convendría no ser tan modernos y volver a ser más humanos.
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