Opinión | Miel, limón & vinagre
Albert Soler
Pete Hegseth, el meapilas que mata rezando

Pete Hegseth, secretario de Guerra de Estados Unidos.
Hay jefes militares que llevan ya de serie el aspecto que Hollywood les exige a los jefes militares. No a un jefe militar cualquiera, sino al que cae mal al espectador desde su primera aparición en pantalla. Con su pelo gris peinado con gomina hacia atrás y su mandíbula cuadrada, Pete Hegseth parece a punto de mandar a Rambo a una misión que sabe suicida pero que le reportará a él beneficios económicos y/o profesionales, o de ordenar a un agente encarnado por Bruce Willis que haga la vista gorda ante un futuro atentado en su propio país, ya que así va a subir el precio de las acciones de un par de compañías de las que es accionista en la sombra.
Hegseth ejerce de Secretario de Guerra del gobierno de Trump desde hace poco más de un año, aunque su profesión es la de presentador de televisión. Para que se hagan ustedes una idea de cómo funciona el gobierno de la nación más poderosa de la tierra, eso es como si el ministro español de Defensa fuese Jesús Cintora, con el agravante de que Cintora no manejaría un ejército como el que tiene Hegseth en sus manos.
Llamarse Hegseth debería incapacitar para ejercer cualquier cargo gubernamental, especialmente aquellos que tienen que ver con armas y ejército. Suena demasiado al Sieg Heil de no muy agradable recuerdo, como para poner en sus manos el potencial bélico norteamericano. Aunque, vayan ustedes a saber, tal vez lo que precisamente le gustó a Trump de Hegseth fue esa sonoridad del apellido, no hay que olvidar que el presidente estadounidense proyecta construir un gigantesco arco del triunfo, también en el Berlín de los años 30 se proyectaban megaconstrucciones para mayor gloria de su líder, ese tipo de gente es así.
Ultracatólico como es, desde que ejerce de mandamás de la guerra, cada mes se celebra en el Departamento de Defensa un servicio de culto cristiano, nada hay más gratificante que orar al Señor antes de mandar un mísil Tomahawk a una escuela de primaria de Minab (Irán) y matar a un centenar de escolares. Seguro que eran infieles, y si no lo eran todos, sabe Hegseth que ya se encargará Dios en el cielo de separar a unos de otros. Bastante hace el piadoso presentador de televisión con mandar gente al otro barrio, para encima tener que preocuparse de sus creencias o de su edad. Colocando de mandamás militar a un meapilas, Trump se asegura que tiene a Dios de su parte, haga lo que haga, y ya puede el papa decir misa, qué va a saber León XIV de cristianismo.
Se cuenta que durante el franquismo, había prostitutas que, ya con el cliente en la alcoba, rezaban una oración antes de entrar en faena, como los toreros. Uno imagina también a Hegseth de rodillas y orando antes de ordenar a la fuerza aérea que haga papilla a un montón de escolares, para asegurarse de que afinan la puntería y no fallan el tiro. Quien no afina la puntería es el propio secretario de Guerra a la hora de rezar, ya que recitó ante las cámaras un monólogo de Pulp Fiction pensando que era realmente una oración. Se le disculpa porque ya hemos dicho que más parece un malvado de Hollywood que un miembro del gobierno, y le traicionó el subconsciente.
O eso, o se estaba postulando para un papel —secundario de momento, aunque no descartemos un futuro dorado en la pantalla— en la próxima de Tarantino, a la vista de su cada vez más oscuro porvenir en política. Hace poco se ha conocido que trató de realizar una inversión multimillonaria en compañías militares pocas semanas antes del inicio de la guerra en Irán, y aunque la operación financiera no llegó a materializarse por cuestiones técnicas, los demócratas le acusan de querer lucrarse de forma ilícita con el conflicto. No es ese el motivo por el que Donald Trump está pensando en sustituirle al frente del departamento de Guerra, todo lo contrario, el presidente es el primero en saber que una guerra solo tiene sentido si con ella ganan dinero él, su familia y sus amigos —por este orden—, según una larga tradición norteamericana.
Eso sería motivo de cese si la operación para ganar dinero con la guerra se hubiese frustrado por motivos éticos, eso sí que sería perder toda credibilidad en la actual administración, pero tratándose de razones técnicas, Trump habrá sabido perdonarle, no es tan ogro como se nos quiere hacer creer y un error lo puede tener cualquiera. No, si Hegseth ha caído en desgracia seguro que es por no matar lo suficiente. Tendrá que rezar con más énfasis, a ver si así.
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