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Opinión | Desde que amanece

¿Paella con arroz basmati? El precio de olvidar nuestras raíces

Un cocinero durante la elaboración de la paella.

Un cocinero durante la elaboración de la paella. / Eduardo Ripoll

Imagine por un momento sentarse ante una paella en una terraza de El Palmar y encontrarse con un grano largo, aromático y quebradizo que nada tiene que ver con nuestra historia. Lo que parece una pesadilla culinaria o un sacrilegio para cualquier valenciano, está a punto de convertirse en una realidad económica si la Unión Europea no levanta los escudos. La importación masiva de arroz a bajo precio desde Camboya o Myanmar es un problema comercial y un ataque directo a la línea de flotación de nuestra biodiversidad agrícola.

La realidad es que nuestros agricultores compiten con las manos atadas tras la espalda. Mientras que en la Comunitat Valenciana se siguen reglas estrictas de sostenibilidad y seguridad alimentaria, el mercado se inunda con más de 560.000 toneladas de arroz de países terceros que operan bajo estándares mucho más laxos. Esta entrada masiva está asfixiando los precios en origen. Si no se recuperan los umbrales de salvaguarda de 2019, estamos empujando a los productores locales al abandono de un sector que no solo genera riqueza, sino que custodia nuestro territorio.

El riesgo no es solo económico, sino genético y cultural. Variedades emblemáticas como el arroz Bomba, el Sènia o el de la Albufera son el resultado de siglos de adaptación al entorno y son las únicas capaces de absorber el alma de nuestro recetario. Sustituir estos granos de absorción perfecta por un basmati importado es vaciar de contenido nuestra gastronomía. No se puede cocinar una identidad con retazos ajenos. Si perdemos la viabilidad de nuestra semilla autóctona, la paella pasará de ser un patrimonio vivo a una burda imitación despojada de su esencia.

Defender el arroz local es, en última instancia, defender la supervivencia de ecosistemas vitales como el Parque Natural de la Albufera. Sin la actividad humana que mantiene estos humedales, el paisaje que nos define desaparecería junto con el oficio de agricultor. Bruselas debe entender que proteger el arroz europeo no es un capricho proteccionista, sino una medida de urgencia para evitar que la globalización mal entendida arrase con lo que nos hace únicos. Si queremos que las futuras generaciones sigan saboreando nuestra tierra, la resistencia debe empezar hoy en el campo y consolidarse en las instituciones.

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La newsletter de Íñigo Roy / L-EMV

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